Los hijos de Susana

Es jueves de mañanita. El ambiente está enrarecido. Apenas comienza el día y todo el mundo comenta eso de “métanse la alcaldía al poto” difundido hace unas horas por Jaime Bayly. En el taxi, en la portería, en el ascensor de este nuevo edificio de Jesús María todo el mundo habla de que la candidata pepecista Lourdes Flores ya fue y que eso del “chuponeo” debe acabar de una vez por todas.

Por Diario La Primera | 17 set 2010 |    
Los hijos de Susana
Piqueras volvió a Nueva York. Hará todo lo posible para regresar antes del 3 de octubre.
Soledad, Emmanuel e Ignacio se parecen a su madre. Siempre están dispuestos a ayudar a los demás, son full chamba y tienen buena chispa.

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“Nuestra madre nos enseñó a luchar en la vida, a trabajar y honrar nuestra palabra, nuestros compromisos. Siempre nos ha dicho que hay que ayudar al que lo necesita y enseñar al que no sabe”, coinciden los hermanos Piqueras-Villarán.

En el departamento de Soledad, la hija mayor de Susana Villarán, también eso de “métanse,…” es el tema del día; pero no hay mala leche, hay más bien una dosis amable de compasión por alguien que ha caído en las malditas garras de los chuponeadores.

“En realidad me da mucha pena Lourdes, qué feo que te pasen una conversación de esa naturaleza”, dice Emmanuel Piqueras, el de la sazón, el cocinero bravo, el segundo hijo de Villarán, que más tarde será homenajeado por su familia con un desayuno-despedida. Debe regresar a Nueva York donde trabaja y vive con su amada Gabriela, aún sin hijos. “Volaré hoy mismo y espero volver para celebrar el triunfo de Susana este 3 de octubre, si no vuelvo saltaré de alegría allá nomás”, dice Emmanuel.

Está concetrada
Susana Villarán también está en el departamento, pero en cura de silencio. No hablará, no posará para las cámaras. Está concentrada para el debate de Transparencia. Está en algún cuarto de este pequeño departamento con vista al Campo de Marte y quizá está oyendo lo que dicen sus hijos en la sala. “Ella no hablará. Está muy concentrada para el debate”, reitera Soledad, siempre sonriente, siempre amable. Tiene en brazos una linda nena de unos dos años de edad con sonrisa de caramelo.Un reportero del Canal 9 también le saca confesiones a Emmanuel y de pronto pregunta: “¿Podemos hablar con Susana?”. “Susana no va a hablar, ya quedamos en eso”, sentencia la encargada de prensa de la candidata.

Cau cau
Emmanuel colabora con la Fundación Bill Gates en Nueva York. Ayuda a recuperar niños perdidos en las calles para encaminarlos por el bien a través de la magia de la cocina. Les da a los niños alimento para el estómago y para el espíritu. Les enseña a desentrañar los misterios de la cocina y los emplea en restaurantes. “Trato de ayudar en lo que puedo, porque eso de dar algo de nosotros a los demás nos lo enseñó mi madre. Ella nos hizo asÑ Ella siempre está pensando en los demás, por eso no tiene dinero”, dice.

Sin embargo, Emmanuel dice que su madre siempre les dio la libertad suficiente para que puedan hacer lo que mejor les parezca. Quizá por eso otra de las aficiones del cocinero son las tablas, no las de picar, sino esas para sortear las olas en el mar.

Es posible que la pasión por la cocina le fue inculcado por el abuelo Fernando Villarán, padre de Susana. Recuerda que don Fernando, gran sibarita, exquisito en el comer y beber, lo sentaba en sus rodillas para que comiera y el niño Emmanuel no sólo comía sino que jugaba con todo lo que había sobre la mesa como un curioso cocinero. “Desde aquellos años, mi plato favorito es el cau-cau”, confiesa. “Sí, con mi abuelo y con mi padre, siempre comíamos cau-cau”.

Susana también cocina
Emmanuel apunta que su madre es experta en arroz con conchas al olivar, riquísimo. Cuenta que su madre perfeccionó aquel plato en aquellos tiempos remotos en que había abundancia de conchas de abanico, tanto que él aprendió a preparar conchitas a la parmesana. “Uy, pero no sabes como le gusta el cau cau a mi mamá”, dice.

—¿Tiene en mente ayudar a la gente a través de la política?

—No, lo mío es la cocina y estoy bien ayudando a través de ella.

—¿En qué momento de tu vida te das cuenta que la cocina debe ser tu trabajo?

—La cocina siempre me ha apasionado; pero digamos que a los 18 o 19 empecé ya a verla como un trabajo para vivir.

—¿Y Soledad cocina?

—Sí, claro.

Madre de tres hijos, Soledad, la de los cabellos largos y ensortijados, ríe, ríen todos. “Todos somos cocineros en la familia”, interviene Soledad, que sigue sonriendo.

Sin embargo, ella no solo cocina. Integra Eita, un equipo de investigación y tratamiento en asperger y autismo. Ayuda a los que más lo necesitan.

“Sí pues, creo que los tres hermanos estamos metidos en cosas de ayuda social. Emmanuel con la cocina, yo con mis chicos y grandes bellos e Ignacio reforestando. De alguna manera los tres trabajamos para hacer que la vida sea mejor, más alegre”, dice.

Ignacio, el menor de los hermanos, es ingeniero forestal y con un grupo de colegas trabaja por ver verde su país. Hace poco estuvo en Oxapampa, donde nació su hija. “Es bravo estar lejos de los que más quieres; pero ahora por suerte trabajo en Lurín. Es muy triste estar lejos de tu familia”, afirma.

Es hora de la foto
El fotógrafo arma su cuadro. Los tres hermanos se unen en torno de una pantalla. Sonríen, juegan. Se tiran dedo. Ignacio es el más engreído de Susana por ser el menor. Mentira la más engreída es Soledad, por ser mujer y mayor. En realidad, para mamá Susana cada uno tiene o tuvo su tiempo, dice Emmanuel.

Es posible que Susana esté escuchando todo lo que dicen sus hijos. Pero aún no se anima a salir. Está concentrada para el debate.

Nos despedimos ya porque el desayuno-despedida de Emmanuel debe comenzar.

Esperamos que el ascensor escale al piso diez y, de pronto. Susana se asoma a la puerta del departamento aún en bata de dormir y alza la mano sonriente en señal de triunfo y de saludo-despedida.

El fotógrafo reacciona; pero ya es tarde. Susana Villarán acaba de cerrar la puerta del departamento de manera lenta.


Paco Moreno
Redacción

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