La Utopía Exitosa

El siguiente texto de César Lévano Casas, hijo de nuestro director, fue escrito en 2010 como comentario a una exposición sobre Óscar Niemeyer. La muerte del genio le otorga nueva actualidad.

| 09 diciembre 2012 12:12 AM | Especial | 1.4k Lecturas
La Utopía Exitosa
Óscar Niemeyer, genio de la arquitectura y hombre comprometido con la humanidad.
Niemeyer, el más grande arquitecto que jamás vivió
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Ayudémonos con la exposición sobre Óscar Niemeyer de la Casona del Parque Universitario para seguir la línea de trabajo de este arquitecto brasileño. Mejor dicho, la curva del trabajo. Como lo subrayan los organizadores y lo nota inmediatamente el visitante, Niemeyer privilegia este trazo, que no la línea recta. Como veremos a continuación, este elemento formal es determinante.

Para ubicarnos puede ser útil comenzar recurriendo a una referencia endógena: las unidades limeñas, por ejemplo la del Rímac. El rasgo definitorio de esta geometría rigurosa es su aspiración utópica. No en vano proyectos como la Unidad Vecinal del Rímac tuvieron como fuente inspiratoria a obras del tipo de la Unité d’Habitation marsellesa, cuya autoría cupo nada menos que a Charles-Edouard Jeanneret, Le Corbusier; y nacieron en una atmósfera en que la edificación se consideraba una objetivación de los principios socialistas.

Se hizo empleo de formas inexistentes en la cotidianeidad para recalcar el hecho de que la casa, la biblioteca, el recinto de gobierno se estaban volviendo ámbito de acción para el individuo autónomo y libre de la enajenación causada por el trabajo capitalista. La forma tomada de la geometría más simple y práctica anunciaba que la posición de privilegio ocupada por el templo, sería usurpada y copada por la vivienda común, escenario de las funciones más prosaicas. Se dio proceso a una inversión antiplatónica: las formas básicas de la geometría no son más una señal que apunta a la contemplación de un mundo supramaterial, son ahora el marco de vida para la experiencia más corriente.

Es difícil no advertir la naturaleza eminentemente democrática de semejante gesto. Quienes, como simples usuarios, desde los tiempos de la infancia, tenemos un intenso contacto con la Unidad Vecinal del Rímac, podemos atestiguar del éxito del espacio utópico como escenario de existencia, gracias a que su arquitectura ¬-aparte de que el diseño es un foro ideal para la expansión infantil y el ulterior desarrollo humano- comportaba decisiones políticas regulativas como la expulsión del automóvil.



En tales laberintos estrictos y claros, hace su ingreso la voluptuosa curva brasileña. Óscar Niemeyer completa el trayecto colocando líneas antojadizas e imprevistas. Pero no lo hace egoístamente, como capricho ensalzando la individualidad. Su fraseo obedece a la adhesión a otra línea espesa, la historia. Su historia, la historia de su país. Un trazo colectivo impulsando la mano diseñadora de Niemeyer. Esta se mueve sobre la mesa obedeciendo a la inesperada regularidad y la calidez de la métrica musical brasileña, pero también –por supuesto- a la morfología que podemos encontrar en la flora amazónica, así como en la pintura del habitante que convive con esa flora y rellena sus instrumentos y sus cabañas con la materia de ella desprendida. E –inútil decirlo- la sensualidad del ícono afrodescendiente. He ahí la objetivación de un proceso. La imagen sólida de la expansión histórica.

Pero veamos, dimos en saltar de un barrio popular limeño y su Unidad Habitacional a la peruana hasta las coordenadas brasileñas de Óscar Niemeyer, salto justificado por una comunicación ideológica que no es invención nuestra. Esa medida justificaría un paso ulterior: el corte transversal. En efecto, la muestra sanmarquina ofrece al visitante no solo vistas fotográficas con las obras de Niemeyer desde distintos ángulos, así como bocetos preparatorios del maestro. También incluye planos que muestran en esqueleto construido, visto desde encima. Como si Ud. cortase una casa por la mitad, digamos a dos metros de altura y contemplase el resultado desde arriba. Entonces vería las paredes convertidas en líneas. Se produce un efecto inverso al de aquellos libros infantiles que, al ser abierta algunas de sus páginas, muestran el troquelado de un castillo medieval en tres dimensiones. Y si en el corte de la Acrópolis ateniense podemos leer las bases para el trabajo de arquitectos como Richard Neutra, uno de los héroes de la habitación utópica, en los planos transversales de Niemeyer retornamos intensamente a la morfología propia del mundo amazónico. Aunque de una manera secreta, pues el visitante y el usuario no advierten inmediatamente que Niemeyer los está introduciendo en el curvado pasadizo del lirismo indígena y africano, lo experimentan de modo inconsciente, lo viven en el programa espacial y la aleatoria secuencia del desplazamiento que se les tiene preparados.

