La otra mitad del cielo

Para la Iglesia Católica romana, la libre expresión de la sexualidad es un pecado mortal. Sólo el hombre y la mujer pueden “conocerse” en un sentido bíblico y para fines exclusivamente reproductivos. Lo demás queda prohibido. Ni se hable de homosexualidad -considerada una enfermedad-, del uso de contraceptivos, de derecho al orgasmo o de educación sexual. La simple mención del placer es sospechosa.

| 25 octubre 2009 12:10 AM | Especial | 1k Lecturas
La otra mitad del cielo
Papa Joseph Ratzinger, lidera ofensiva conservadora.

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Los párrocos italianos han organizado manifestaciones callejeras, con la anuencia de sus obispos, instituyendo un Family Day (sic), cada 12 de mayo, en defensa de la familia heterosexual.
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Arraigada en la tradición patriarcal y misógina del judaísmo, la Iglesia -como gusta ser llamada, por antonomasia- ha forjado su visión sexofóbica, de negación del cuerpo, al calor de las hogueras de la Inquisición, que han quemado por siglos miles de libre pensadores y curanderas.

Francesco María Guazzo, monje ambrosiano, escribía en 1608 en su Compendium Maleficarum que los sabbat de las brujas terminaban en tremendas orgías y en acoplamientos entre humanos y animales, pintándonos involuntariamente el sueño de un reprimido sexual. Y mencionaba las sospechas que envolvían a las parejas estériles, posibles víctimas de alguna “atadura” mágica. Hoy en día, cuatro siglos después y en tiempos de sida, la Iglesia veta el uso del condón.

Según la agencia católica Adital, cada año en América Latina cerca de 5 mil mujeres mueren por abortos mal practicados: más que todos los soldados estadounidenses caídos en Irak desde 2003. Pero esta tragedia colectiva de dimensiones genocidas es ignorada u ocultada. Si la Iglesia Católica defendiera el derecho a la vida de estas mujeres -y de los miles de iraquíes inocentes que mueren bajo los bombardeos “democratizadores” y de los millones de hambrientos víctimas de las transnacionales- con el mismo ahínco que muestra en la defensa de los embriones, recuperaría un poco de la credibilidad perdida y se pondría más al paso con su tiempo.

La última cruzada
La ofensiva vaticana en contra de la interrupción del embarazo, el control de la natalidad, la eutanasia y las familias gay es una batalla a escala mundial y se presenta como la última cruzada, diseñada desde Roma para recuperar terreno y salir de una grave crisis valiéndose de chantajes y complicidades políticas. Sin embargo, es una batalla con resultados muy disparejos.

En Italia, donde la despenalización del aborto fue aprobada en 1978 por una clase política mayoritariamente católica, a pesar de los truenos pontificios, una iniciativa de ley discutida actualmente para dar estatuto jurídico a las uniones homosexuales -como la aprobada en 2007 en la ciudad capital de México- está quedando congelada desde varios años gracias a las pretensiones clericales.

En México, la despenalización del aborto en el Distrito Federal –donde cerca de tres mil mujeres recurrían anualmente a prácticas clandestinas- ha representado un avance en el rubro de la salud pública, pero ha provocado la contraofensiva de 16 de los 31 estados que han aprobado al vapor una legislación ferozmente antiabortista. Lo irreconciliable de los dos puntos de vista ha abierto un conflicto ideológico nacional que, a pesar de un gobierno federal expresión de la derecha católica, revela un creciente hartazgo popular por las intrusiones del clero en la política. Nada de sorprendente en un país que, aunque católico en su mayoría, ha hecho de la separación entre Estado e Iglesia un dogma civil.

Manotazo de ahogado
Lo que sorprende es la incapacidad de papa Benedicto XVI de entender que la batalla emprendida es contraproducente y crea una innecesaria polarización social. El clero católico, involucrado en innumerables casos de pedofilia, que incluyen a altos prelados latinoamericanos, menguado por la creciente crisis de las vocaciones, agitado por los pedidos de acabar con el celibato e instituir el sacerdocio femenino, no está en la mejor posición para librar una ofensiva de esta envergadura.

Aunque desde las primeras cruzadas haya pasado casi un milenio, la Iglesia no renuncia, inspirada por Dios, a querer dirigir los poderes mundanos, ayer desatando guerras imperialistas y de conquista, hoy pretendiendo legislar también en nombre de los no creyentes, imponiendo sus preceptos y prohibiciones a la sociedad toda.

La campaña antiabortista mundial de estos días, presentada como una lucha “en favor de la vida” -como si el otro bando estuviese en favor de la muerte- no logra ocultar un profundo desprecio para la autodeterminación de la mujer, reducida a mera incubadora, privada de la soberanía sobre su cuerpo y obligada a recurrir a intervenciones a menudo muy riesgosas.

Decisión de la mujer
No se puede soslayar el aspecto económico del problema, con una “industria” ni tan clandestina que atiende a las mujeres ricas y obtiene jugosas ganancias, frente a una legión de mujeres pobres obligadas a gestos desesperados y hasta autolesivos. Interrumpir un embarazo es una decisión ya bastante dolorosa y traumática para una mujer como para querer añadirle un cargo criminal y un estigma espiritual. Quienes temen que una despenalización del aborto provoque un incremento del fenómeno pueden tranquilizarse mirando la experiencia de otros países, como Italia, donde los abortos se han reducido drásticamente y, gracias a la asistencia sanitaria pública, las muertes por complicaciones han prácticamente desaparecido.

Cabe también mencionar que las legislaciones “abortistas” vigentes en muchos países siempre respetan las convicciones de quien está en contra, nunca obligan a nadie a interrumpir la gestación y dispensan a los doctores y al personal paramédico que, en el interior de la estructura pública, no quieren prestar este servicio. No así la facción “pro vida”, que pretende imponer, a golpes de excomunión y amenazas, su visión coercitiva y criminalizante al entero orbis terraqueus.

Ratzinger -quien, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la hodierna Inquisición) se esmeró en defender al fundador de los Legionarios de Cristo, padre Marcial Maciel, encubriendo su pedofilia y su adicción a la morfina- debería tomar en cuenta que la mujer es “la otra mitad del cielo” y es ella quien tiene la última palabra sobre su vida y su cuerpo. Quizás entonces la fuga de feligreses empiece a disminuir.

Gianni Proiettis*
Colaboración


* Académico y periodista romano.


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