Lectura de Scott Fitzgerald

Una tercera película sobre “El gran Gatsby”, de Scott Fitzgerald, es motivo para este artículo del escritor Julio Nelson, que rescata de esta novela el ser “una de las mayores requisitorias del mundo y la mentalidad de los multimillonarios”.

| 24 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 1.8k Lecturas
Lectura de Scott Fitzgerald
Scott Fitzgerald y familia. Julio Nelson opina que, como Fitzgerald, “todo gran escritor moderno es crítico de la sociedad”.

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“La novela me sorprendió”

”En particular, No era lo que yo esperaba. Es que todo gran escritor moderno es crítico de la sociedad. Aun Marcel Proust, el aristócrata parisino que en ‘En busca del tiempo perdido’ solo describe las grandezas de la nobleza de Francia, en realidad fue un acusador de aquel mundo. Relata, en efecto, con fidelidad la vida ociosa e inútil de la aristocracia, que se consideraba a sí misma la flor de la sociedad por sus títulos nobiliarios y el esplendor de su árbol genealógico”.
1865

Se está rodando en Estados Unidos una tercera película basada en la novela de Scott Fitzgerald “El gran Gatsby”. La primera se hizo en 1950, cuando, por efecto de la persecución macartista en Estados Unidos, había madurado una conciencia crítica sobre los valores y la vida de los millonarios. La segunda, en 1971, cuando los gobernantes de Estados Unidos perpetraban una guerra atroz contra Indochina. La tercera, que se filma hoy, responde, obviamente, a la crisis profunda en que se debate Estados Unidos por causa de la convicción de los magnates de que el neoliberalismo es la panacea de la sociedad moderna. Es que “El gran Gatsby” constituye una de las mayores requisitorias del mundo y la mentalidad de los multimillonarios.

Debo confesar que yo padecía de prejuicios contra Scott Fitzgerald: era famaso su fervor por el mundo de los millonarios, al punto de que cuando tenía dinero, por sus libros, quería imitar el fasto de los potentados. Ernest Hemingway, en uno de los cuentos de “París era una fiesta”, se mofa de esa su devoción. Y no me apetecía leerlo, aunque sabía que Hemingway había sido siempre su gran amigo y se habían carteado mucho.

Hasta una tarde del verano de 1988 en que yo recorría la librería Anglo-americana de París, en la plaza de la Concordia, y me di con un libro de cuentos de Fitzgerald, “Flores prohibidas”. Me senté a hojearlo. Los relatos narran la desolación de un hombre vedado de ver a su única hijita. Son de una conmovedora ternura y de un estilo decantado que me sobrecogió. Todo gran escritor es estilista depurado, pero unos más que otros, y el estilo de Fitzgerald destellaba. De una concisión suprema, de un amor por la elipsis comparable sólo al que profesaban Ernest Hemingway y André Gide. Y los cuentos destilaban dolor genuino. El editor señalaba en la contratapa que Fitzgerald había dejado de ver a su pequeña Scotty porque su mujer, y madre de la niña, Zelda, había sido enclaustrada en un manicomio por loca y la niña, internada en un orfanato; él estaba impedido de tenerla por su alcoholismo. Compré el libro y también su novela más reputada, “El gran Gatsby”.

La novela me sorprendió. No era lo que yo esperaba. Es que todo gran escritor moderno es crítico de la sociedad. Aun Marcel Proust, el aristócrata parisino que en “En busca del tiempo perdido” solo describe las grandezas de la nobleza de Francia, en realidad fue un acusador de aquel mundo. Relata, en efecto, con fidelidad la vida ociosa e inútil de la aristocracia, que se consideraba a sí misma la flor de la sociedad por sus títulos nobiliarios y el esplendor de su árbol genealógico. Sin ninguna otra ocupación que la conversación sofisticada y el frecuentar eminentes salones de arte –donde, en realidad, iba a lucir sus diamantes y topacios– y los palcos del Palacio de la Ópera. Distante y muy pagada de sí misma. Distante incluso de la gran burguesía, a la que consideraba parte del pueblo por carecer de títulos de nobleza. Y describe también Proust con sutileza a esa gran burguesía, tan ociosa como la aristocracia pero ávida por contraer lazos de sangre con esta. La exploración de ese fastuoso vacío es el meollo de las tres mil páginas de la gran novela.

