La cultura es lo más importante

La cultura constituye el eje y motor fundamental de la transformación de una sociedad. La cultura es el alimento que humaniza y que nos puede salvar de la naturalización de la violencia y la muerte cotidiana que se ha instaurado en nuestra sociedad. Que el deporte que es vida genere muerte, simplemente es un síntoma de la barbarie que vivimos.

| 04 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 3.7k Lecturas
La cultura es lo más importante
La cultura no es un asunto secundario, es el alimento principal que nos hace ciudadanos libres.
Hay un prejuicio según el cual la cultura no es importante, que es algo accesorio, cuando en realidad es todo lo contrario.
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Diversos momentos sociopolíticos -crisis económica de los 80, el terrorismo y el régimen corrupto de Alberto Fujimori- han incidido de manera determinante en el deterioro de las formas de vida de nuestra sociedad. Los rigores de la crisis económica, la violencia, corrupción, la desprotección endémica del Estado, la inexistencia de institucionalidad y la degradación de las relaciones interpersonales han devenido en una atmósfera violenta y de permanente estrés que se refleja en el aumento de los índices de neurosis, depresión, alcoholismo, drogadicción, suicidios, crímenes pasionales, parricidios, filicidios así como en el incremento de los índices de enfermedades psicosomáticas. Estamos frente a la naturalización de una cultura de la muerte cotidiana.

Preguntémonos entonces si la cultura no es lo más importante y urgente en nuestra sociedad. ¿Acaso la cultura no es el alimento del espíritu que nos hace ciudadanos libres, críticos y autorrealizados?

Desde luego que sí, sobre todo en nuestro caso que vivimos la más seria crisis cívico-cultural como consecuencia de la dictadura fujimontesinista y toda su subcultura massmediática que ha interiorizado un imaginario social escéptico, desconfiado, resignado; que ha naturalizado la corrupción, la inmoralidad, el simulacro y la muerte.

En este contexto, una visión tradicional y convencional sobre cultura focalizada en el patrimonio tangible y las expresiones artísticas, impide diseñar una política que revierta la crisis en la que nos encontramos. Dicha perspectiva se funda en tres prejuicios que es necesario deslindar.

La visión elitista y cortesana
Primero.- En Lima, por su condición de excapital del virreinato español ha florecido hasta nuestros días la visión de la cultura como un asunto de elites de la alta sociedad, que tienen buenos modales y refinamiento. Herencia del ejercicio cultural de la corte francesa cuyo concepto luego se extendió por Europa para luego reproducirse en las colonias correspondientes; en contraposición a la visión alemana que asocia la cultura con algo más profundo y significativo: el hecho de cultivar el conocimiento. Carácter exento del prejuicio clasista y arribista de lo cortesano.

En este sentido, la intelligentsia alemana difería de la francesa en tanto usaba el término Kultur para expresar su posición peculiar y distinguirse, a través de sus logros, de las clases altas a las cuales no tenía acceso. En Francia también hubo un grupo de intelectuales como Voltaire y Diderot, pero éstos fueron asimilados por la corte de París; mientras que sus contrapartes alemanes fueron excluidos de la vida cortesana. Así, los intelectuales alemanes se realizaron en otros predios: la academia, la ciencia, la filosofía y el arte, es decir, en el ámbito de la Kultur. No en la corte. Pero en nuestra sociedad queda ese tufillo francés de los círculos cortesanos de la cultura que simbólicamente se representa en el dicho “la gentita”. Obviamente súper kitch. Huachafada pura. El programita de los polizontes es la reproducción patética de este prejuicio cortesano.

La cultura como un asunto secundario
Segundo.- En ciertos círculos de izquierda aún predomina el remanente de una visión ortodoxa del marxismo que consideraba a la cultura como parte de la super-estructura y por tanto, solo como un epifenómeno de la base económica. Es decir, una consecuencia sin autonomía. En buen romance había que esperar que cambie la base económica para que cambie la cultura dominante, mientras tanto no era importante la cultura.

Sin embargo, desde entonces ha corrido mucha agua bajo el molino. Aparte del gran aporte de la Escuela de Frankfurt sobre el tema -el arte debe tener carácter negativo en contraposición a la cultura dominante afirmativa que reifica (cosifica) a los individuos- debemos considerar la visión de Antonio Gramsci quien con su concepto de hegemonía ideológica y cultural marca un parte aguas en el campo de las ciencias sociales y específicamente en el estudio de la comunicación (toda la cultura es un fenómeno de comunicación) dando lugar a la Escuela de estudios culturales ingleses y los estudios culturales latinoamericanos.

El aporte de Gramsci es capital a partir del concepto de cultura subalterna en vez de cultura dominada. Esto quiere decir que la cultura dominante hegemónica de los grupos de poder, unida solo por intereses económicos, puede dejar de ser tal si la cultura subalterna socaba el poder a partir de una estrategia de alianzas con diversos sectores a los cuales los unen intereses sociales e históricos.

Una vanguardia puede lograr la hegemonía de acuerdo a una adecuada estrategia heterodoxa fundada en la moral y el conocimiento. De esta manera la cultura deja de ser algo dependiente de la base económica y se convierte más bien en un motor de cambio que propicia la hegemonía ideológica subalterna para llegar al poder. Momento a partir del cual, dicha cultura e ideología subalterna, se puede constituir en dominante tal cual ocurrió con la candidatura del presidente Ollanta Humala, cuando diversos sectores alternativos se sumaron, sobre todo los jóvenes con el movimiento No a Keiko y la gran marcha de la Comisión de Derechos Humanos. Así como el apoyo de Toledo, de Mario y Álvaro Vargas Llosa que lograron capitalizar los votos de los niveles socioeconómicos A y B.

