La increíble realidad

No sé si seguirá transitando los duros caminos de la agonía, pero, hasta hace poco, malvivía en un asilo de la avenida Brasil un anciano curita de apellido italiano, que afirmaba haber descubierto, en cierto lugar de la ceja de Selva, nada menos que las efigies de los catorce incas esculpidas en oro del Tahuantinsuyo, hallazgo que lo dejó boquiabierto allá en el curso de sus peregrinaciones parroquiales, tiempo en el cual, aun estaba en ejercicio.

| 08 abril 2012 12:04 AM | Especial | 1.9k Lecturas
La increíble realidad 1911

Pero, eso no era todo. El buen padrecito, afirmaba haber levantado un plano señalando la ubicación exacta de tan increíble áureo conjunto, documento que entregó al alguna vez Presidente Alberto Fujimori, quien aceptó el cuento, como quien oye llover,-o “no quiero, échamelo al sombrero “- si bien tiempo después, pareciera haber visitado el punto del tesoro, a bordo de un recurrente helicóptero que culminando idas y venidas, habría enviado al Japón, -a bordo de naves más bien piratas o fletadas por la “Yakuza”- la reproducción dorada de esos reyes que en otro tiempo fueron.

Y a quien dude de esta historia, lo remito simplemente a Internet, reino donde sabiendo buscar, puede encontrarse más de un prodigio como este, verdad o mentira, mi estimado.

A mí, por supuesto, nada me asombra ya, después de haber atisbado allá en mis años infantiles, a mi extrañado abuelo materno hablando con “Don Sata” a través de un espejo azul, amén de haber sido testigo del paso del último “Carretón de los Muertos” que visitaba los hospitales a medianoche para llevarse en paseo final a los fallecidos sin dueño y haber vivido en un cuartucho de callejón en el cual se “pagaba” la luz, echando monedas de a real, por una rendija tipo alcancía metálica adosada a la pared y dando luego, una vueltecita a determinada convencional periquilla.

También he visto temblar todas las tardes –a las cinco en punto- a la señora Julia que se enemistó con cierta vecina que la embrujó, a causa de un noviazgo tipo Romeo y Julieta protagonizado por los hijos de ambas conflictivas damas.

Más adelante, ya en mi adolescencia y como jugando, se me ocurrió invocar a los espíritus en el interior 20 de “El Callejón de los Tísicos” y como a uno de mis cofrades se le ocurriera burlarse de la mesa de tres patas, me retiré ofendido y luego, poquito más tarde, una aterrada procesión de palomillas, se apareció a la puerta de mi casa, rogándole a mi vieja que este servidor fuera a aquietar a los desencarnados que se habían apoderado de la habitación amenazando destrozar a los faltosos juguetones. Finalmente fui -tuve que ir- a desplegar lo más frondoso de mi imaginación, restableciendo el orden paranormal, gracias a lo cual, me gané la chapa de “Niño Dios”, que me persiguió por largo tiempo, entre Tipuani- donde vivía mi primer amor- y Guadalupe de Azángaro, territorio más bien faite, mi estimado.

He conocido también a la señora Natalia, estrafalaria anciana que afirmaba ser capaz de materializar al Maligno, acariciando a contrapelo un almohadón de terciopelo negro con su cuchillito de plata. La Doña, además, ejecutaba al solfeo, extrañas melopeas acompañándose con un viejísimo piano desafinado, en un repertorio que según ella, se llamaba “Conciertos del Más Allá”. En fin.

Y por si fuera poco, atisbé –de lejos nomás, compadre- al flaco Rentería en el “Club de los Joyeros”, donde el suscrito, solía chelear atardecido con mi inolvidable broder Aurelio Collantes, que hoy duerme en la noche de mis más lindos recuerdos.

El citado “Flaco”, artesano del oro, plantado por la vida, había desarrollado una peligrosa habilidad, para desempeñar un increíble oficio que lo calificaría como “Emisario de la Muerte”, o algo así, si me comprenden.

