La hora de la corneta

Evidentemente, hoy nadie lo recuerda, o lo que es peor, nadie lo sabe en nuestras playas. Pero ese show de la parodia que ha reinventado entre nosotros, mi admirada Gisela Valcárcel, luego de comprar el formato en México, ese mismito que ahora le copian en todos los canales, en serio o changa, fue creado -o calcado- quién sabe de dónde por mi inolvidable tío putativo, ex actor teatral y vendedor de maravillas inexistentes, don Pedro Ureta Mille, que ahorita estará donde Dios diga, contando chistes por toda la eternidad.

| 20 mayo 2012 12:05 AM | Especial | 1.6k Lecturas
La hora de la corneta 1647

El (o la) aspirante a estrella, era ayudado por un ensayito más o menos, al son del vals, tango o boleracho antañón y luego salía al ruedo abandonado a su suerte. Claro, porque en cuanto desafinara, o soltara un previsible “gallo”, un trompetista cercano al “Pato” Villalobos que era el pianista, hacía sonar estruendosamente un trajinado clarín en algo que podríamos traducir en un afrentoso “tararíiiii”, que señalaba el ridi y el final del debut-despedida del caído del palto.

El programete se llamaba “La Hora de la Corneta” y entonces-lo mismo que su versión actual- alcanzaba top de sintonía, ya sea porque en realidad los organizadores intentaran la búsqueda “de talentos”, o porque confiaran, en el morboso interés de nuestro público que entonces como ayer, vivía –y vive- esperando que cualquier prójimo vea patinar sus sueños, bajo la estridencia de un malvado cornetazo, que lo desanime de ser cantante, o lo obligue a colgar su fajín de ex ministro desafinado en algún lugar de su jato, para un día deslumbrar a su nietecito preferido.

Cuentan que habiendo retornado Haya de la Torre de una de sus incontables tours europeas, lo invitaron a una gimkana chosicana, cuyo número central, era una contienda de “palo encebado”. Y apenas el experimentado líder PAP, se percató de los requerimientos de dicha prueba, comentó: “Este concurso no terminará en nada. Aquí cada vez que un peruano está por triunfar, un fraterno compatriota le jala la camiseta y se lo trae abajo”.

Y esto lo decía alguien que sin haber sido borracho, coimero, o bailarín de marinera, supo embobinar a las huestes incomprensibles de nuestra frustrada clase media, durante casi sesenta años, si bien sólo llegó a Presidente “Moral”, en razón de haberse peleado con los milicos, la Iglesia y un importante diario, hoy convertido en portaaviones del poder comunicacional.

Su heredero político, en cambio, se dio maña para no escuchar “la corneta” y llegó dos veces a la Presidencia, con opiniones divididas y fortuna en Francia, lo cual tampoco es poca moña, mi estimado.

Pero volviendo al cuento que es lo nuestro, y en lo que soy asaz diestro,

“La Hora de la Corneta” (corrían tiempos del tanguero “Pipo” Cómena, Edmundo Moreau y “El Camarón” Paco Andreu), fue llevada a los teatros de barrio, con igual o mayor éxito al alcanzado en la radio, e incluso, abrió las puertas del triunfo a Jesús Vásquez, Delia Vallejos y al maravilloso dúo de “Las Limeñitas”, para no ir más lejos.

Hasta ahí todo bien y no hay que olvidar que el negro Ferrando fue el primer copión del asunto con su “Trampolín a la Fama”.

Pero volviendo a mi extrañado tío putativo, don Pedro Ureta, él nunca pudo con su genio empalmador y en hábil jugada de taquito, inventó un truco mediante el cual, fuera de libreto, se ganaba cincuenta valiosos soles de aquellos tiempos, al final de cada jornada teatral. Luego de los consabidos cornetazos, rechiflas y carcajadas de la inclemente cazuela, Don Pedro, con su característica voz, entre nasal y raspada, anunciaba la presentación de un “concursante estrella”, que tentaría el jugoso premio de los cien solifacios que entregaría el animador, luego de evaluar los aplausos del “culto y respetable público”.

Se trataba de un zambo corpulento apellidado Casaboza, que aparecía por detrás de las butacas, luego de un gran aplauso de invitación solicitado por Don Pedro (que era su yunta al jafanajaf) y luego de un cabeceo de acuerdo con el acompañamiento, se mandaba una sonora interpretación de “Granadaaaa, tierra soñada por miiii”, con lo cual ganaba por varios cuerpos el favor del público y, desde luego, los cien mangos a repartir, con el organizador de la cueca.

Pero fíjense ustedes lo que son las cosas. Una de esas inolvidables “vermouths familiares” y poco antes del reiterado truco, subió a escena un cieguito, acompañado de un par de hijos violinistas, con cuyo soporte se mandó un dramático tango que decía más o menos: “La tarde era triste…la nieve caía…”-para luego rematar con la historia de un invidente enamorado, arrancando lágrimas al populorum.

Bueno pues. A la hora de los aplausos, el melodrama se impuso y por más perigallas que intentó Pedro, el público proclamó el triunfo del cieguito, a quien mal de su grado, hubo de entregar los cien mangos con el dolor de su alma y de su wing en el enjuague.

Ah…pero el zambo Casaboza no se quedó quieto y terminado el bururú, reclamó por señas sus cincuenta mangos de costumbre, desde el costado del escenario. Don Pedro, que no era corto ni legañoso, proclamó entonces, “un segundo premio”, para el intérprete de “Granada” y con gran ceremonia, entregó al moreno un paquete trofeo donado por la entonces famosa “Sastrería Barrenechea” que reinaba allá por el Parque Universitario.

Al desempaquetar el balurdo, Casaboza advirtió que se trataba de un retazo de casimir de apenas un metro de largo.- ¡Oiga Don Pedro! ¿Y qué me voy a hacer yo con esto?-preguntó indignado.

-¡”Te harás un chaleco, pues zambo, porque no creo que te alcance para otra cosa!”-le respondió Don Pedro, el verdadero Diablo que puso de moda el patinazo que hasta hoy, ni siquiera pueden esquivar algunos políticos a “La Hora de la Corneta”.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.

En este artículo: | | |


...
Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital

Colaborador 1937 LPD