La Iglesia que encubrió a la dictadura

Durante los años oscuros de la dictadura militar argentina 1976-1983, hubo sacerdotes que se colocaron al lado de los pobres, mas no así la alta jerarquía católica que encubrió el baño de sangre y en muchos casos bendijo los vuelos de la muerte, en la que muchos detenidos eran arrojados al mar para terminar de desaparecerlos.

| 16 marzo 2013 12:03 AM | Especial | 1.9k Lecturas
La Iglesia que encubrió a la dictadura
La jerarquía de la Iglesia Católica en Argentina se puso de lado de la dictatura.
1946

Los años negros de la dictadura militar argentina pusieron a prueba la piedad religiosa de la jerarquía eclesiástica, que no dudó en ponerse al lado de los poderosos que secuestraban y ejecutaban a sospechosos de subversión, incluidos sacerdotes y monjas que se pusieron al lado de los pobres.

La jerarquía de la Iglesia Católica argentina carga sobre sus hombros la cruz de haber callado cuando la dictadura militar hizo desaparecer a unas 30,000 personas, entre las que se cuentan las monjas francesas Leonie Duquet y Alice Dumon, que fueron secuestradas por el “Ángel de la Muerte”, Alfredo Aztiz, hoy condenado por crímenes de lesa humanidad.

OCULTAMIENTO
El negro papel cumplido por la jerarquía fue reconocido por el propio dictador Rafael Videla, quien reveló que el nuncio apostólico Pío Laghi, embajador del Vaticano de 1974 a 1980, y los obispos, “asesoraron sobre la forma de manejar” la situación de los desaparecidos frente a los familiares que reclamaban por sus seres queridos. “La Iglesia ofreció sus buenos oficios, y frente a familiares que se tenía la certeza de que no harían un uso político de la información, se les dijo que no busquen más a sus hijos porque estaban muertos”, recordó.

En el otro lado de la medalla, hubo clérigos que pagaron con su vida la opción por los pobres. Tal como ocurrió con las víctimas de la matanza de la parroquia de Santa Cruz, el 4 de julio de 1976, en que fueron asesinados el seminarista gallego Salvador Barbeito Doval, de 29 años, y los sacerdotes Alfredo Leaden, de 57 años; Pedro Duffau, 65; Alfredo Kelly, 40; y Emilio Barletti, 25.

Hoy se sabe también que los monseñores Carlos Ponce De León y Enrique Angelelli, obispos de San Nicolás y La Rioja, que se decía habían muerto en sendos accidentes automovilísticos, en realidad fueron víctimas de complots de los servicios de inteligencia de la dictadura.

Según contó el marino Adolfo Scilingo al periodista Horacio Vertbisky, la Iglesia consintió y asistió de forma “cristiana” a la eliminación de opositores y guerrilleros en los famosos “vuelos de la muerte”, en los que los detenidos eran arrojados vivos, después de ser dopados, al Atlántico desde aviones militares. Tras los hechos, los pilotos y los que participaban eran confesados y consolados por un cura castrense.

BERGOGLIO ACUSADO
A Mario Bergoglio se le acusa de haber abandonado a su suerte a dos sacerdotes jesuitas que se habían ido a predicar a los barrios humildes de Buenos Aires, donde su prédica fue calificada de subversiva. Orlando Yorio, ya fallecido, y Francisco Jalics, quien vive en Alemania, denunciaron los hechos.

“Mucha gente que sostenía convicciones políticas de extrema derecha veía con malos ojos nuestra presencia en las villas miseria”, contó Jalics en su libro “Ejercicios de meditación”, en la que acusa directamente al actual Papa de haberlos delatado.

”Interpretaban el hecho de que viviéramos allí como un apoyo a la guerrilla y se propusieron denunciarnos como terroristas. Nosotros sabíamos de dónde soplaba el viento y quién era responsable por estas calumnias. De modo que fui a hablar con la persona en cuestión y le expliqué que estaba jugando con nuestras vidas. El hombre me prometió que haría saber a los militares que no éramos terroristas. Por declaraciones posteriores de un oficial y 30 documentos a los que pude acceder más tarde, pudimos comprobar sin lugar a dudas que este hombre no había cumplido su promesa, sino que, por el contrario, había presentado una falsa denuncia ante los militares”, escribió Jalics.

