Los antropólogos forenses y la verdad

Lo que para muchos es sinónimo de terror, para los antropólogos forenses es la razón de su trabajo: investigar en restos humanos. Y aunque en muchos casos les cause inmenso dolor, su recompensa al identificar cadáveres y entregarlos a sus familiares para que les den cristiana sepultura, es en cierta forma una satisfacción a su ardua labor, porque significa terminar con el proceso del sufrimiento.

| 13 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 6k Lecturas
Los antropólogos forenses y la verdad
Los antropólogos forenses trabajan con restos descompuestos.
Restos humanos

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ENFERMEDADES ANTIGUAS
Reunión de Paleopatología
Hace una semana culminó en Lima, la Cuarta Reunión de la Asociación de Paleopatología de Sudamérica, organizada por el Centro Mallqui que dirige la arqueóloga y antropóloga física Sonia Guillén. Se trata de una disciplina que se dedica al estudio de enfermedades padecidas por personas en la antigüedad, a través de vestigios hallados en los huesos y si hay, en restos orgánicos, lo que en gran forma contribuye a enriquecer la historia del Perú.
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Con el caso del joven Ciro Castillo, la profesión de Antropología Forense o Antropología Física, también ha estado en el centro de la noticia, a pesar que todavía no hay resultados concretos porque los estudios en un fallecido toman su tiempo, muchos se preguntan quienes son estos raros personajes que se dedican a “husmear” en los cadáveres.

Para conocer sobre estos personajes, conversamos con la bióloga Marcela Lumbreras y la arqueóloga Katia Valladares, que laboran en el Equipo Peruano de Antropología Forense-(Epaf), institución que a lo largo de los últimos 15 años se dedicó a identificar los cuerpos hallados en diversas fosas, mayormente de Ayacucho, victimas de la violencia política y particularmente del terrorismo de Estado.

“Particularmente me acerqué al Epaf por el tema de los desaparecidos, me impulsó el colaborar con algo tan esencial en toda sociedad como son los derechos humanos”, explica Marcela, hija del reconocido arqueólogo Luís Guillermo Lumbreras.

Ellas explican que en nuestro medio no hay antropología física o forense como profesión, “la mayoría de los que se dedican a esta rama del saber humano son mayormente arqueólogos o bien, siguieron cursos de la especialidad en otros países. Es una aplicación de diferentes disciplinas”, refieren.

“Como bióloga de la Universidad Agraria de La Molina, me especialicé en biotecnología, que tiene que ver con la microbiología y con la genética, y después con la práctica, me empecé a entender con el ADN. Los forenses investigan lo relacionado a procesos judiciales, los médicos legistas son forenses que trabajan con cuerpos frescos (recién muertos), mientras que los antropólogos con restos descompuestos”, precisa Marcela.

Fosas llenas de dolor
Tanto Marcela como Katia han trabajado en fosas como las de Pichari, Parcco, Pomatambo, Pucayacu, Accomarca, Chaupiorcco, Putís y Cantuta. Todavía se estremecen cuando recuerdan los restos de adolescentes y particularmente de niños.

“Trabajamos para buscar personas e identificarlas. Nos marcó Putis, porque hallamos familias enteras en medio de los 92 cuerpos. La mitad eran niños, de los cuales identificamos a 29. Sentimos ese dolor en Accomarca, donde desapareció un tercio de la comunidad, y también en Pichari, donde encontramos muchos adolescentes”. Luego callan porque como se trata de casos judicializados prefieren no dar más información.

Explican las especialistas que identificar un cuerpo, saber como y de que murió es un proceso largo. “Lo primero que se hace es buscar a los familiares, que en la mayoría de los casos viven cerca de donde se encontró por ejemplo una fosa, conversar con ellos, pedir datos de cómo fue el pariente desaparecido, si tenían marcas de algo en el cuerpo, huesos rotos, dentaduras, si recuerdan como vestía, etc. Comparamos lo que nos dicen con lo que encontramos”.

Si coinciden los informes con lo hallado, ya casi no hay dudas, pero si no, se aplica el ADN, que consiste en tomar muestras dentro del cachete del pariente vivo, “porque es la zona donde hay células muertas”, y como “el ADN está en todo el cuerpo”, se le extrae un pedacito de cualquier parte del cadáver y se envía al laboratorio.

“Antes recurríamos a laboratorios de Estados Unidos, ahora lo hacemos en Guatemala, hasta que en Perú tengamos nuestro propio laboratorio. Después de la conclusión del ADN, tenemos certezas y es cuando entregamos el cuerpo al pariente para su sepultura”.

Luego de esta etapa, los y las trabajadoras del Epaf (que cuando realizan su trabajo de campo, viven y duermen durante muchos días en carpas levantadas cerca a las fosas), se dedican a instruir a las comunidades sobre temas de memoria, de justicia y acerca de sus derechos para que no se consideren o sean tratados como “ciudadanos de segunda categoría”.

Para los jóvenes, de ninguna manera podría haber reconciliación sin memoria, “es el poder dar una respuesta a los familiares, devolverles su dignidad y su derecho a enterrar a sus muertos. Los que aseguran que hay que olvidar y no hurgar, tendrían que estar en el pellejo de esta gente, a los que les desaparecieron hijos, padres, parejas, hermanos”, precisa Katia.

Actualmente, hay en Lima tres equipos forenses, el estatal Equipo Forense Especializado, el Epaf, que es una asociación civil, y el Centro Andino de Investigaciones Antropológicas Forenses-Cenia, que se dedica a la dura misión de buscar y ubicar fosas. Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación CVR, al término de su informe, consignó cuatro mil fosas especialmente en zonas andinas, sin embargo, Cenia ha encontrado hasta el momento seis mil. Muchas de ellas podrían guardar los restos de los 15 mil peruanos desaparecidos y cuyas familias siguen esperando noticias de sus seres queridos.


Denis Merino
Redacción


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