La rebelión del erotismo

Las noticias tristes llegan más rápido. A veces llegan por partida doble o triple. Han muerto casi al mismo tiempo el fuego y el hielo: Sarita Montiel y Margaret Thatcher. Me interesa en este momento recordar al fuego, la pasión, la belleza, la sensualidad y el erotismo de la primera estrella española que conquistó Hollywood en la década del cincuenta, mucho antes del viaje a la Meca de cine de Antonio Banderas, Penélope Cruz y Javier Bardem.

| 10 abril 2013 12:04 AM | Especial | 3.7k Lecturas
La rebelión del erotismo
SARA MONTIEL:
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Sara Montiel era una actriz medianamente conocida en España cuando aparece en “Veracruz”, el western dirigido por Robert Aldrich en 1954. Había migrado a Estados Unidos luego de casi 30 películas filmadas tanto en España como en México, tratando de abrir un camino hacia el cielo universal desde Hollywood. Hizo películas históricas, melodramas, aventuras exóticas para mostrar una rara y tentadora belleza morena, de rasgos sensuales, provocadores y tal vez, también su talento de actriz.

Su carrera se inicia en 1944, cuando Francisco Franco Bahamonde era dueño y señor de la España de las cruces y las haciendas, luego de la traición a la República. El generalísimo también dictaba las normas de la moral bajo la asesoría de las sotanas del Opus Dei, cuidando -buen padre amantísimo- que sus hijos e hijas no se pierdan en los entreveros del sexo, fuente del pecado y la disociación. A los curas de la República, rojos como sus almas infernales, solo cabía la hoguera, la misma donde se incineraban libros de escritores bolcheviques.

Francia estaba muy cerca con Brigitte Bardot acechando las fronteras, tentando desde Hendaya, a los castos machos españoles, que a escondidas transgredían las fronteras para contrabandear placer. Contrabando de hormigas, los fines de semana, ingresaban a España toneladas de pecado bajo el recuerdo de la lujuria de la francesita, que a los quince años, cuando Vadim le enseñó todo lo que quiso, ella, desnuda, abrió las ventanas del piso de su primer amante y gritó a todo París: ¡Ya no soy virgen! Tremendo susto debió pasar Vadim, porque a pesar de la liberalidad francesa, la Bardot tenía solo quince añitos mientras que el director frisaba los treinta y cinco. Cómo te entiendo Roger -Pigmalyon-, en tu rol de ingeniero lanzacohetes, poniendo en órbita la sexualidad de tus niñas–amantes, bajo el camuflaje del celuloide.

Pero Franco tenía también sus propias armas. Esta vez halladas en su propio territorio y no importadas de Alemania. El erotismo franquista para combatir la perversión francesa de la Bardot o la perversión maternal italiana de la Loren, era Sara Montiel, Sarita para disminuir los efectos de la contundencia corporal de la diva.

Pero regresemos a Estados Unidos antes de la revolución de la Montiel en el cine español. Luego de filmar para Aldrich, Anthony Mann la dirigirá en “Serenata” (1956), un seudo musical diseñado para levantar la carrera de Mario Lanza. Un año después trabajará para el gran Samuel Fuller en “Yuma” (1957).

Para no perder contacto (es una suposición convincente) con la industria cinematográfica norteamericana, la Montiel se casa en 1957 con Anthony Mann, pero solo hasta 1961. Juan de Orduña, su director en varias películas iniciales como “Locura de amor” (1948), la llama para protagonizar una película que ha rechazado Carmen Sevilla. Sara no se adapta a las costumbres de la fauna hollywoodense y acepta el rol protagónico de “El Último Cuplé”. Sara creyó que la película sería un fiasco. Ni el propio Orduña creyó en ella cuando la vendió antes de su estreno para recuperar la inversión ante el inminente fracaso. Pero el rostro ovalado, la mirada oscura y lasciva, los labios desnudos ofreciendo el beso, los apretados senos bajo el corsé de Sarita, derrumbaron las neuronas, enervadas de lascivia, de los machos españoles.

“El Último Cuplé” se convirtió en la película de mayor éxito de taquilla del cine español, provocando en su vertiginosa carrera, largas colas de adherentes latinoamericanos, para mirar las turgencias y los malabares que la Montiel hacía con los labios cuando cantaba “Fumando espero”. Si Bill Clinton hubiera sido español en 1957, se habría trepado a la pantalla, imitando a Mia Farrow en “La Rosa Púrpura del Cairo”. Pero habrías muerto Bill, en los labios de Sarita, la pecadora audaz y silenciosa. Luego siguieron otras películas que pusieron a la Montiel en la misma categoría de mito universal como Liz Taylor o Ava Gardner.

Si Franco perdonó o no a la Montiel la violación masiva que hizo a los españoles, solo él lo sabe en su tumba. Ahora Sarita Montiel nos ha dejado recién y Franco se ha desintegrado hace mucho tiempo a pesar de los rezos y los monumentos celebrando su dictadura y los fastos de su afiebrada moral medieval. Sarita vive en la memoria que no desaparece, siempre joven y sensual, en las pantallas de los cines de barrio y las salas de todas las casas. ¿Cómo sería volver a ver “Carmen, la de Ronda” en 3D”? Alucinen los lectores sesenteros y los chibolos cibernéticos: Sara Montiel es para todos y para siempre.


La actriz con Manolo Zarzo en su última película, “Cinco almohadas para una noche”.


En “Samba”, realizada por Rafael Gil.


En “Yuma” interpretó a la india Mocasín Amarillo.


Escribe
Ronald Portocarrero

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