Este movimiento subalterno se sobrepuso a un gran poder en una coyuntura favorable: la resistencia al regreso de la dictadura fujimontesinista. Por momentos hasta parecía imposible la tarea. Se venció a la derecha y sus correspondientes grupos de poder económico, al fujimontesinismo y al aprismo reaccionario. Pero lo avanzado se puede perder si no se traza una política cultural enfocada a lograr la autorrealización y humanización de todos los ciudadanos a través del arte y la cultura.

Los ilustrados y los folkloristas románticos
El tercer prejuicio es focalizar la concepción de cultura sobre el patrimonio cultural (tangible e intangible), los museos y las expresiones artísticas. Pues bien, en esta concepción perviven los resabios de los críticos ilustrados para quienes el paradigma de la cultura es el arte. Entienden por cultura un determinado y exclusivo tipo de prácticas y de expresiones artísticas valoradas, ante todo, por su calidad, la cual se halla socialmente ligada a su capacidad de distinguir a aquellos que la poseen tanto en el plano de las destrezas como de las obras. Así, la distinción separa y excluye. Lo que no es esa “cultura” no puede ser sino deformación o decadencia.

Por otro lado, los folkloristas románticos definen lo que es cultura a partir de la autenticidad del origen o la pureza de las raíces. Verdadero culturalmente será lo originario, lo primitivo. En tal sentido lo que nos queda de auténtico es anterior a los mestizajes, sin contaminaciones y deformaciones. Lo popular, que sería lo culturalmente verdadero, acaba siendo identificado con lo primitivo, es decir, con lo elemental y, lo que es peor, acaba siendo convertido en lo irreconciliable con la transformación histórica y la modernidad.

Los folkloristas románticos piensan el desarrollo cultural en términos únicamente de contaminación. La auténtica cultura sería la que no cambia, ya que no podría hacerlo sin deformarse. Las culturas populares son pensadas como algo a conservar y no a potenciar, resemantizar y desarrollar; sino a preservar.

Ampliar el horizonte
Para superar los prejuicios que señalo es pertinente tener en cuenta una visión más amplia del fenómeno de la cultura. Para Edgar Morin “una cultura constituye un cuerpo complejo de normas, símbolos, mitos e imágenes que penetran dentro de la intimidad del individuo, estructuran sus instintos y orientan sus emociones”. Si paralelamente rescatamos el carácter simbólico de la cultura (Clifford Gertz) y el planteamiento de J. B. Thompson, concluimos que los fenómenos culturales pueden entenderse como formas simbólicas que tienen un sentido en un contexto estructurado. Así, diversas acciones y expresiones que se dan en nuestra sociedad constituyen formas simbólicas que tienen un sentido definido teniendo en cuenta la cuestión del poder. De lo que se trata entonces es de interpretar el sentido de la acción o expresión simbólica en determinado contexto. Unas estarán en función de humanizar y autorrealizar al individuo y otras en deshumanizar y degradar.

Lo importante es comprender el sentido de los fenómenos culturales para poder evaluar, analizar y diagnosticar. A partir de ello, diseñar una política cultural adecuada para potencializar o revertir el carácter simbólico de diversos rituales culturales que van desde el trato interpersonal hasta los modos de producción, circulación y consumo de los formatos culturales.

Todo ello en función de generar una sensibilidad estética que humanice y autorrealice al individuo. El problema de las barras bravas, por ejemplo, es un fenómeno cultural que revela un problema de vacío existencial, de irrealización como personas, ya sea de bajo o alto nivel socio-económico. El problema es, pues, la miseria humana que se debe revertir en todos los frentes a través de la interiorización de una cultura por la vida, el respeto y la solidaridad.

De lo que se trata es de reconducir el caudal de frustración en acciones constructivas y resemantizar las diversas expresiones culturales teniendo en cuenta el carácter estético y crítico. El arte y las expresiones culturales que son el alimento del espíritu deben ayudar a entender la complejidad de la existencia humana y promover la libertad y la autorrealización. Todo debe confluir en función de la construcción de un nuevo imaginario social alternativo cuyo referente sea nuestra memoria colectiva, lo rescatable del mestizaje urbano masivo y la proyección hacia una cultura nacional en concordancia con el mapa multicultural del país.

Constituye una tarea urgente cambiar esta miseria humana de la cultura de la violencia y muerte cotidianas a través de redes y núcleos culturales como las casas club de lectura y cine en las cuales el ciudadano que ofrece su casa puede contar con el estímulo de eximirse del pago de servicios de agua y luz por ejemplo.

Se debe lanzar una campaña de redes y núcleos deportivos dirigido a jóvenes y adolescentes, para que, a través del deporte, sublimen la violencia (karate, taekwondo, kapoeira, taibo, shadow figth, figth do…). El deporte, aparte de salud psico-física, da disciplina, autoestima, mejor calidad de vida, autorrealización. No es cuestión de presupuesto, se puede hacer confluir esfuerzos públicos y privados.

El cambio del imaginario social es el gran reto de la cultura, pero como sociedad massmediada, también es muy importante reparar en el papel de los medios de comunicación, poderosos modeladores del imaginario masivo. Es necesaria la diversificación del tipo de medios. La televisión pública es una buena opción como un contrapeso a la subcultura mediática comercial que reifica (cosifica) a los ciudadanos con violencia, vulgaridad, frivolidad y consumismo compulsivo. Evasiones sustitutas que atentan contra la humanización, en función, de una cultura de muerte, en última instancia.


Colaboración
Aurora Bravo Heredia


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