Esta clave se confirma cuando las fotografías aéreas nos permiten apreciar las edificaciones de Niemeyer desde el punto de vista del ave voladora. Allí volvemos a ver la sustancia material convertida en un poema recitado por una voz específica, por un registro con domicilio cultural preciso. El júbilo de la percepción se acentúa cuando somos confrontados con una (aparente) paradoja. La estética inspirada en las costumbres formales del poblador amazónico y afrodescendiente arroja repentinamente contornos y referencias de estación orbital, de vehículo espacial, de laboratorio vanguardista. Magnífica lección para los ingenuos que aún desconocen las ingentes potencialidades modernizadoras y globalizadoras del indigenismo. Y como se trata de la incorporación de civilidades marginadas, también habría que hablar de las potencialidades subversivas –democratizadoras- del indigenismo.

Pero la historia no queda allí. Nosotros volvemos, Niemeyer permanece. La exposición en la Casona del Parque Universitario nos da a conocer la obra reciente de Óscar Niemeyer. Algo con que la crónica regular no ha querido ocuparse. Gracias a la excursión ofrecida en nuestra céntrica mansión colonial, estamos en situación de corregir esa falta. Quienes teníamos fija la imagen de Niemeyer, el clásico de las enciclopedias, nos llevamos una sorpresa al tropezarnos con el Niemeyer actual y activo. La utopía se mantiene.


(a) También fue de uno de los creadores del edificio de las Naciones Unidas. (b) La ciudad de Brasilia, construida en medio de la Amazonía, una creación inmensa de Niemeyer.

No dejamos de recordar con júbilo el hecho de que un marxista como Niemeyer sea el autor de la sede parlamentaria y gubernativa del Brasil. Un socialista radical sosteniendo al liberalismo. Acontecimiento elocuente, de consecuencias históricas que valdría la pena discutir en distintas direcciones. Recordamos también que Óscar Niemeyer calificó de hijo de puta a Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos durante los años ochenta e impulsor de salvajes campañas terroristas en América Central. Pero este recorrido por la exposición nos coloca –irónicamente- ante uno de los temas centrales del posmodernismo: die ewige Wiederkehr des Gleichen, el eterno retorno de lo mismo.

Se supone que el posmodernismo mella la modernidad no solo por oponer relatos regionales y débiles a los grandes cuerpos integradores de la ilustración o por entreverar conscientemente alta y baja cultura (high variety y low variety); sino también porque se desprende de lo novedoso como ingrediente autojustificador. La obsesión de ruptura con todo lo anterior, el deseo de desacreditar algo denunciando su obsolencia y propugnando su reemplazo por algo más actual, se ve relativizado luego de sucesivas oleadas de demolición. Acabado un intervalo de vehemente cancelación y proyectismo, el terreno muestra un vasto amontonamiento de promesas incumplidas. Llega entonces la hora posmodernista de reconectarse con continuidades anteriores, abandonando el ímpetu de la novedad.

Si algo hay de legítimo en ese gesto circular, entonces esta debería ser la hora óptima para retomar el marxismo (y el indigenismo). Quien precise de un impulso adicional para decidirse a dar ese paso, puede visitar la exposición Niemeyer y comprobar que basta vivir con 102 años (la edad actual del maestro), para mantener vivo el mensaje de la utopía. Las obras de las últimas dos décadas muestran a un Niemeyer siempre inesperado, dentro del mismo estilo y las mismas ideas. Un Niemeyer capaz incluso de parecer novedoso conservando su plástica y su ideología. Es difícil encontrar mejor aliciente en la tarea imperiosa de reconstruir las vigas políticas maltratadas por el fascismo desregulador.

Tennyson dice célebremente que hacer una flor es un trabajo de cien años. Bueno, a veces tarda un poco más. Sea como fuere, contamos con el ejemplo testarudo de los Óscar Niemeyer o los Noam Chomsky. La revaloración de las lógicas débiles aportada por el posmodernismo, no solo no socava la vigencia de proyectos ampliamente emancipatorios, sino que puede contribuir a darles un nuevo impulso enseñándoles ciertas técnicas, como el súbito cambio de canal discursivo o temático, el switch; para mencionar una sola entre ellas. Por su parte, el relato local-cultural o el genérico pueden ellos mismos fortalecerse si se autosignifican al interior de una referencialidad universal. Basta con efectuar los correspondientes trabajos de coordinación; con colocarlos en la posibilidad de ensamblarse, tal como opera Niemeyer con los distintos formatos en su entorno. El quehacer actual ve aumentado su interés si se reconocen los logros prodigiosos que la lucha por la justicia tuvo en el pasado y si se coloca ante la mirada la ejemplar consecuencia de quienes protagonizaron esa lucha en los campos más diferentes.


César Lévano Jr.
Colaborador


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