La palabra de Paul Éluard

En sus memorias Pablo Neruda señalaba a Paul Éluard como el mayor poeta de su siglo. Un bello gesto nacido de la gran estima personal y literaria que tuvo por el poeta francés.

| 10 marzo 2012 12:03 AM | Especial | 2k Lecturas
La palabra de Paul Éluard
Uno de los más poetas más grande del siglo XX.
Evocación sobre el gran poeta francés injustamente olvidado en tiempos en que el viento apolítico pretende quedarse en la poesía.

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Paul Éluard ha sido casi olvidado debido al viento apolítico que desde hace algún tiempo domina la poesía mundial. Y es bueno evocarlo porque es uno de los grandes del siglo pasado. Y de todos los tiempos.
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Pero son numerosos los grandes poetas del siglo XX; y entre voces mayores no hay jerarquías. Éluard y Neruda están, sin duda, entre los mayores; pero en tanto que la figura y la obra de Neruda permanecen inmarchitables por haber sido compañero próximo del presidente Allende en su trágico proyecto socialista (trabajos sobre el poeta no cesan de editarse: no hace mucho el notable narrador chileno Antonio Skármeta publicó una novela sobre Neruda,“Ardiente paciencia”, en la que se inspiró una difundida película europea), Paul Éluard ha sido casi olvidado debido al viento apolítico que desde hace algún tiempo domina la poesía mundial. Y es bueno evocarlo porque es uno de los grandes del siglo pasado. Y de todos los tiempos.

En las primeras décadas del siglo XX, debido a los grandes cambios históricos de la época, irrumpió una poesía nueva: la social. Fue un hecho inédito; nunca antes la problemática social había sido tema de versos. Solo el poeta medieval francés François Villon había abordado penurias humanas, como la miseria y la injusticia.

La social era en verdad una nueva poesía. Recordemos que la gran poesía había nacido con tema épico; le siguió en el tiempo la lírica, que reinó unánime hasta comienzos del siglo XX. Por ser escenario de la revolución social, la nueva poesía tenía que brotar en Europa: Maiacovsky, Éluard, Aragon.

En América Vallejo fue el primero en crear versos cargados de humanidad, que con los años renovó y perfiló hasta convertirse en uno de los clásicos de la poesía universal. Pero en el Perú fue un adelantado. Hubieron de transcurrir lustros para que surgieran voces de la misma inspiración: Romualdo, Lévano, Valcárcel, Rose. Ocurrió en la generación de los cincuenta, en la que, por consecuencia, surgió la polémica entre poesía pura y poesía social. Algunos sostenían que la poesía se deprecia cuando toca tópicos sociales; otros, que la poesía de celebración de entidades como la naturaleza, el misterio de vivir, la divinidad, el tiempo o la muerte, era intrascendente porque no rozaba el drama social. Extremando, sostenían que la poesía debía ser social o no ser nada. Pero no basta con que el poema aborde lo social para que sea eximio. La grandeza del poema estriba en su calidad formal y su profundidad conceptual. Por eso la poesía de T.S.Eliot o Gerard Hopkins, conservadores, es notable. Y nos arroba la poesía pura de un Saint John Perse o un Eugenio Montale.

Pero un gran poema de inspiración social toca el corazón más profundamente que otro notable de corte distinto. Es indefectible, porque su mensaje es más hondo. Y eso ocurre con los versos de Paul Éluard. Fue un enorme poeta del amor, pero ya sus primeros versos rozan lo social, y son precursores en la forma de lo que sería la poesía francesa de vanguardia: el flujo lírico del inconsciente.

Nació en 1896. Era aún adolescente cuando estalló la Gran Guerra y estuvo en la batalla. Aquella carnicería atroz lo acongojó mucho y lo llevó a preguntarse con gravedad sobre las causas de la misma. La guerra imperial era la muerte en todas sus manifestaciones: el genocidio, la destrucción masiva, la miseria última, la angustia abismal. Pero era aún muy joven y no encontró respuesta. Terminada la devastadora contienda escribió su primer gran poema, una afligida composición: “Para vivir aquí”: “Yo hice un fuego, el cielo habiéndome abandonado/ Un fuego para ser su amigo/ Un fuego para sobrevivir la noche de invierno/ Un fuego para vivir mejor/ Yo le daba lo que el día me había dado:/ los bosques, los matorrales, los campos de trigo, los viñedos/ Los nidos y sus pájaros, las casas y sus llaves/ los insectos, las flores, el abrigo de piel, las fiestas/ Viví al sólo ruido de las llamas crepitantes/ Al sólo perfume de su calor/ Yo era como un navío naufragando en aguas heladas/ Como un muerto yo no tenía más que un único elemento”. Los versos que siguió escribiendo están imbuidos de igual pesimismo pero también de la misma belleza. Igualmente sus versos amorosos de aquel tiempo son prisioneros de pesimismo, como los juveniles de Neruda. Tomemos como muestra “Apenas figurada”, de 1921: “Adiós tristeza/ Buenos días tristeza/ Estás inscrita en las filigranas del cielo/ Estás inscrita en los ojos que amo/ No eres en absoluto la miseria/ Pues los labios más pobres te denuncian/ Con una sonrisa/ Buenos días tristeza/ Amor de los cuerpos amables/ Potencia del amor/ Cuya amabilidad surge/ como un monstruo incorpóreo/ Cabeza desencantada/ Tristeza rostro bello”.

