Las Peruanas de El Chino

Carlos Chino Domínguez está atento. La señora Martha Hildebrandt siempre lo sorprendía mirando los libros de su biblioteca cada vez que la iba a entrevistar. “Ay Domínguez, usted no cambia”, le dijo esta vez.

| 06 mayo 2012 12:05 AM | Especial | 5.3k Lecturas
Las Peruanas de El Chino 5323

Y Domínguez le replicó: “Para qué, sí así somos felices”. El fotógrafo sabía muy bien de qué se hablaba con las damas –con las mujeres peruanas del Perú--, con la lingüista, la luchadora social, la poeta, la vedette. Las mujeres de El Chino. Por ello, a poco más de un año de su desaparición física (Lima 1933-2011), nada más oportuno que la reciente publicación de “Las Peruanas”. Fondo Editorial de la Universidad Alas Peruanas. Lima 2012. Libro que hace justicia a un gran capítulo del trabajo de Domínguez. La edición, además de las notables fotografías de este periodista peruano, trae consigo un hermoso poema de Jorge Pimentel “Parsimonia de la luz susurrada” y texto formidables de Guillermo Thorndike, Alfredo Bryce, Pablo Macera, Tulio Mora, Fernando Obregón y el editor Omar Aramayo.

De esa mañana en casa de Martha Hildebrandt no me olvido del pisco ni la mandada a la mierda que pegó la marcial doctora. Llegamos a la hora y sedientos. Domínguez le había prometido una botella de pisco Tres Cruces y el líquido póntico llegó en su maletín de doble fondo. Primer huaracazo en ayunas y todo se puso de colores. La conversación navegaba entre los amores, la política, las quimeras y las brumas. Entonces yo pregunté que cuándo fueron sus primeras “nupcias”. La lingüista volteó el cuello, me horadó con su mirada, preguntó ¿“nupcias”? Sí, dije yo y me cayó la quincha: “No sea usted huachafo, que es eso de nupcias y por qué no se va usted a la mierda”. Me quedé como eso mismo mientras Domínguez se revolcaba de risa.

Domínguez admiraba al fotógrafo neoyorquino Richard Avedon pero más a Henri Cartier-Bresson –en su estadía en México-- y al gran Robert Capa. De alguna manera yo le alcancé los retratos de Sady González Moreno, el colombiano de Bogotá, las fotos de los mexicanos Héctor García y Manuel Álvarez Bravo y ese universal que fue don Juan Rulfo. Solo por Rulfo nos atacaba la terrible sed. Entonces nos íbamos a nuestro córner en la Plaza Bolognesi. El restaurante había sido volado por Sendero Luminoso una vez de la Parada Militar. “Hay que reivindicarlo” decía Domínguez, y se pedía a raudales el “Capitán”, trago matrero pero de abolengo. Pisco, Vermouth Cinzano, Pasteurina, gotas de limón y hielo. Trago de cholos, de puna y para el frío y soroche. Entonces se aparecía Alberto Romero, del Callao, y Juan Urcariegui y García, de Breña. Llegaban luego los tallarines verdes con su apanado y solo así se hablaba de poesía mientras don Juan se arrancaba con sus décimas de pie forzado.

Desde 1985, en el diario La Razón trabajé con Domínguez. Luego vendría El Nacional, Página Libre y Expreso. La época más prolífica fue en el diario que dirigía Guillermo Thorndike. Crónicas a la vedette Betty Di Roma, a la cantante Tania Libertad, a la folclorista Victoria Santa Cruz, a la poeta Blanca Varela y a la doctora Hildebrandt sirvieron luego para mi antología que titulé “Usted es la culpable”. Norma 2004. Gracias a Domínguez, pude armar las tramas de estos textos mediante el desvelamiento y la verosimilitud del hecho periodístico. Aquel recurso estilístico de la transferencia de sentidos. La crónica es la poesía del periodismo. Así, Hugo Neira decía de la metáfora en prensa: «el mar rugiente», es literalmente falso, el mar no ruge porque no es una fiera, pero es bueno insinuarlo. Y nadie está en la «flor de la edad» porque los seres humanos no somos plantas. La función metafórica permitió así la simultaneidad de sentidos. Eso tuvo Domínguez. Yo escribía y luego de ver sus fotos, corregía. Así, en esas crónicas, todo se exponía e imponía, se evocaba y se tocaba. Mundo urbano: modas, sarro, cucarachas, racismo, rock, boleros. Para que se vinculen más allá del sentido común, muchas de las frases comienzan en la sociología urbana o en la antropología social y acaban inevitablemente en los predios literarios. Para ello, utilicé el hipérbaton y la analogía y otros efectos retóricos.

