La “empresa cascarón”

Recientemente el Instituto de Estudios Peruanos publicó un informe sobre la situación del transporte público en Lima, que es aplicable a todo el Perú; este estudio resalta que el principal problema del sistema del transporte urbano en el Perú es el sistema mismo y tiene toda la razón. Efectivamente, el principal problema es el sistema empresarial en el cual predomina lo que algunos medios llamaron: la “empresa cascaron”.

| 15 noviembre 2009 12:11 AM | Especial | 3.9k Lecturas
Y el sistema de transporte de pasajeros en el Perú.

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La “empresa cascarón” es concesionaria del Estado y nada menos que para brindar el servicio público de transporte de personas, pero en su gran mayoría no se dedica a eso, sino a cobrar a terceros, que son dueños de vehículos, para darles acceso y operar en la concesión que obtuvo del Estado, cual si fuera un botín.
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Como a toda la industria, a inicios de los 90s, al transporte urbano también se le impuso el mercado como condición y desde entonces ha evolucionado a una condición que se perciben como la de un “mercado salvaje”, que día a día es parte de la vida (y a veces de la muerte) de todos nosotros, como usuarios del transporte público, del tránsito o simples peatones.

La empresa cascaron es concesionaria del Estado y nada menos que para brindar el servicio público de transporte de personas, pero en su gran mayoría no se dedica a eso, sino a cobrar a terceros, que son dueños de vehículos, para darles acceso y operar en la concesión que obtuvo del Estado, cual si fuera un botín. A su vez, los dueños de los vehículos también los tercerizan a choferes y cobradores, y son aquellos quienes tienen a cargo el servicio que padecemos cada día, muy lejos de la empresa concesionaria y mucho más lejos de la autoridad que elegimos para hacerse cargo de este importante servicio público, nuestro alcalde.

Matarse por un pasajero
Estas personas (el chofer y el cobrador) tienen que “sacar en las calles” para pagar el costo de la concesión, la comisión de la “empresa cascaron”, la cuota del dueño de la combi, el combustible, el costo de las papeletas, las coimas de cada día y su propia subsistencia, en un mercado sobre ofertado y sin reglas, en aras del mercado. Para sacar en las calles todos estos costos, estas personas están impelidas literalmente a matarse por un pasajero y lo hacen, dejando una estela de accidentes en su loca competencia, además de matarse día a día, con una vida paupérrima trabajando de sol a sol.

Es paradójico que este sistema perpetue en su esencia el mercantilismo que imperó en el transporte urbano hasta la década de los 80s, pues en ambos casos el acceso a una concesión es una fuente de riqueza en sí misma, al margen de lo que se haga en la prestación del servicio concesionado. Esto sucedió en los 80s con una regulación que generó escasez de la oferta y en los 90s con desregulación que ha generado una enorme sobre oferta; pero en ambos casos, el común denominador es que las autoridades políticas permanecen de espaldas al interés de los ciudadanos que padecen sistemas caóticos e ineficientes de transporte urbano.

Este sistema de afiliación también es ampliamente difundido en el transporte interprovincial, en el que en teoría (y como lo manda la ley), los buses deben ser de propiedad de la empresa concesionaria, pero la mayor parte de la flota opera con este sistema que se conoce como comisionismo y consiste en registrar buses ante el MTC como parte de la flota de una empresa cuando en realidad pertenecen a particulares. Esta modalidad se implementa mediante contratos “secretos” entre las partes, “la empresa” retiene un porcentaje de las ventas y con el saldo, el dueño del bus opera el servicio.

Grave informalidad
Con esta simulación la “empresa cascarón” propicia el ingreso de operadores totalmente informales en perjuicio de la seguridad del público usuario, que supone estar viajando en la empresa concesionaria, que en la práctica no asume responsabilidad por el servicio. Por ejemplo, en el caso de suceder un accidente, el verdadero dueño del bus se ocupa de su vehículo y “la empresa” no tiene patrimonio real para atender las consecuencias, la responsabilidad se diluye y es común que el usuario quede desamparado o que la “empresa” desaparezca.

Para graficar la naturaleza del problema que se genera al propiciar o permitir la existencia de la empresa cascaron como “modelo empresarial”, veamos un verdadero modelo, muy conocido en la administración de empresas que se llama la Cadena de Valor. En este modelo se clasifican todas las actividades que se realizan en una organización empresarial a fin de analizar de qué manera una empresa es capaz de crear valor en un mercado competitivo. En este caso, este modelo nos permite mostrar el efecto de los sistemas de transporte, en la “empresa de transporte” y por tanto en los servicios de transporte que recibimos.

La empresa de transportes debería estar enfocada en la prestación del servicio, que ha recibido en concesión como su razón de ser, pero el sistema lo incentiva a trasladar su negocio a las actividades que se conocen como logística de entrada, pues cobra a terceros por el acceso a la ruta, en algunos casos les vende insumos, y se convierte en un proveedor más, al margen de la prestación del servicio al público, del que en realidad, nadie está a cargo. Se convierte en una “empresa cascarón” ajena a todas las actividades que deberían caracterizar a una empresa.

Tercerización
Este fenómeno se repite cuando el propietario del vehículo, terceriza a su vez su vehículo a un chofer, con quien no asume tampoco ninguna responsabilidad, pues este se debe “cobrar de la ruta” y es allí donde nos toca conocerlo, en la ruta y en esa circunstancia, es la cara visible de un sistema igual de caótico e irracional.

Este breve comentario a propósito de la “empresa cascarón” debe servir para que los ciudadanos entendamos un poco mejor la raíz del problema que padecemos en todos los modos de transporte de pasajeros en el Perú. El resultado de este sistema no puede ser otro que el que tenemos, así que mientras no se ataque este problema de fondo, la pita siempre se estará rompiendo por su lado más débil.

Luis Ramírez Urueta
Colaborador


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