La broma del fin del mundo

El especialista en gestión de riesgo de desastres, Julio Kuroiwa, dialogó con LA PRIMERA y desecho los anuncios del fin del mundo y habló más bien acerca de la eventualidad de un terremoto en nuestro país, y qué medidas deben tomarse desde el Estado, en todos sus niveles, para evitar repetir episodios lamentables, que por lo general terminan castigando con mayor intensidad a los de menores recursos económicos que además poseen pocos conocimientos sobre la ubicación de sus viviendas y el material con el que deben construirlas.

| 20 diciembre 2012 12:12 AM | Especial | 1.4k Lecturas
La broma del fin del mundo
DESMITIFICANDO EL APOCALIPSIS

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Analizando el asunto desde el punto de vista de la ciencia, incluso con todos sus adelantos, descarta de plano que pueda saberse la intensidad, el día, la hora y el lugar en el que pueda ocurrir el cataclismo. Y agrega que el hecho de vincular la posibilidad de un terremoto con el fin del mundo “no pasa de ser un enfoque sensacionalista de cierta prensa”.

Recordó que solo centros de estudios como la Universidad Nacional de Ingeniería o la Ricardo Palma tienen cursos sobre Desastres Climáticos; y que en algunas facultades de Comunicación, Turismo y Educación, se dictan materias sobre reducción de riesgos de desastres; pero señaló que la mayoría de universidades no contemplan este asunto en sus currículas. “Si no nos preparamos, lamentaremos pérdidas millonarias y de vidas”, manifestó.
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Al ingeniero Julio Kuroiwa no le preocupan los anuncios o profecías sobre la posibilidad del fin del mundo, y por ende de toda la humanidad. “No pasa de ser una broma”, nos dice muy tranquilo mientras nos atiende en su oficina de Surquillo, al recordar que, popularmente, siempre se piensa que después de un terremoto podría terminarse todo. Para todos.

Kuroiwa nos recuerda que así como los terremotos “tienen un período de retorno”, el calendario Maya, que ha dado origen a tantos comentarios y suposiciones sobre la posibilidad de que el mundo se acabe, también lo tiene. “Esa similitud puede haber dado pie a tantas especulaciones”, sostiene.

Sin embargo, afirma que analizando el asunto desde el punto de vista de la ciencia, incluso con todos sus adelantos, descarta de plano que pueda saberse la intensidad, el día, la hora y el lugar en el que pueda ocurrir el cataclismo. Y agrega que el hecho de vincular la posibilidad de un terremoto con el fin del mundo “no pasa de ser un enfoque sensacionalista de cierta prensa”.

Después de descartar de plano la ocurrencia exacta de un terremoto y del supuesto fin del mundo, Kuroiwa en cambio advierte que este sí podría venir después de un terremoto, pero para aquellas personas que se ubican en los sectores socioeconómicos D y E, debido a su precaria economía, el material con el que construyen sus viviendas, y el riesgo que representan las zonas en las que viven, que por lo general son de suelos débiles.

Al mismo tiempo, afirma que éstas no son las únicas situaciones que ponen en desventaja a los más pobres, que generalmente viven en zonas altoandinas en el interior del país, y en los cerros o cerca de los márgenes de los ríos en la capital, que constituyen zonas urbano-marginales. “El fin del mundo, para un buen grupo de ellos, podría ocurrir dentro de algunos años o lustros, si ocurren estos sismos y no estamos preparados”, advierte el ingeniero.

Por ello, ha recordado experiencias trágicas en el mundo, como los recientes terremotos en Haití, Chile y Japón, ocurridos hace un par de años; y las ocurrencias propias en nuestro país, siendo los casos de Huaraz (1970) y Pisco (2007) sucesos de los que debemos aprender grandes lecciones.



EXPERIENCIAS Y COSTUMBRES
Recordó que el terremoto de Huaraz, en el que murieron 67 mil personas, “fue el desastre más mortífero en todas las Américas durante el siglo XX”. Afirmó, mostrándonos un mapa, que el epicentro se produjo en el mar, al oeste de Casma, y que Huaraz está internada 200 kilómetros al este, en plena Cordillera de los Andes; y que aún así fue la ciudad más afectada.

