Limeños y señorones

Alfredo Bryce Echenique llegó pálido al Canal N en Santa Beatriz la noche del último miércoles. Parecía que había visto al diablo calato, dijo el guachimán que lo aguardaba impaciente en la vereda.

Por Diario La Primera | 01 jul 2012 |    
Limeños y señorones

Milagros Leiva, la conductora del programa “No Culpes a la Noche” estaba también más que impaciente, al borde de un soponcio. Recién a las 11 y 10 minutos, Bryce bajó apurado del carro que lo trajo y así no más apareció sentado en el estudio. Tomó aire y comenzó la entrevista. Al principio fría, pero luego del primer corte comercial, el diálogo se entonó. A Bryce le gusta el vodka en las rocas y un enorme vaso whisquero apareció de pronto en su mano izquierda, con los hielos abrazando aquel aguardiente linfático. Había llegado para hablar de su libro que presentará este lunes, su nueva novela “Dándole pena a la tristeza” (Grupo Editorial Peisa), pero terminó contando de sus achaques y de cuando conoció al flaco Alan García “mangueando” en el metro de París. Luego habló de su puntualidad. Y sobre la puntualidad cuántas veces hemos conversado.

Una vez en Acho, Bryce me dijo que él era torero con los relojes. Y los toreros son una manga de desconsiderados con los pobres toritos que hasta le cortan las orejas y la pata y las criadillas, pero eso sí, con la hora no se juegan. Porque a las 3 y 30 toca el clarín para el paseíllo y los limeños saben que se puede llegar tarde a la misa pero a los toros, jamás. Y decía Bryce que aquella es una de las mejores costumbres de los naturales de este valle del Señor. Y que la puntualidad también la heredó de su padre y de su abuelo y de su bisabuelo, el que fuera el peor presidente peruano solo comparable al primer Alan García. Cierto, don José Rufino Echenique Benavente, Presidente Constitucional de la República del Perú entre 1851 y 1855, un fiasco.

Puntual debo recordar, también a otro ser sin tacha en los horarios, Julio Ramón Ribeyro. Que más que limeño fue miraflorino del bus acerado y azul de la ruta Tacna-Trípoli y asientos rojos de cuero y que era el cantor de los acantilados y la neblina de la bahía de Lima. Que sabía de puntualidad como cuando recordaba de su ciudad, de sus gentes, de los libros, de la cultura combi, de su barrio de Miraflores, del cebiche, del valse, del Señor de los Milagros, de la democracia, de Vargas Llosa, del terrorismo, del hambre y hasta de Dios. Yo que lo intimé luego de que ganara el “Juan Rulfo” en 1994, supe de sus tres aficiones, los amigos, los boleros y la conversa, en ese orden. Y sus amigos eran esos seres que se reclaman siempre ser los íntimos del escritor y que solían proclamar el copyright sobre su delicada memoria. Limeño Ribeyro, era ese hombre de secretos escritos y misterios a voces. Era él la paradoja en pie. Un escéptico en la elegancia discreta de la desesperación. Delgado, muy delgado y tímido. Fue el notable cuentista perdurable, de miles y fraternas páginas, de cientos de personajes inolvidables. Aquel de los hechos cotidianos convertidos en la real ficción del lenguaje sencillo sobre el soporte de un estilo transparente y una mirada recorriendo el alma de las cosas, de cada uno, de cada quien. Pero era el enigma también y la soledad más deslumbrante y de una “limeñeidad” imperturbable. (¡Qué huachafo, yo!).

Sin duda, se es limeño, no se nace limeño. Al fin y al cabo, uno es de donde su madre le dio de mamar. La ‘matria’, qué de cosas. Eso contradice esa máxima que uno es como su lugar de origen. Porque el clima amariconado de Lima, fuerza en los cojones de los limeños, y telúrico rubor de las limeñas. Como Chabuca Granda que era limeña nacida en Andahuaylas, y Maricucha, y Jesús Vásquez, que fue chola del Cuartel Primero, barrio de Monserrate. Y Alicia Maguiña, más acomodada pero que le gustaban los negros, como a muchas y se casó con el gran maestro de la guitarra, don Carlos Hayre, que era zambo con patente inglesa. Y limeños fueron Ricardo Palma –el mejor cronista de todos los tiempos-- y mis padrinos Adán Felipe Mejía “El corregidor” y don Félix Arias Schereiber “Al alimón”. Maestrazos, de los de quilates. Que hablaban fino y escribían mejor, con enjundia y salero y picardía y ortografía.