Una vez Domínguez, como nunca, estaba triste. Se sirvió otro vaso de cerveza y contó: “Estuve haciéndole la guardia desde las ocho de la mañana del viernes. El cuarto 203 permanecía cerrado y sólo un médico ingresaba de rato en rato. Por momentos la señora que decía ser la esposa de Lolo se paraba desafiante en la puerta y me observaba con cara de pocos amigos. Pero se descuidó e ingresé rápidamente. Mi cámara “Nikon” había permanecido oculta debajo de mi casaca marrón. Y ahí estaba el hombre con un piyama que seguramente fue verde cuando recién la compraron y que ahora lucía triste y casi irreconocible, como el hombre que lo portaba y que está intentando caminar sostenido por un armatoste de fierro. Quise tomarle la foto pero el aspecto de este hombre me rompió el corazón. Estaba demacrado con unas sondas que le ingresaban por las fosas nasales. Ya casi no tenía cabellos y su rostro tenía un color cenizo. Me miró con la vista perdida, balbuceó algo incoherente y volteó la cara. Quedé petrificado en el preciso momento en que los vigilantes ingresaron raudos para expulsarme cuando yo les iba explicando que no entendía cómo aquel ídolo nacional se encontraba en el tal estado. Salí o mejor dicho me sacaron. Afuera había una conferencia de prensa donde los médicos de la clínica y su esposa anunciaban que el gran Lolo Fernández era un flamante socio del Club de la salud.

Y si no fuera por Domínguez no hubiese conocido a Betty di Roma por dentro en un restaurant de la Av. Colonial. Domínguez, mambero sedentariamente sediento del barrio de Jesús María era su amigo casi íntimo. Fue así que retraté su anatomía feraz aunque inmarchitable y eternamente gloriosa, en aquella mirada de gema verde esperanza que desnudaban los vestigios sucumbidos en las antiguas desdichas. Fue así que confesó que no sabía vivir fuera de la música, ni lejos de los escenarios. Fue así que juró que el talento no se le quería ir porque ella era la misma música. “Yo sigo siendo La Reina del Mambo”, así me contó y así le creí.

Domínguez, antes del primer arribo de Pérez Prado, ya se banqueteaban en el “Jardín Yolanda” de Jesús María con la banda de Benny Bustios. El grupo con formato de jazzband impuso no sólo una moda musical sino una elegancia en el vestir que no se ha vuelto a repetir. Domínguez usaba traje de chaqué --saco cruzado y pantalón huatatiro- con grandes solapas, tirantes y zapatos de dos colores. Las damas lucían vestidos de satén con faldas al tubo, tacos altos y medias nylon -las primeras- con una raya divina que bajaba desde los muslos posteriores agarrando rabadillas y rematando en el delicioso talón. Entonces, las damas, las del día y las de la noche. La vez que escuchábamos “Mambo en sax” del propio Pérez Prado, descubrimos que aquel ritmo era la revolución misma de la música y la danza popular. Entonces Domínguez entraba en trance, como aquella vez del concierto de Celia Cruz en el Paseo de la República que nos permitió cerrar 12 páginas del diario El Nacional. Y luego terminamos en donde Norma Arteaga en el Callejón del Buque y recordamos a Valentina y a Lucha Reyes. Todas mujeres. Por ello nunca más justo este homenaje para ese fotógrafo que le faltaba una foto y que en este momento se la toma. Click.


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