Lo que se juega en Ecuador

De todos los países que se niegan a aplicar a rajatabla el catecismo neoliberal en América Latina, Ecuador es el que ha mostrado más audacia en el campo de la política económica. Acciones como auditar la deuda externa y plantear la moratoria de su pago por irregularidades descubiertas, o dejar de lado los tratados de libre comercio y más bien restringir temporalmente determinadas importaciones si se trata de protegerse contra la crisis global, han hecho que el vecino país se convierta en una vanguardia económica que afecta intereses transnacionales en beneficio de pequeños productores y del empresariado nacional. ¿El costo? Al parecer no es económico, sino más bien político.

Por Diario La Primera | 03 oct 2010 |    
Lo que se juega en Ecuador
(1) Rafael Correa ha aplicado una política económica nacionalista que le ha dado resultados. (2) Detrás del intento de golpe estarían ocultos muchos intereses, especialmente económicos.
ECONOMÍA Y GOLPE

Un intento golpista se produjo esta semana en Ecuador. Las imágenes transmitidas por televisión e internet que mostraban a su presidente, el economista Rafael Correa, en medio de una trifulca (que pudo costarle la vida) con miembros de la policía, dieron cuenta del riesgo político que enfrenta no solo nuestro vecino del norte, sino toda la región si un gobierno fastidia los intereses del capital trasnacional y sus operadores locales.

Rafael Correa fue ministro de Economía del gobierno de Alfredo Palacio durante cuatro meses en el 2005, siendo obligado a renunciar por presiones del Banco Mundial que, junto a otros organismos multilaterales, se oponían a su posición nacionalista.

Correa era un promotor de que el Estado acceda a un gran porcentaje de la renta petrolera. Y eso, sumado a su posición respecto a la deuda pública, le costó el puesto.

Pero su sacrificio no fue en vano. Su sucesor, el ministro Diego Borja, logró impulsar la reforma de la ley de hidrocarburos por la cual el Estado ecuatoriano comenzó a recibir el 50% de la renta petrolera. Y desde ahí podemos ubicar el punto de inicio de una nueva fase de la política económica ecuatoriana.

El entonces ministro Correa logró, con una pasión que lo llevó a la fama, que los ingresos que recibía el Estado por la explotación petrolera, en lugar de irse al pago de los bonos de la deuda, vayan a atender las necesidades de la población.

Esto acabó con muchos faenones y, no por nada, la campaña a la presidencia que emprendió Correa en el 2006 se centró en el correazo a los que se aprovechan del Estado.

Ya como presidente, Rafael Correa creó una comisión de auditoría integral del crédito público, y empezó a promover medidas fiscales que mordían las extraordinarias ganancias de las industrias extractivas.

Su postura nacionalista logró el apoyo popular que le permitió convocar a una Asamblea Nacional que dio a luz una nueva constitución con una fuerte dosis de soberanía en el ámbito económico y los recursos naturales.

Su apuesta por el empresariado nacional, combinada con la aplicación de políticas redistributivas le dieron la legitimidad que lo mantiene hasta hoy en el poder y que lo ha salvado del golpe. Con su partido Avanza País ganó siete elecciones nacionales, una tras otra.

Audacia y TLC
Correa se ha caracterizado por estar en la ofensiva económica. Junto a la auditoría de la deuda, una de las más grandes audacias de su gobierno ha sido la iniciativa del YasunÑ ¿Quién podría pensar que emitiendo bonos para captar recursos a cambio de mantener petróleo represado en el subsuelo y no dañar una zona de gran biodiversidad como la del Parque Nacional del Yasuní, sea una alternativa viable a la extracción petrolera?

Claro que los recursos que se obtienen usando este mecanismo cubren sólo el 50% de lo que se obtendría si se decidiera explotar. Lo que pasa es que las matemáticas neoliberales no le dan valor a los costos ambientales y sociales, y les importa únicamente el precio internacional del petróleo y la necesidad de obtener el mayor lucro posible. Iniciativas como las del Yasuní parten de una concepción económica distinta, una con dimensión ecológica. Y esa dimensión va en contra de poderosos intereses económicos.

Por eso cada una de estas medidas ha tenido intereses encontrados dentro del propio gobierno, lo que ha hecho incluso que surja una crítica de sectores de la propia izquierda a la gestión económica de Correa, centro de una de las principales contradicciones de su revolución ciudadana.

En lo que se refiere a política comercial, el gobierno de Correa no ha priorizado la suscripción de tratados de libre comercio con EEUU y Europa y ha dejado sin culminar los respectivos procesos de negociaciones. Más bien ha usado la normativa de la Organización Mundial del Comercio (OMC) para proteger la producción nacional y la balanza de pagos cuando ha considerado necesario.

Ha manejado los aranceles para promover la acumulación de capital nacional, lo que el neoliberalismo reduce a proteccionismo, así como reduce a populismo el otorgar una pensión social, todo con tal de garantizar que la mayor parte del excedente económico sea absorbido por la gran inversión.