Pero en tanto que Marcel Proust revela las debilidades de las clases encumbradas de Francia con sutileza, Scott Fitzgerald hace lo propio con los millonarios yanquis con crudeza, aunque su arte de la descripción es de una grande belleza.

Con ese arte presenta a Jay Gatsby, un apuesto muchacho de la clase media neoyorkina enamorado inútilmente de la ricachona Daisy: esta lo desdeña por su mediocridad social. Son los días previos a la Gran Guerra y Gatsby, dolido, abraza las armas y marcha a la conflagración europea. Concluida la guerra, nada se sabe de él; todos creen que ha muerto. Pero al cabo de unos años una enorme mansión se levanta en Long Island, barrio de nuevos ricos próximo a Nueva York. Es la residencia de Jay Gatsby; allí se dan fiestas de estruendo adonde los vecinos concurren entusiasmados. Pero nada informa del origen de su fortuna, y sus vecinos sospechan que es contrabandista de licores, o, tal vez peor, un espía alemán. A esas fiestas asiste Daisy. Está aún más bella y mira de modo distinto al ahora gran Gatsby, aunque está casada hace algún tiempo con otro millonario, Tom Buchanan; pero eso nada importa a Gatsby, que baila arrobado con ella. Sueña, en efecto, con conquistarla y ahora está seguro de conseguirlo.

En un logro psicológico magistral, Scott Fitzgerald presenta a Daysi aceptando la invitación de Gatsby a visitar clandestinamente su mansión. Le muestra los diferentes ambientes, la piscina temperada, el yate suntuoso acoderado en su muelle privado junto al moderno hidroavión. Llegan finalmente a la alcoba. Gatsby abre el ropero y ella examina escrupulosamente cada una de las prendas, y acaba besándolas entre sollozos por su cegadora calidad. Pocas veces ha sido revelada de forma tan lograda una faceta clásica del alma de los muy ricos. Deslumbrada, Daysi pertenece a Gatsby, aunque por las convenciones de su clase no se atreve al divorcio.

Pero quien relata de modo tan profundo la historia no es un narrador oculto sino, en un perfecto recurso de Fitzgerald, un primo de Daysi, Nick Carraway, funcionario de un banco que ha logrado comprar un breve chalet cerca de Gatsby, y sabe todo lo que pasa en su mundo. Y en el mundo de los otros millonarios, que al cabo de un tiempo lo decepcionan por su falta de escrúpulos. Cuenta que el marido de Daysi, Tom, tiene una amante, Myrtle, mujer del dueño de una estación gasolinera. La mujer no ama a Tom, pero acepta la situación intimidada por el fulgor de poder del potentado.

A Gatsby, en cambio, solo le apetece Daysi, y ante la vacilación de esta de separarse de su marido, le grita una tarde a Tom su pasión por Daysi en presencia de esta. Se arma una trifulca y ella toma las de Villadiego, perseguida por el marido. Abordan el auto y Tom en el volante, a cien por hora y discutiendo con su mujer, atropella al pasar ante la estación gasolinera precisamente a Myrtle. La mujer muere en el acto; Tom telefonea al marido afirmándole que el autor fue Gatsby. El pobre hombre pierde el control de sus nervios y armado va a buscar en su mansión a Gatsby, que se bañaba en la piscina temperada para relajarse. Lo balacea fieramente y luego se suicida. El hombre, de clase media, amaba sinceramente a su mujer.

Nadie concurre al sepelio del gran Gatsby, tal vez por el enigma de su fortuna o quizás por el fraguado enredo con Myrtle. No asiste ni Daysi ni el mismo Nick Carraway, que relata de lejos el solitario funeral.

El caso de Francis Scott Fitzgerald, que moría por copiar la vida del gran mundo, recuerda al de nuestro Abraham Valdelomar, que se decía Conde de Lemos y cuya conversación en el Palais Concert versaba de preferencia sobre la vida sofisticada del alto mundo romano, pero que al momento de tomar la pluma era el pueblo quien hablaba.


Julio Nelson
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