Sí pues. Cuando alguno de los imbatibles bebedores de su “club” renegaba de la vida, “¡arregla con Rentería!- le gritaba algún macabro gracioso de esos que nunca faltan.

Y según Aurelio, ese era el primer paso rumbo a la dimensión desconocida.

Mediante un precio acordado, Rentería, conocedor de algunos elementos químicos que dominan los orfebres, se dedicaba a observar tarde a tarde a su, digamos, “cliente”.

Cuando éste llegaba ya, al confín de todas las esquinas, ahí nomás a la vueltecita de los últimos desengaños, hacía un cabeceo convenido al siempre atento Rentería y entonces “El Emisario de la Muerte” sólo esperaba un pequeño descuido de los demás bebedores, para filtrar al vaso cervecero del candidato a difunto, un polvillo, quizás una pócima mínima, de algo que garantizaba dicho trago como el último de todas las amarguras.

Cierta o no, la leyenda, aun goza de buena salud, si bien Rentería que habitaba en solitario un tabuco de callejón allá por “Rastro de San Francisco”, entró una noche a su pocilga para no salir jamás del cerco de sus cuatro paredes.

Por lo menos, eso es lo que contaban las buenas viejas de tiempo atrás, que asistieron al descerraje policial con auxilio de los bomberos, pero que no volvieron a ver never in the life, ni la sombra de ese tipejo increíble que bien pudo ser yunta del mismísimo Diablo, oiga usted, como se dice.

Pero ya, en la parte seria de la función, déjenme contarles que por esas cosas del periodismo y de la vida, me tocó en suerte, ser amigo de dos jefes de sendos gobiernos latinoamericanos.

A uno de ellos, el general panameño Omar Torrijos, me cupo el honor de acompañarlo en su helicóptero de trabajo, junto con mi movedizo compadre Roberto “Pecoso” Ramírez, a lo largo y ancho del complicado país istmeño, asistiendo al espectáculo que significaba su especialísima manera de gobernar resolviendo problemas mientras hablaba de sus sueños de justicia social, sin sospechar que lo acechaba ya, la sombra de una conjura canallesca vestida de dinamita, mi hermano.

A mi otro amigo, que alucinó ser revolucionario, también lo asesinó la traición.

El aneurisma abdominal y el posterior desbarajuste circulatorio, sólo fueron siniestros cómplices de ocasión, como bien sabe el Diablo, que aquello que no adivina, por lo menos, lo sospecha, como por ejemplo, resultó averiguando Gonzalo Pizarro, cuando- en tiempos coloniales- irrumpió en el Santuario de Pachacámac, pretendiendo burlarse del “Señor que Hace Temblar La Tierra”, de sus sacerdotes y toda la cumbiamba, recibiendo a contragolpe el testimonio de un terremotazo de la gran seven que si bien no impidió que se choreara la efigie del mismísimo dios y los valiosos tributos de sus creyentes, sí lo dejó pasmado de espanto para el resto de sus noches, oiga usted.

Y aquel que dude del cuento, puede preguntarle a la Dra. Rotsworowsky, que hasta foto del Pachacámac dos caras, ha publicado en uno de sus libros.

¿Y entonces pues, con este historial de aguaites desconcertantes, qué podría asombrarme ya, en este (perro) mundo?

Ni siquiera la “levitación porcina”, que es como se llama en fino al vuelo de los cochinos chanchos. Maravilloso evento que quizás veremos algún día no lejano, ah…y si acaso supone usted que ya lo ha visto todo en este mundo y que mis cuentos son puro cuento, le recomiendo darse una vueltecita por “Sarita Colonia”, bravo barrio marginal del rico Llauca, donde-por un extraño desnivel de la madre Tierra-, cuando crece el Rímac, efectivamente, llueve para arriba, aunque un escéptico como usted, no lo crea, conforme dijo el tío Ripley que murió sin pagar impuestos, compadrito.


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