La economía mundial hacia el 2012

Un momento complejo y peligroso pasan las economías estadounidense, japonesa y de la eurozona, que podría derivar en un colapso internacional. La poderosa economía de Estados Unidos emite billetes pero no sortea el difícil periodo.

| 24 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 1.7k Lecturas
La economía mundial hacia el 2012
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El mecanismo llamado Relajamiento Cuantitativo (Quantitative Easing) es simplemente impresión de billetes por parte de la Reserva Federal. La primera, que la jerga llama QE1, la realizó hacia finales del 2008, cuando compró los activos tóxicos del sector financiero corroído por la crisis hipotecaria y los derivados.

La deuda de Estados Unidos creció a un ritmo impresionante. Durante los últimos diez años pasó de 5,95 trillones de dólares a cerca de 15 trillones. Sólo durante la administración del presidente Barack Obama aumentó desde casi once trillones al volumen actual.
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Con la excepción de los operadores financieros, especuladores de toda ralea y algunos jefes de gobiernos, el consenso sobre el curso que sigue la economía mundial es oscuro. Los pronósticos sobre una nueva recesión son compartidos, en tanto la única duda es cuán profunda será. La economía, que ha venido dando tumbos desde la última gran crisis de 2008, parece enfilar enceguecida a un nuevo colapso general.

Durante los últimos meses y semanas, las informaciones económicas van de mal en peor. Estados Unidos, los países de la eurozona y Japón, que concentran más de la mitad del Producto Interno Bruto (PIB) mundial, entraron en un proceso de contracción, sino ya de recesión. Al escaso crecimiento registrado durante la primera parte del año, los datos del segundo trimestre son francamente malos: la economía alemana cayó y la francesa está plana, en tanto la estadounidense cada día avanza menos. Japón, tras el terremoto, sigue en retroceso. Si ésta es la realidad exhibida por las principales economías del mundo, en los otros miembros de la eurozona las cosas van mal desde hace rato. Grecia, Portugal e Irlanda en quiebra; España e Italia en la cuerda floja.

Bajo crecimiento, por un lado, pero también una crisis de deuda de las grandes economías inédita para la historia económica moderna. A la fragilidad del déficit de los estados europeos, entre los que destaca el caso griego, aun cuando no es el único, hallamos una figura muy similar en la principal economía mundial. Estados Unidos, además de no crecer, arrastrar una alta tasa de desempleo y sufrir una caída progresiva de los precios del clave sector inmobiliario, mantiene un déficit público histórico, que ha llevado a una progresiva pérdida en el valor de dólar y a generar todo tipo de confusión y distorsión en las relaciones comerciales mundiales.

Las advertencias sobre el ingreso en una zona oscura para la economía mundial vienen incluso del centro del establishment. La nueva jefa del Fondo Monetario Internacional (FMI), la francesa Christine Lagarde, dijo que “estamos en una nueva y peligrosa fase para la economía”. Como sugerencia, Lagarde remite a una receta clásica, políticas macroeconómicas que estimulen el crecimiento, las que a la vista de la más reciente experiencia, no tienen algún resultado.

El caso de Estados Unidos es el gran ejemplo del nulo efecto de estas clásicas políticas. El problema económico que vive ese país es similar al que han vivido cientos de naciones pobres en el mundo: básicamente, al tener más gastos que ingresos, acumuló un gigantesco déficit público incubado desde hace décadas. Un déficit creciente que sólo se mantiene con más y más deuda. Aun asumiendo que la nueva deuda se haga a través de nuevos bonos, los cada vez más altos costos de los préstamos terminarán por asfixiar al Tesoro. Es claro: mientras más dinero pida prestado, mayores serán los intereses; a la vez, mientras más altos sean los intereses, más préstamos necesitará. Un círculo vicioso muy conocido en los países más pobres.

La deuda de Estados Unidos creció a un ritmo impresionante. Durante los últimos diez años pasó de 5,95 trillones de dólares a cerca de 15 trillones. Sólo durante la administración de Obama aumentó desde casi once trillones al volumen actual. Un proceso que si no explosiona, sí transparenta y así, finalmente, las agencias de calificación de riesgo le quitaron a ese país su título de economía más solvente del mundo. Las AAA pasaron a AA+ y no son pocos los analistas que prevén futuros recortes.

El 1 de agosto, Barack Obama anunció que había llegado a un acuerdo con los republicanos para elevar nuevamente el techo de la deuda pública. Ese acuerdo, recordamos, fue interpretado como un triunfo, algo que sin duda difícilmente lo es. Desde cualquier punto de vista de la racionalidad económica, y tal vez política, ese resultado no augura nada bueno. Por un lado, ningún país ni sujeto económico puede endeudarse indefinidamente, por tanto la solución no está en un aumento de la línea de crédito. En algún momento hay que pagar las deudas.

La otra cara de ese acuerdo entre Obama y los republicanos es también muy fea. El Senado le permitió a Obama un aumento del déficit, pero a costa de importantes recortes en el gasto social. En resumen, Obama capituló ante esta extrema derecha republicana que impuso su receta neoliberal con disminución del gasto social y cero aumento a los impuestos, a pesar que las encuestas señalan que el 72 por ciento de los estadounidenses aprobaban un aumento de los impuestos a los más ricos para reducir el déficit. Obama cedió en asuntos básicos y de gran impacto social, incluso en programas para los más necesitados, como el Medicare y el Seguro Social o en no tocar el bolsillo de los multimillonarios.