Ese hombre era Jorge Bergoglio, el entonces superior jesuita, según contó Yorio en una carta de 1977 al asistente general de la Compañía de Jesús. Años después, cuando la democracia retornó a Argentina, Yorio les comentó a otros sacerdotes que Bergoglio no los había “entregado”, pero sí los había delatado ante los militares.

El 23 de mayo de 1976, Yorio y Jalics fueron secuestrados y permanecieron cinco meses en la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), uno de los principales centros clandestinos de detención y tortura. Un interrogador le dijo a Yorio que sabían que no era guerrillero, pero que con su trabajo en la villa unía a los pobres y eso era subversivo.



LA RESPUESTA DE BERGOGLIO
Tras su detención, miembros de la Iglesia intercedieron para que los liberasen. Ambos fueron arrojados drogados en un pantano de una ciudad cercana a Buenos Aires, Cañuelas, un 24 de octubre.

En el libro “El jesuita”, en el año 2010, Bergoglio contestó a las acusaciones: “Nunca creí que estuvieran involucrados en actividades subversivas como sostenían sus perseguidores, y realmente no lo estaban. Pero, por su relación con algunos curas de las villas de emergencia, quedaban demasiado expuestos a la paranoia de caza de brujas. Como permanecieron en el barrio, Yorio y Jalics fueron secuestrados durante un rastrillaje. La misma noche en que me enteré de su secuestro, comencé a moverme. Cuando dije que estuve dos veces con Jorge Videla y dos con el jefe de la Armada, Emilio Massera, fue por el secuestro de ellos”.

Bergoglio fue citado por la justicia cuando ya era cardenal, arzobispo de Buenos Aires y jefe de la Iglesia argentina, como testigo en el segundo juicio sobre los crímenes de la ESMA, que finalizó en 2011. También fue citado como testigo en una causa en Francia por el asesinato del sacerdote de ascendencia francesa Gabriel Longueville. Una hermana y tía de desaparecidos pidió que además se le interrogara en Argentina sobre el robo de bebés de secuestradas por la dictadura.

SE DEFIENDE
En su libro, Bergoglio advirtió que si no habló en su momento fue para no hacerle el juego a nadie. Contó entonces que, más que denunciar, protegió a tres curas que eran perseguidos por los represores.

“Saqué del país, por Foz de Iguazú, a un joven que era bastante parecido a mí con mi cédula de identidad, vestido de sacerdote, con el clergiman y, de esa forma, pudo salvar su vida”, aseguró. Además, dijo, “hice lo que pude con la edad que tenía y las pocas relaciones con las que contaba, para abogar por personas secuestradas”.

“En uno de mis intentos de conversar con Videla, me las arreglé para averiguar qué capellán militar le oficiaba la misa y lo convencí para que dijera que se había enfermado y me enviara a mí en su reemplazo”, recordó en “El Jesuita”.

Después le pidió a Videla hablar con él, “siempre en plan de averiguar el paradero de los curas detenidos”, aunque reconoció que “a lugares de detención no fui, salvo una vez que concurrí a una base aeronáutica… para averiguar sobre la suerte de un muchacho”.

Al declarar por escrito en la causa de la ESMA, por el secuestro de Yorio y del también jesuita Francisco Jalics, Bergoglio dijo que en el archivo episcopal no había documentos sobre los detenidos-desaparecidos. Pero quien lo sucedió, su actual presidente, José Arancedo, lo desmintió.



Testimonios sobre las muertes

- Adolfo Pérez Esquivel, ganador del premio Nobel de la Paz, negó que el elegido Papa tuviese vínculos con la dictadura militar como señalan sus críticos. Pérez Esquivel dijo que “hubo obispos que fueron cómplices de la dictadura, pero Bergoglio no”. “Yo sé personalmente que muchos obispos pedían a la junta militar la liberación de prisioneros y sacerdotes y no se les concedía”, dijo.

- Christian Federico von Wernich, quien se desempeñó como capellán de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, fue detenido el 2003 por su participación en delitos de lesa humanidad en los centros clandestinos de detención Puesto Vasco, Coti Martínez y el Pozo de Quilmes y condenado a reclusión perpetua. Se le acusó de justificar la desaparición de los detenidos por subversión.


Efraín Rúa
Editor de Mundo


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