La casa que me compró “Gabo”

La pequeña librería del viejo quedaba frente a la puerta principal de la casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y a la vera del Parque Universitario. Mi padre era librero de cabotaje, con mangas y quevedos. Sabio en filosofía, alquimia y entuertos poéticos. Las ganancias de la librería dejaba para la vida frugal y poco estridente de la familia. Una casa alquilada desde el oncenio de Odría en esa villa de Surquillo con vista al mal luego de que el viejo perdiera la antigua finca por esas arritmias del juego y la mirada de una china. En las tardes del verano, el sol caía directamente sobre los libros recién editados otorgándoles un brillo especial a títulos y autores. Mi padre era un hombre de un rictus tieso pero que en el fondo era amable y querendón.

| 11 marzo 2012 12:03 AM | Especial | 3.9k Lecturas
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Los que lo conocían, jóvenes y viejos escritores a quien él fomentaba su pasión por los libros, le confesaban más sus ensueños que sus penurias estando yo presente y si apenas llegaba a los 10 años. Mi padre, sin proponérselo, me contagió el apego por la creación poética y la liturgia libresca. Él mismo decía que a los libros había que quererlos como a las mujeres había que amarlas. Yo casi apenas entendía esa diferencia. Un día sí y el otro tal vez, mi padre me dejaba a cargo de la librería y se iba con poetas y narradores a conversar sobre utopías e indemnizaciones en los bares de por medio, el Palermo, el Chino-Chino, la Comisaría o La Llegada. Luego, embellecido por la alquimia de las cervezas, regresaba por la noche recitando a Mallarme o Pavese y, a paso de milongas silentes, regresábamos a casa en el tranvía Lima-Chorrillos y yo tomado de su mano.

En mayo de 1967 en Buenos Aires se imprimió la primera edición de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez bajo el sello de la editorial Sudamericana con un tiraje inicial de 8.000 ejemplares. El realismo mágico del libro lo convirtió esa vez en todo un suceso en ventas. Así, llegó a Lima y el efecto fue similar en librerías que las habían y por decenas. Mi padre una noche regresó a casa gritando: “Se me presentó la virgen”. Ese día había vendido los 20 primeros ejemplares de la novela de “El Gabo” y el viejo local recuperó el fulgor malva del éxito. Un año más tarde, papá regresó igual de eufórico. “Ya tenemos casa propia” gritó al entrar. Cierto, gracias a García Márquez nos mudamos al flamante departamento del moderno edificio de la Residencia San Felipe. El libro se siguió vendiendo como pan caliente y hasta la fecha va por más de 30 millones de ejemplares y ha sido traducido a 35 idiomas. Eran los días que gracias a la descomunal venta del bendito libro mi padre le pudo hacer su ‘quinceañero’ a mi hermana mayor que ya tenía 18 años y obsequiarle una licuadora de 6 velocidades a mi madre. García Márquez, cierto, había cambiado el nervio alimenticio de la tripa familiar y yo pude estudiar inglés en el ICPNA.

No obstante, a pesar de su tropical refresco a las letras castellanas, de su ejemplar rigor periodístico, García Márquez siempre fue un personaje ajeno a las ansiedades literarias de los peruanos que ingresamos a un espiral de radicalismo ideológicos que ya tenía muertos ilustres como el poeta Javier Heraud como símbolo del guerrillerismo castrista y Luis De La Puente Uceda, del MIR, un ex aprista decente que rompió con el añoso partido de Haya de la Torre para irse al monte y morir aferrado a la ideología fresca del MIR. Y en esos años, aún antes de ser premios Nobel de literatura, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa eran amigos íntimos. Aún sin ese celoso puñetazo vargallosiano en su ojo tumefacto que “El Gabo” hizo quedar para la posteridad gracias a la foto que se hizo tomar por el colombiano Rodrigo Moya en México el 14 de febrero de 1976, eran amigos entrañables. Aún sin presagiar que una mañana limeña de invierno asaltada por las resolanas de las venturas, cuando invitados por la Universidad Nacional de Ingeniería, tomaron posesión del auditorio principal y desnudaron sus demonios ante el “interrogatorio público” a la que fueron invitados. García Márquez era para los escritores peruanos un personaje, todavía, de exótica escritura. El diálogo no tuvo gran difusión en la prensa y más bien pareció una aburrida conferencia académica. Cierto, parece que a García Márquez no le agradó esa indiferencia de sus pares peruanos que no regresó jamás por estas vides.

De aquel encuentro entre los dos exitosos novelistas, el poeta Armando Arteaga recuerda: “Yo era estudiante de la academia Acuni. Estaba en el colegio todavía y me preparaba para ingresar a la UNI. Esa mañana el arquitecto Luis “Cartucho” Miró Quesada los presentó, también estaba Santiago “Santy” Agurto Calvo. García Márquez era muy parecido al poeta Elqui Burgos. Vargas Llosa era muy admirado por todos nosotros en ese entonces por estar a favor de la revolución cubana. Entre los asistentes recuerdo haber visto a Paco Bendezú, a Dalmacia Samohod, a José Miguel Oviedo. Recuerdo haberme sentado casi al lado del poeta César Calvo y el hijo de poeta cajamarquino Oscar Imaña, un barbudo que todas las tardes tomaba su café en el Tivolí”. Jorge Pimentel, aquella vez, comandó una caravana que partió desde el mítico bar “Palermo” y hasta la UNI. La poeta Rosina Valcárcel también asistió a ese tour de forcé por la llegada de ese “raro” colombiano pero fue un acontecimiento poco feliz porque García Márquez podía ser un espécimen del Caribe colombiano pero no era poeta rotundo, como lo imaginaban muchos.

Existen hasta dos ediciones en libro de este encuentro. La primera editada por la UNI del mismo 1967 y la segunda “La novela en América Latina: Dialogo” que es de 1991 auspiciada por Extebandes con diseño de Víctor Escalante, fotos de Carlos Chino Domínguez y un prólogo del novelista José Antonio Bravo. Amen, existe una fotografía de esa ocasión publicada gracias a Fernando Caller Salas de la Dirección de Bienestar Universitario de la UNI donde aparecen en la oficina del Rectorado de la UNI, de izquierda a derecha, trago en mano y de estricto traje oscuro, Gabriel García Márquez, el Rector Santiago Agurto Calvo, el Decano de Arquitectura Luis “Cartucho” Miró Quesada Garland y Mario Vargas Llosa. José Antonio Bravo recuerda que a la pregunta de Vargas Llosa de cómo era esa vaina de que Remedios la Bella se vaya volando al cielo, él dijo que esa era la realidad real de los imaginarios de los pueblos de ese lugar y contra esa mágica verdad no había cura.

Así, García Márquez es controversial y está bien. Así sigue siendo ejemplo de constancia y honradez. Por ello lo recuerdo con cariño a sus 85 años con esta cita de su nacimiento y no de su muerte literaria: “Fue así y allí donde nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927, a las nueve de la mañana y con un aguacero torrencial fuera de estación, mientras el cielo de Tauro se alzaba en el horizonte. Estaba a punto de ser estrangulado por el cordón umbilical, pues la partera de la familia, Santos Villero, perdió el dominio de su arte en el peor momento. Pero más aún lo perdió la tía Francisca, que corrió hasta la puerta de la calle dando alaridos de incendio: --¡Varón! ¡Varón! –Y enseguida como tocando a rebato--: ¡Ron, que se ahoga! [El nacimiento del Gabo] en “Vivir para contarla”.


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