Pero los de Lima no son políticamente correctos sino políticamente infelices. Vaya ciudad de mientras. Desordenada y adiposa. Ingobernable y quejumbrosa. Cielo color panza de burro y ‘ocacayada’ nostalgia. Trazos de una estética del caos y la elegancia de lo grotesco. ¿Y limeños de pura cepa? Ya no hay. Hoy dominan el ejido los Gamarristas que es nueva clase social. No está Sofocleto ni Zeñó Manué. Y se murió el negro “Cañería” y el popular “Mil quinientos” y el Dr. Pepe Durand, que cantaba amorfinos y panalivios. Y solo los escritores como Bryce, Antonio Cisneros, Abelardo Sánchez León, Fernando Ampuero, Alonso Cueto, Guillermo Niño de Guzmán y Jorge Pimentel. Limeños, con langa, apuntalan la memoria, como resaca de “Capitán”, aquel trago de pisco y vermout, para tomar desde la matinal.

Y en estos días regresó a su casa un limeño ilustre. Don Héctor Velarde Bergmann. El arquitecto y escritor, retornó a la Universidad de Lima, su universidad. Y tremendo recuerdo con homenaje el que le hicimos. Y está bien porque este peruano ilustre se lo merece. Y ahí está la exposición “Héctor Velarde, arquitecto y humanista” en el Hall del Edificio V. Y se ofrecieron conferencias y se habló de este hombre de mundo que escribía como las propias rosas. A sus textos de carácter docente habría que sumar los diversos libros de difusión sobre temas de arte y arquitectura y los innumerables artículos escritos en diarios, revistas, y publicaciones diversas, siempre sobre arte y arquitectura, principalmente peruano. Velarde fue integral, y como buen limeño, sabía de todo. Y con fina ironía y con humor. Yo lo leía en el Dominical cuando ese era un suplemento decente. Ya no, y lo extraño. Lo leí en las ediciones de Juan Mejía Baca y luego en la colección de Populibros que dejara el gran Manuel Scorza. Gran narrador, mejor poeta, notable “perromuertero”, limeño a secas, como sus deudas.

Y limeño dícese de aquel que es memorioso, conversador y pendenciero. No es otra cosa que un estado de ánimo. Un modo de vivir con solemnidad y ciertas apariencias. Aunque ya no existe “Monos y monadas” de Nicolás Yerovi, se es limeño, no se vive como limeño. Y a las desgracias, humor. Y batidera. Ingenioso y socarrón, quejoso y crítico, el de Lima. Creído y huachafo, así, elegante pero misio. Y entonces uno revisa “Ellos & ellas” y ya no es lo mismo, y la revista “Cosas”, e igual. Junto a la pituquería están los del ‘emprendedurismo’ y junto a las tías del Regatas aparecen la cholas empoderadas. Entonces, “Eisha” está junto al Mega Plaza de Los Olivos y los conos se raspan con La Molina, y Monterrico con el C.C. Lima Plaza Sur. La Herradura existe como la playa de Ancón pero está Ventanilla, lumpen-progresista, y Villa El Salvador, autogestionaria y sórdida, junto a Punta Hermosa, de tablistas y dillers.

Hoy comprobamos que el “limeño mazamorrero” solo es un busto sin cabeza. Que la capital del Perú ya no produce esos señorones de novelas como “Duque” o el Julius de Bryce. Lima engulle tres nuevas estructuras sensuales para asumir la sobrevivencia. La megalópolis se atraganta con el bolo desperdicio. La cultura funda su imaginario en los subsuelos del erario pasional. La norma se hace licencia. El desor-den se respeta y genera la psiquis vitaminizada. La ciudad abriga a sus hijos. El paisaje limeño en un daguerrotipo de melancolías. Un agua fuerte de infracciones la infecta colorida. Y así se florece, jode el tráfico y el Fin del Mundo. Pero las limeñas existen para consolarnos. Las malcriadas y culisueltas, no son iguales, son mejores, y Lima cada vez se acerca más a Miami y al cierre de esta edición, ya limita por el norte con Ecuador.


Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital
Diario La Primera comparte 119378 artículos. Únete a nosotros y comparte el tuyo.