La Católica y el laicismo

Cuando la iglesia (cualquier iglesia) se identifica con el Estado, ambos son carniceros y diabólicos.

| 02 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 2.5k Lecturas
La Católica y el laicismo
OPINIÓN

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La separación entre la Iglesia y el Estado es un requisito fundamental de la democracia que, por desdicha, el Perú no ha completado. Todavía se paga impuestos para mantener al Cardenal.
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A raíz de mi artículo sobre la Universidad Católica y la pretendida apropiación por el Vaticano de la administración y fondos de la misma, un amable lector me escribe:

“Reconozco que usted es un buen escritor, no cabe duda; sin embargo es un supino ignorante en lo que se refiere a cómo tiene injerencia la Iglesia Católica en sus Instituciones que son parte de su presencia y misión en toda la Tierra.”

Me recomienda luego estudiar el derecho canónico en el cual -según él- se encuentran las razones por las cuales el Vaticano debe intervenir en las instituciones que considera suyas. Remata su carta:

“Si fuera católico lo entendería como lo entienden los jóvenes de la catequesis para la primera comunión y de la Confirmación…”

Mi generoso corresponsal se equivoca. Soy católico, y frecuento los sacramentos. Por otro lado, soy abogado, y leí con gran interés el código que me recomienda. Sin embargo, según entiendo, aquél tiene una aplicación exclusivamente intraeclesial.

Lo que ocurre es que creo que cuando la Iglesia pretende invadir los fueros de la sociedad organizada en Estado desnaturaliza tanto su función como su propia historia.

PALABRA DE JESUCRISTO
“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21) es una expresión del fundador... que tiene mucha más importancia que cincuenta Corpus Iuris Canonici. Esa frase -pronunciada por Jesucristo- establece una separación tajante entre el ejercicio individual, libre y santo de la religión, por un lado, y por otro, el de los negocios mundanos del Estado, que de ninguna manera le corresponden.

Eso en cuanto al origen. En lo que se refiere a su historia, no olvidemos a los mártires que en el circo romano caminaron orando frente a las fieras o se arrodillaron a esperar la muerte para rechazar la imposición religiosa de los ídolos del Imperio.

Cuando la iglesia (cualquier iglesia) se identifica con el Estado, ambos son carniceros y diabólicos. De su unidad temible provienen las cruzadas, la Inquisición, la expulsión de los judíos, los guettos, la limpieza étnica, la conquista de América, el suplicio de Atahualpa, el genocidio de los indígenas, la esclavitud, la pena de muerte, los suicidas asesinos y las guerras religiosas; toda una torre de cadáveres que en nuestro tiempo no ha cesado de crecer.

SEPARACIÓN
La separación entre la Iglesia y el Estado es un requisito fundamental de la democracia que, por desdicha, el Perú no ha completado. Todavía se paga impuestos para mantener al Cardenal, a su burocracia y a las cruzadas que emprende contra esa “cojudez” que según él, son los derechos humanos.

Podemos sentirnos orgullosos de nuestra historia cuando recordamos a Simón Bolívar desocupando un convento y fundando allí la primera universidad laica y republicana del continente, la de Trujillo.

Igual nos ufana pensar en los jóvenes, con Haya de la Torre a la cabeza, que en 1923, rechazaron la consagración del Perú al Corazón de Jesús. Hasta hacía apenas 3 años, el catolicismo era una religión obligatoria. No podemos sentirnos contentos en cambio de quienes, por interés político, convierten a la sagrada imagen en un ídolo descomunal.

CARA A CARA
Otras cartas recibo de mis lectores. A la pregunta de muchos de ellos, tengo que confesar que la que ahora reproduzco es completamente cierta:

“La semana pasada, entraba el escritor Eduardo González Viaña al set de RPP para ser entrevistado en “La Divina Comida”.

En ese momento, las 10 am., el Cardenal Cipriani acababa de terminar su programa radial y se levantaba cuando vio entrar al escritor.

El cardenal se dirigió al novelista con la mano extendida para saludarlo:

-Escritor González Viaña. ¿Cómo está? ¿Cómo se siente?

El aludido se había estado congelando en la puerta. Al ingresar, el tremendo calor del set lo abrumó.

-¿Cómo se siente?- repitió el prelado.

- Me siento como si estuviera entrando en el infierno.- dijo González Viaña.

-Ah… supongo que por el calor…

-No, por usted, padre… -replicó el escritor dándole la mano. Y se despidió.”


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