Aquí hay un problema económico, que es también político. Porque hoy, cuando la economía no da señales de crecimiento y el alto desempleo no cede, Obama tiene las manos atadas para impulsar políticas de reactivación, como lo es el aumento del gasto fiscal.

LA IMPRESORA MÁGICA
La Reserva Federal de Estados Unidos, que es el banco central, emplea otro mecanismo para reactivar la economía, estímulos monetarios que aun cuando mantienen a flote las Bolsas y otros mercados, no decantan la economía real.

El mecanismo llamado Relajamiento Cuantitativo (Quantitative Easing) es simplemente impresión de billetes por parte de la Reserva Federal. La primera, que la jerga llama QE1, la realizó hacia finales del 2008, cuando compró los activos tóxicos del sector financiero corroído por la crisis hipotecaria y los derivados, en tanto la segunda, o QE2, la ejecutó el año pasado, inyectándole a la economía 600 mil millones de dólares a través de la compra de bonos de Tesoro.

El resultado, en ambas terapias, fue de una reanimación de los mercados y el jolgorio de todo tipo de especuladores. Como efecto colateral, bien recordamos, hubo una inflación mundial de materias primas, alimentos incluidos. Pero pese al ingente torrente monetario, la economía no logró salir del marasmo.

Hoy, cuando el crecimiento económico nuevamente se frena, con su expresión en el reciente pánico bursátil, se especula de un QE3. El agudo blog financiero Zerohedge, escrito por un grupo que firma como Tyler Durden, el protagonista del Club de la Pelea, desde hace semanas apunta en esta dirección. Porque hay señales más o menos claras.

Hacia finales de agosto el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, dijo algo que todo Wall Street interpretó como un sí. A las pocas horas se produjo una recuperación bursátil y de los precios de las materias primas. Los especuladores, todo el sistema financiero, viven, como si de una adicción se tratara, de estos estímulos monetarios.

La doble zambullida es una expresión que ronda la prensa económica. La economía, tras la recesión del 2008 provocada por la explosión de la burbuja inmobiliaria, podría entrar después de un breve auge en una nueva y mayúscula recesión, esta vez por el estadillo de la burbuja de la deuda pública. Si el 2008 fueron los bancos centrales los organismos que rescataron a la banca, hoy ¿quién rescataría a los bancos centrales?

El oscuro presente trae los peores fantasmas de la historia económica del siglo pasado. La Gran Depresión de 1929 se vuelve a levantar como reiterado objeto de estudio y punto de comparación. Los especialistas observan con perplejidad demasiados elementos en común, pero también ven con espanto las enormes diferencias. La historia no es cíclica, pero sí repite sus peores rasgos.

Un estudio publicado hace un año por Scott Minerd, jefe de Inversiones de Guggenheim-Partners, cuyo certero título es “Comparado a lo incomparable”, traza una línea entre la Gran Depresión y la situación económica actual.

Recordemos: en agosto de 1929 la economía estadounidense ingresó en un período de contracción, que se extendió por 43 meses; en comparación la recesión del 2008-2009 se deslizó por sólo 20 meses. Los efectos de esos 43 meses fueron devastadores para el resto de los indicadores. Desde agosto del ‘20 al primer trimestre del ’33, el producto cayó casi un 30 por ciento y los precios de las acciones de Wall Street casi un 90 por ciento. En 1933 la tasa de desempleo se había elevado a un 33 por ciento.

Pero esta era sólo la primera zambullida. Hacia finales del 33 la economía estadounidense inició un período de recuperación, la que se extendió por cuatro años. Durante este tiempo, el producto creció a una tasa anual del diez por ciento y el precio de las acciones a un ritmo del 20 por ciento anual hasta la segunda zambullida en mayo de 1937, que borró todas las ganancias anteriores. A partir de entonces y hasta la década siguiente, la economía creció a una tasa mínima de 0,6 por ciento y el desempleo se mantuvo en un 17 por ciento.

La década de 1940 marcó la recuperación, pero a un alto costo. Estados Unidos entró en la II Guerra Mundial en 1941, con el consecuente gasto militar que redujo en un diez por ciento la tasa de desempleo en sólo dos años.

Todos estos datos pueden servir de contexto, pero hay uno ofrecido por Minerd que es central para evaluar el momento actual, marcado por el enorme déficit fiscal. Hacia el 2009, el Departamento del Tesoro informó de un déficit federal del 10,3 por ciento del producto, o más del doble que los niveles máximos alcanzados durante la Gran Depresión. Salvo las dos guerras mundiales, no ha habido otro período con un déficit tan alto como el actual. La comparación, que no resulta grata, puede dirigirse también a los efectos del gasto fiscal. Hoy, pese a los históricos niveles de gasto, la economía no se reanima con las recetas clásicas.

Hacia la mitad de agosto, Paul Krugman, economista y Premio Nobel, fue entrevistado en la cadena estadounidense CNN. A la pregunta “¿Cómo podría salir Estados Unidos de esta mala racha?” respondió con una especie de acertijo: “Si descubriésemos que los extraterrestres estuviesen planeando atacar la Tierra y planificásemos cómo contrarrestar la amenaza dejando el déficit y la inflación en un segundo plano, saldríamos de esta recesión en menos de 18 meses”.

Ante esta elucubración, nos quedaría también hacer otra comparación. Durante la década de 1940 Estados Unidos salió de la recesión tras un enorme gasto para “contrarrestar la amenaza dejando el déficit y la inflación en un segundo plano”. En aquella oportunidad, no hubo que recurrir a la ciencia ficción. Tal vez ahora tampoco.


Por Paul Walder
El Ciudadano.cl

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