La noche de los coroneles

Cuando en el año 2000 murió el general Jorge Fernández Maldonado, el coronel que leyó el famoso manifiesto de la revolución peruana del 3 de octubre de1968, no solo perdí un gran amigo (lo conocí en 1983), sino que se frustró un proyecto en el que tenía puestas muchas esperanzas: reconstruir desde sus actores al proceso militar que acaudilló el general Velasco y que cambió al país y las Fuerzas Armadas. En algunas de nuestras conversaciones preliminares, antes que el corazón lo venciera, Fernández Maldonado me adelantó, sin embargo, algunos de los temas.

Por Diario La Primera | 07 octubre 2012 |  5.8k 
La noche de los coroneles
La toma de Talara fue una decisión aplaudida por todo el país.
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La idea de la revolución –me dijo- no salió de un día para otro; el golpe militar fue madurado lentamente en la medida que los militares se decepcionaban del “progresista” Belaúnde, paralizado por la oposición en el Congreso e inclinado cada vez más a la concesión, apenas encubierta por la inagotable retórica del arquitecto.

En los mandos medios era generalizada la crítica a la enorme distancia que había entre el espectáculo de la política limeña y lo que estaba pasando en el interior del Perú, donde crecía un malestar general y hervía una rebelión en el campo contra el sistema de propiedad y gestión de la tierra imperante.

LA GUERRILLA DEL 65
Fernández me advirtió que el grupo más sensible de la época lo constituyeron los jefes de inteligencia que debieron enfrentar al movimiento de Hugo Blanco y a la guerrilla de Luis de la Puente, en 1965.

Estuvimos infiltrados en estas organizaciones y recogimos no solo datos para la identificación de los implicados, sino que empezamos a discutir sobre sus ideas, que nos llegaban a través de la información que manejábamos. La pregunta que nos hacíamos era si esto era un fenómeno aislado que una vez derrotado ya no causaría más problemas, o si estábamos caminando hacia una situación en la que después de los guerrilleros de visos románticos, no vendrían cosas peores.

Luego de rociar napalm en la selva central, Fernández Maldonado se preguntó sobre el número de campesinos que habría de morir en una represión futura.

Una estructura de nivel de coroneles y algunos mandos medios empezó a trabajar en la perspectiva de definir un programa básico para sacar al país del marasmo y reducir las proyecciones de la violencia.

Para este propósito se asociaron con sus propios profesores del Centro de Altos Estudios Militares, cuya mirada estaba principalmente dirigida a propiciar reformas desde el Estado que desoligarquizaran la sociedad peruana y modificaran las relaciones de poder con las clases subalternas. Este sería el germen del futuro Plan Inca.

Pero ellos eran ante todo militares y eso implicaba respuestas prácticas a problemas concretos. Ello equivalía a resolver el problema del golpe, es decir del control de la maquinaria del Estado.

EL EJE DEL DRAMA
No era solo un asunto de técnica de la captura del poder, sino de consenso militar, que permitiera que la propuesta pasase por institucional y que la idea de la gran reforma no fuese traicionada por los generales conservadores (que eran muchos) y por los jefes de las otras armas que no estuvieron comprometidos en el plan original.

Esa relación entre lo institucional y lo revolucionario fue finalmente el eje del drama que se vivió los siete años de Velasco y los cinco de Morales Bermúdez. Pero al principio la figura providencial del general Juan Velasco Alvarado resolvió a puro don de mando la contradicción.

Elevado a la condición de comandante general del Ejército y presidente del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, en enero de 1968, Velasco se convirtió pronto en el referente de la conspiración de los coroneles.

Según Fernández Maldonado, el general era rudo y directo y cuando se comprometía con algo no había fuerza para hacerlo retroceder. El día de la expropiación de los campos y la refinería de Talara, más tarde conocido como “día de la dignidad” (9 de octubre), toda la lógica de la revolución militar fue puesta a prueba.

UNA PISTOLA
Los actores eran un Consejo de Ministros dominado por los generales y almirantes conservadores, que querían una salida negociada con la empresa y que estaban preparando su propia “acta de Talara”; el Comité de Asesoría de la Presidencia (COAP) integrado por los coroneles revolucionarios y sus asesores; y el presidente Velasco, que parecía moverse entre los dos. Los documentos iban y regresaban entre dos salas del Palacio de Gobierno. Y el COAP iba usando expresiones cada vez más fuertes: sería una nueva traición, es inaceptable, etc.

El general Montagne, presidente del Consejo de Ministros, pidió pasar al voto, que sin duda ganaría imponiendo la versión de nuevo arreglo con la empresa. Entonces Velasco pidió un cuarto intermedio, se reunió con sus asesores y comprendió claramente cuál era el problema.

Regresó al Consejo de Ministros y colocó su arma sobre la mesa, luego dijo que les informaba, señores, que en esos momentos había dado órdenes para que las tropas ocupen las instalaciones petroleras y que eso ocurriría independientemente de lo que resuelvan los ministros. Nadie se atrevió a protestar, porque entendieron que quien lo hiciese quedaría fuera del proceso que acababa de comenzar.

Hacia finales del año, los coroneles de Velasco llegaban a generales y pasaban a ocupar posiciones como ministros. Fernández Maldonado se convirtió en titular de cartera de Fomento y Obras Públicas, que en tres meses se desdobló en varios ministerios.

Al hasta hacía poco joven coronel le tocó el despacho de Energía y Minas, que debía consolidar el primer impulso nacionalista y reformador. Nunca hubo un ministro más a la izquierda en este tema. Hoy se escogen a los ministros de Energía y Minas entre privatizadores y amigos de las grandes empresas extranjeras.

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