Cuando estalló la crisis global, Correa lanzó un paquete de estímulo llamado “Estrategia Nacional Anticrisis” con el objetivo de crear 80 mil nuevos empleos, para lo cual contaba con cinco componentes: inclusión económica de micro y pequeños productores, fomento a la economía popular y solidaria, impulso productivo, orientación de la inversión pública hacia actividades intensivas en empleo; y la protección del ingreso de las familias.

Endureció impuestos, flexibilizó otros, restringió importaciones en sectores sensibles como el textil al mismo tiempo que facilitó las de bienes de capital, promovió el crédito a la producción y los beneficios a los exportadores, así como puso un mayor control a las salidas de capitales. Y pasó sin mayor sobresalto el inicio de la crisis global. Ecuador sigue siendo la octava economía de la región y también crece.

Soberanía económica
El gobierno de Correa ha sido uno de los principales impulsores de la regionalización de las finanzas globales. Primero acabó con la relación con el Fondo Monetario Internacional. No le debe nada y no tiene cartas de intención con ese organismo.

El Banco Mundial le tenía una deuda de cuando fue ministro y por ello no hace tratos con él. Prefiere al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y a la Corporación Andina de Fomento (CAF).

La línea ha sido ganar soberanía y, al ser consciente de que Ecuador es un país pequeño en Sudamérica, Rafael Correa ha demostrado una vocación por la integración regional, en parte como salida a su dolarización y a la obtención de mayores márgenes de autonomía financiera.

Así, ha sido uno de los más entusiastas promotores de la creación del Banco del Sur, de un Fondo de Estabilización Monetaria (Fondo del Sur) y de una Unidad Monetaria Sudamericana.

Esto lo ha impulsado en el marco de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), pero como allí el avance es lento, ya en el marco del ALBA (Alternativa Bolivariana para Nuestra América), bloque al que pertenece, ha impulsado la creación del Sucre (Sistema Único de Compensación Regional), que en la práctica es un referente para comerciar dejando de lado al dólar.

Incluso hay una oficina adscrita a la presidencia que se encarga de promover una nueva arquitectura financiera internacional. El economista Pedro Páez es el responsable de incidir tanto en espacios oficiales, como entre los movimientos sociales sobre la necesidad de tener un nuevo orden financiero en el continente, que saque del juego a las condicionalidades del FMI y el Banco Mundial.

Rechaza demandas
En esa misma orientación, el gobierno ecuatoriano ha denunciado el Convenio Internacional de Arreglos de Controversias entre la Inversión y los Estados, que tiene al CIADI como centro de arbitraje, que cada vez que la inversión sienta apenas puesta en riesgo su rentabilidad por cualquier política estatal, se encarga de penalizar a los países.

El Estado ecuatoriano primero notificó al CIADI que no aceptaría demandas de inversionistas en materia de recursos naturales. Luego se salió de su competencia para finalmente adoptar como política la denuncia de todos los tratados bilaterales de protección de inversiones (TBI) para garantizar la potestad de regular -sin candados- su economía.

Toda esta orientación en el manejo de la economía ecuatoriana, le ha generado a Rafael Correa, con la misma intensidad, una gran legitimidad entre la población y el empresariado nacional y una gran animadversión y rechazo de los organismos multilaterales y de los empleados locales de las transnacionales que se venden como modernos, cuando en realidad son testaferros.

Como podemos ver, la economía del gobierno ecuatoriano tiene mucho que ver con el reciente intento de golpe de estado. Porque quienes ganarían con la caída del régimen de Correa serían, en primer lugar, los mismos grupos de poder que han venido saqueando a Ecuador por mucho tiempo y que desde que llegó el economista presidente tuvieron que soltar la mamadera. La reacción está decidida a restituir con violencia su modelo económico.

Nacionalista e independiente
Correa fue, en 2009, el primer mandatario reelegido en la historia reciente de Ecuador, un país que fue hasta hace poco el más inestable de la región, con siete mandatarios en una década (1997-2006), tres de ellos destituidos en medio de revueltas populares.

La inversión social, una política económica nacionalista, una posición independiente respecto a Estados Unidos, un marcado enfrentamiento con el neoliberalismo (la “larga y triste noche neoliberal”, llama él a la década de los noventa) y un fervor por la integración latinoamericana marcaron sus primeros años de gobierno.

En su primer gobierno, la popularidad de Correa le permitió tomar decisiones controvertidas, como declarar la moratoria de casi el 32% de la deuda externa, estimada en 10.090 millones de dólares, por considerarla “ilegal e ilegítima”.

Tuvo, también, un fuerte gasto en programas sociales, subsidios e inversión en educación y salud. Según datos oficiales, invirtió hasta el año pasado 2500 millones de dólares en escuelas, hospitales, viviendas e infraestructura.

Carlos Bedoya
Colaborador

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