Hasta que conoció a André Breton en 1924 y fue capturado por su propuesta de edificar un movimiento literario rebelde, de ruptura con el pasado y contestatario del racionalismo del orden establecido, un racionalismo y un cientificismo cuyo fruto era la pasada guerra. La nueva corriente debía inspirarse en lo que tiene de más bello y creador el espíritu: el inconsciente, fuente de todo lo grande que han creado el arte y las letras, pero ahora liberándolos de la envoltura racionalista. A ellos se unió otro grande, Louis Aragon, y construyeron juntos el movimiento Surrealista. El nombre indicaba su naturaleza: iba más allá de lo real. Y su Primer Manifiesto señalaba que otro de sus propósitos era cambiar la vida. Su rebeldía, pues, no se limitaba al arte. Nacía una de las corrientes literarias de mayor influencia en el siglo XX.

Pero Paul Éluard y Louis Aragon tomaron en serio la propuesta surrealista de cambiar la vida. Aragon fue también gran poeta amoroso como Éluard, pero los versos de ambos empezaron a abordar cada vez más lo social. En los de Éluard prevalecía el imperativo de un mundo mejor: uno de libertad y fraternidad, como lo alienta en su poema “La noche retrocede”: “No existe puerta misteriosa/de la naturaleza del hombre/ No existe árbol donde al golpear las hojas/No hablen de un corazón que toma forma/ Que se deshace y renace en primavera./ Día a día cambia el hombre de sangre/ La noche negra espera la luz del despertar/ Infortunio aumenta el poder maternal/ Más sutil que aquello que le oponen/ Día a día el infortunio cede sitio a la aurora”.

Pero sabía que los versos y el arte no podían alumbrar solos un orden nuevo: se enroló en la izquierda política francesa luego de la Guerra Civil española. De aquella decisión nacieron varios ensayos breves en los que fundamenta la necesidad de la poesía social. “El tiempo ha llegado –dice en ‘La evidencia poética’- en que todos los poetas tienen el derecho y el deber de sostener que están profundamente enraizados en la vida de los otros hombres, en la vida común”. No gustaba de la poesía pura pero, naturalmente, no incluía en ella a la amorosa; por el contrario: “El amor de hombre a mujer es el sublime sentimiento que revela la certeza de poder abrazar a todos los seres”. La poesía pura, en efecto, no le seducía: “¿Poesía pura? –escribía- La fuerza absoluta de la nueva poesía purificará a los hombres, a todos los hombres. Todas las torres de marfil serán demolidas, todas las palabras serán sagradas y el hombre, habiendo por fin armonizado con la realidad, que es suya, no tendrá más que cerrar los ojos para que se abran las puertas de lo maravilloso”.

Conforme avanzaba en edad, sus versos fueron con mayor frecuencia de naturaleza social, pero siempre de muy alta calidad, como lo dijo el gran poeta surrealista André Breton: “Es (Éluard) el más puro de los poetas militantes”. Uno de sus más conocidos poemas de este género es el que dice: “Hermanos mineros aquí os dejo dicho/ No hay sentido en mi canto si no tenéis razón/ Si ha de morir el hombre antes de su momento/ Deben ser los poetas los primeros que mueran”.

Y fue militante hasta el día de su muerte, que se debió al corazón, a los cincuenta y seis años. El diario francés “Le Monde” apuntó que murió del corazón porque amó mucho a la humanidad. Y Jacques Prévert, poeta amoroso, llamó a Éluard en su funeral, “El poeta máximo del amor”. Lo testimonia bien el último poema que escribió a su mujer, Dominique: “Te levantas y las aguas se despliegan/ Te acuestas y las aguas se realizan/ Eres el agua vuelta de los abismos/ Eres la tierra que se enraíza/ Y sobre la cual todo se establece/ Haces burbujas de silencio en el desierto de ruidos/ Cantas himnos nocturnos en las cuerdas del arco iris/ Estás por doquier y borras todos los caminos/ Sacrificas el tiempo/ A la eterna juventud del fuego exacto/ Que oculta a la naturaleza reproduciéndola/ Mujer tú traes al mundo un cuerpo siempre parecido/ El tuyo/ Tú eres la semejanza”.

En medio del escepticismo y la confusión de sentimientos que distingue a la poesía de nuestro tiempo, será siempre experiencia hermosa, si no fecunda, leer a Paul Éluard.


Julio Nelson
Colaborador


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