La presidente

El autor despeja dudas y aclara sin margen de dudas que lo atinado es decir “la presidente”, pero deja el asunto librado al gusto de cada quien.

| 02 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 1.4k Lecturas
La presidente
HOMO LINGÜIS

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Un erudito medieval castellano nunca habría dicho “la infanta” (sino “la infante”), pero sí lo decía el pueblo, generalmente analfabeto entonces, y esta forma se extendió y pasó como herencia.

Yo nunca digo ni escribo “la presidenta” ni “la poeta” porque me parecen locuciones agramaticales que además no necesito para expresarme con claridad, ni me siento menos feminista por esto.
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Se ha hecho frecuente escribir y decir “la presidenta”. ¿Es gramatical esta locución? No; según el sistema de los géneros gramaticales, es ajena al idioma castellano. Lo adecuado al sistema es “la presidente”.

Ahora diferenciemos lo gramatical de lo social; a veces, ambos campos se separan, y, con el tiempo, uno puede modificar al otro, y viceversa. Así pues, separemos la explicación en 1) el campo gramatical y en 2) el campo social.

En el campo gramatical, la expresión correcta (o propia del sistema) es “la presidente” porque ‘presidente’ es una palabra que carece de género masculino o femenino. Se dice que corresponde al “género común”; es decir, es común a mujeres y hombres.

Otras palabras similares son ‘hablante’, ‘estudiante’, ‘saliente’, etc. Todas estas palabras terminan en la desinencia ‘-nte’ y son “participios activos” o “participios presentes”.

Todos los verbos presentan esa forma: de ‘hablar’, ‘hablante’; de ‘salir’, ‘saliente’, etc. Estos participios aluden a la persona, al animal o la cosa que realiza la acción del verbo. Si el verbo es ‘oír’, quien realiza esta acción es el oyente o la oyente (hombre o mujer, o animal hembra o animal macho). Se dice “participio activo” porque denota acción.

Habría que aclarar algunas palabras terminan en ‘-nte’, pero no son participios activos: ‘puente’, ‘diente’, ‘elefante’, ‘atorrante’ (argentinismo), etc.

También existen curiosidades, como participios que pasaron solos al castellano y que “dejaron atrás” toda su conjugación; es decir, la conjugación se quedó en el latín, idioma original de tales verbos. Veamos unos casos: ‘gerente’ (de ‘gerere’, dirigir, manejar), ‘detergente’ (de ‘detergere’, limpiar puliendo), ‘ambiente’ (de ‘ambire’, rodear), ‘caliente’ (de ‘calere’, calentar), ‘suficiente’ (de ‘sufficere’, bastar) y ‘cliente’ (de ‘clinare’, inclinarse). El verbo ‘videre’ dio nuestro infinitivo ‘ver’ y nuestro participio activo ‘vidente’.

Volviendo al género común de los participios activos, recordemos casos usuales: “la Bella Durmiente”, “mente pensante”, “respuesta cortante”, “causa suficiente”, etc. Todas estas locuciones incluyen un substantivo femenino y un participio activo común (ni femenino ni masculino) que termina en ‘-nte’.

Por tanto, lo normal en el sistema español es que la persona que presida sea ‘presidente’: “el presidente” y “la presidente”. No decimos “la durmienta”; entonces, tampoco debemos decir “la presidenta”. ¿Escribirá alguien “la presidenta salienta”?

Ahora bien, ¿hay excepciones usuales? Sí, y algunas son muy antiguas, como estas: ‘clienta’, ‘regenta’, ‘dependienta’, ‘sirvienta’, ‘parturienta’ (en vez de ‘parturiente’) e ‘infanta’ (niña que, por ser muy pequeña, aún no habla). ¿A qué se deben esas excepciones? A la ignorancia.

La mayor parte de la gente no sabe cómo funciona el sistema de los géneros gramaticales, de modo que a algunas personas se les ocurrió que ‘sirvienta’ es la forma femenina “lógica” de ‘sirviente’. Todavía no se atreven con “la Bella Durmienta”, pero tal vez se generalice esta novedad.

Decir que la ignorancia es el origen de algunos cambios no es ofensivo porque fue y es la realidad. Un erudito medieval castellano nunca habría dicho “la infanta” (sino “la infante”), pero sí lo decía el pueblo, generalmente analfabeto entonces, y esta forma se extendió y pasó como herencia.

Aquellas formas anormales pasan al uso general y a la literatura, y entran en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), que ahora tiene la puerta muy ancha.

Detengámonos en el caso de “la presidenta”: ¿a qué se debe que una persona use esta locución? A alguna de estas causas:

1. Ignorancia. La persona ignora el sistema de los géneros gramaticales.

2. Indolencia. A la persona le da lo mismo decir “la presidente” que “la presidenta” porque carece de sensibilidad lingüística, pero al final se adecúa (o ‘adecua’) al uso de los otros.

3. Presión social. La persona se siente intimidada por la condena social que recae sobre el machismo pues se supone que es machista decir “la presidente” (culpa indemostrada e indemostrable).

4. Convicción feminista. La persona cree que es machista decir “la presidente” como cree también que lo es decir “la poetisa” (y dice “la poeta”).

Estos cuatro casos (y puede haber más) ya no son propiamente asuntos gramaticales; es decir, ya no atañen al sistema “interno” de un idioma (su conjugación, su forma de crear plurales, su ortografía, etc.).

Aquellos casos pertenecen al dominio de la sociolingüística; o sea, a la disciplina que estudia los factores sociales que influyen en las variaciones de los idiomas según sean las edades, las clases sociales, las épocas, los lugares (región, país, ciudad/campo, etc.), etc. No toda la gente habla de igual modo, y sus variaciones dependen de su edad, su educación, su lugar de residencia, etc.

La sociolingüística no es normativa; es decir, no nos indica qué es correcto o incorrecto en el uso de un idioma. La sociolingüística es descriptiva: explica cómo habla o escribe la gente de tal lugar, las personas de cierta edad, etc.

Así, la sociolingüística es la ciencia indicada para explicarnos por qué ha prosperado una rareza agramatical como “la presidenta”. En mi opinión, ha prosperado por los cuatro motivos expresados antes.

¿Debemos emplear la locución “la presidenta”? La respuesta cae en el dominio del gusto personal. Yo nunca digo ni escribo “la presidenta” ni “la poeta” porque me parecen locuciones agramaticales que además no necesito para expresarme con claridad, ni me siento menos feminista por esto.

Ejerzo el feminismo desde hace 45 años, o tal vez desde antes sin haberme dado cuenta de ello porque entonces tenía el impulso, pero me faltaban las lecturas.

Pienso que el idioma español es machista por herencia del latín y que debemos mejorarlo en algunos aspectos (por ejemplo, no debemos decir “el hombre” cuando nos refiramos a hombres y a mujeres), pero no me agrada destruir el sistema de los géneros gramaticales con la curiosa desinencia ‘-nta’.

A veces, saber que “así habla la gente” me produce solidaridad y me sumo a ello; otras veces, el uso mayoritario me suscita bostezos.

En todo caso, sea que digamos o no digamos “la presidenta”, es importante que tomemos una decisión con conocimiento de causa: sabiendo qué hay detrás de tal rareza.

Podemos estar dentro o fuera del sistema de un idioma, mas es esencial que sepamos cómo funciona. Quien rompe las reglas debe conocerlas antes pues, en el caso contrario, no las rompe, sino que el roto es él porque anda a ciegas tropezando con los muebles del lenguaje.


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