La cultura ‘tacu- chaufa’

Estaba explicando al auditorio la influencia política de Tongo en el imaginario del peruano de a pie cuando una joven con jean roto a mordiscos me preguntó si acaso la presencia mediática del flatulento personaje no era ya la consolidación de la “cultura tacu-chaufa” a todo nivel en el Perú.

| 17 junio 2012 12:06 AM | Especial | 2.6k Lecturas
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Tuve que aceptar su osadía y tenía razón y lo peor, era cierto. Aquellos que asumíamos que para bien o para mal nos trasladamos de sabernos huachafos a ser chichas y luego a solventar la cultura combi, hoy habitamos en la llamada esfera del “tacu-chaufa”. ¿Qué es? Una manera de vivir antes que un ‘Estilo de vida’. Fusión y desarraigo de una cultura indigesta a la que le suelen decir ‘arroz con mango’ y que tiene su sustento integral desde la entrada europea y la eterna migración nacional como caldo de cultivo de la informalidad, la anomia, la desinstitucionalización, la corrupción o la delincuencia.

Un primer retrato nos muestra una sociedad peruana con una nueva clase media vigorosa. Según la SBS y de acuerdo a informes de bancos, cajas municipales y cajas rurales, el último año aparecieron de la nada 200 nuevos millonarios en el Perú. No obstante y según señala el economista Carlos Parodi y de acuerdo a el INEI y la CEPAL, en nuestro país existen 31.3% de pobres. “Si somos aproximadamente 29 millones de habitantes, esto significa que hay más de 9 millones de peruanos pobres, de los cuales casi tres millones son pobres extremos”. ¿9 millones de pobres? No es una bicoca. Es el contraste agresivo y cruel. Es el crisol de una desigualdad en todos los niveles sociales. Una costra maquillada de progreso sobre una herida putrefacta de miseria, cierto, pareciera un bolero falaz.

El tramado es histórico y tiene la perfección del desconcierto ejecutado con un Estado ineficiente en la provisión de todos los servicios sociales básicos. ¿Y la gran transformación? “No frieguen --dice el presidente Humala--, recién tengo 11 meses en el gobierno”. La diversidad y divergencia es perversa, mientras tanto. Aumentan los conflictos sociales y no hay visos de solución. La chilla sé masifica. Existimos con un sabor agridulce y más el fútbol canalla que nos tocó, entonces el descontento cunde. Infelices genéticos nos queda nuestra música, el pisco, Machu Picchu y las cocinas regionales. Pero también somos pobres por culpa del capitalismo salvaje. Así, no solo se nace pobre sino que culturalmente sé es pobre. Además, la educación es un lujo, la salud un albur y la moral, un rango de la promiscuidad.

Pero no todo es malo. Nano Guerra García insiste en que los peruanos somos los mejores emprendedores y chamberos del planeta. La pequeña empresa es un buen refugio para los desventurados del bolsillo y las alcancías. El emporio Gamarra según su dirigente Diógenes Alva facturó el año pasado 1,400 millones de dólares con un crecimiento del 20 por ciento respecto al año anterior. El cusqueño Carlos Paredes Gonzales quien trabaja hace 19 años en el Programa Sierra Productiva ha incorporado en su desarrollo a 2,200 yachakchiks (promotores-maestros) beneficiando hasta el cierre de esta edición a 48,000 familias campesinas ex pobres. Paredes obtuvo el segundo lugar en un concurso internacional sobre programas de desarrollo e innovación social convocado por la empresa Shell, la revista Newsweek y la BBC de Londres.

¿Y el tacu-chaufa? Es eso. Confusión de platos del recurseo. Tacu tacu, potaje negro de frejol matrero y virginal arroz empatados. Chaufa, precursor del chifa, y de la galaxia de los arroces, del frito y del ‘apatadito’. Allí, el tejido perverso que nos cobija, nos desanima y nos alienta al mismo tiempo. Tan inmensamente pobres en medio de la riqueza. Ese soporte cultural que nos denuncia. Conga y la matarina, Espinal y sus chicharrones. Júbilo y tragedia. Como en Ilave y luego en Bagua. Y desde Pachacútec y Sinchi Roca y Huáscar y Atahualpa. País de discordancia, cotejo y desproporción. Y frente a la inmensidad en el tiempo vivo de Caral, las aves marinas muertas sin beneficio. Pero el peruano canta, baila y se emborracha. Pero el peruano escribe poesía, entierra a sus deudos y hace el amor en su antología más ardorosa. Y vamos que no somos tristes. Hay una vena de humor que trasunta el zapateo de los Balloumbrosio, que condimenta el gusto nikkei y se instala en los saxos del valle del Mantaro. Es una urdimbre de colisión y beso, de lance y caricia, de combate y sexo.

Y el maestro Rolando Arellano, tan caro al conocimiento de nuestras potencias y sus espejos, acaba de publicar en Editorial Planeta “Somos más que siesta y fiesta. 12 mitos y verdades sobre América Latina”. Libro fuerza, si se puede llamar para volvernos a enrostrar que en medio de todo, no somos tan fatales. Cierto, hay una mayoría nacional que es prejuiciosa y estereotipada. Aquello que el peruano es flojo y cochino. Falso. De él es esa frase que desmitifica aquello que los alemanes son más trabajadores que los peruanos. Y recurre a las cifras de la OIT y explica que mientras un alemán trabaja 1,500 horas al año, un peruano llega a las 2,000 y sin contar muertos y heridos y cachuelos. Y cuando le increpan que somos nulos en tecnología él responde que los chinos se desarrollaron gracias a gente, a su mano de obra barata. Por ello cree nuestro potencial esté en la naturaleza, en la agricultura, en nuestros emprendedores.

Los departamentos con mayor porcentaje de pobres, Huancavelica, Apurímac, Huánuco, Puno y Ayacucho, todos con minas y corporaciones foráneas. Y cierto, con la mejor culinaria, y el folclore y sus cholas buenamozas. Ahí habita el “Sufre, peruano, sufre”. Ya lo decía. La historia de la chicha nacional no termina con el cantante Tongo. Sigue. Y está presente en el dolor-bicolor para el desarraigo explosivo, ahora de peruanos en Nueva Jersey, Caracas, Tokio, Sao Paulo, Santiago y Buenos Aires. Letanía que se proyecta masivo en el oleaje perpetuo hacia la urbe. Polarizada Lima desde el huaico migratorio en la década de los cincuenta, el proceso de desplazamiento “chicha” consolidó el estilo neoandino y ahora el “Tacu-chaufa”. Es decir, más de lo mismo. Desarticulados desde nuestra forja, con la ausencia de institucionalidad, el empacho de la anomia jurídica, la preciudadanía y los subpartidos políticos. El gusto es venal, el estilo muerde su cola. El problema se subsana, pero prosigue. El mal peruano se repara y habita entre nosotros. Hay que abrir nuevos espacios de discusión –dicen los comunicólogos--, generar planes económicos, revincular la universidad a la vida política y defender la identidad cultural. ¿Identidad? Ahora que van a prohibir la música en las combis, ya no tengo identidad, solo ternura.


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