¿Por qué ocurrió esto? Kuroiwa manifestó que 40 mil de los muertos fueron encontrados “bajo escombros de adobe”, y que la mayoría de las casas estaban construidas con tapias, un material de tierra aprisionada de entre 40 y 80 centímetros de grosor.

El experto indicó que visitó Huaraz en 1963, y que desde aquellas épocas hasta la actualidad, las viviendas en los andes se hacen de dos pisos, con fachadas de 12 metros de ancho y ocho de profundidad “sin ningún apoyo ni columna”. Agrega que todo esto hace que se vuelvan “trampas mortales” para los que habitan estas casas.

También rememoró que aquel terremoto del 31 de mayo de 1970 ocurrió a las tres de la tarde, y que la gente en Huaraz, específicamente en Yungay, sin ningún plan de evacuación, “salió a las calles y murieron miles en medio de una destrucción total”. Agregó que pocos meses después, cuando el Ejército recogía los escombros “encontraron restos de cadáveres y ropas raídas, grasosas”. “Eso mismo pasó en Haití; pero yo ya lo había visto aquí”, sentenció.

Por ello, sostuvo que toda esa destrucción se debió a la construcción con tapias, que dijo puede usarse para construir casas en suelos duros, “pero sobre suelos blandos, como los de Huaraz y Pisco, se convierten en una trampa mortal”. Afirmó que a pesar de estas experiencias, se siguen construyendo casas de este material, y en ese mismo suelo, tras sustentar que el 40% de casas del Perú están en esta condición.

Además, manifestó que el tema no solo pasa por lo que ocurre en las provincias. Explicó que aunque la mayor parte del suelo de Lima es resistente, y por eso muchas casas de adobe no han caído hasta ahora pese a los terremotos que han ocurrido; en la capital existen zonas vulnerables.

El experto indicó que estas zonas están en distritos como Puente Piedra, San Juan de Lurigancho, Ate, Villa María del Triunfo y San Juan de Miraflores, por mencionar algunos, y que si bien hay cientos de viviendas construidas con ladrillo, un material más resistente ante cualquier eventualidad, la mayoría no cuenta con columnas y amarres, además de estar en suelos débiles.

Kuroiwa argumentó que esta continuidad de construcción, tanto en la costa como en la sierra, pese a las experiencias trágicas que se han vivido en nuestro propio país, se debe a la falta de educación en temas de prevención de desastre. Agregó que si la gente del sector socioeconómico C apenas conoce de esta, mucho menos quienes están ubicados en los sectores D y E.

Por ello, aconsejó que el Estado debería impartir esta educación entre los maestros de escuela y efectivos policiales, que por su cercanía a los escolares y a la ciudadanía, respectivamente, podrían transmitir estos conocimientos de manera sencilla.

“No se trata de condenar a muerte a los que viven en asentamientos humanos, sino de reforzar sus conocimientos en estos temas para que su debilidad ante un sismo no sea tan grande”, argumentó.

También sostuvo que “es justo que los sectores D y E aspiren a tener mejores construcciones y con mayor seguridad. Si hablamos de inclusión social, no debe pensarse en dinero en el bolsillo solamente; sino debe protegerse la vida y la integridad de las personas más pobres no solo en lo económico, sino en estos conocimientos”.

Afirmó que esto ocurre en todas partes del mundo, tras explicar que luego de los terremotos en Chile y Haití “los más perjudicados son los sectores D y E”, y dijo que el boom de la construcción en Lima, con sus edificios modernos “posee una ingeniería avanzada para resistir estas eventualidades”.

TEORÍA Y PRÁCTICA
Kuroiwa destacó que el lunes 17 de diciembre, el Acuerdo Nacional, en una sesión realizada en Palacio de Gobierno, decidió que la prevención de riesgo de desastres sea considerada una Política de Estado.

Al mismo tiempo, resaltó que previamente la Resolución 111 de la Presidencia del Consejo de Ministros, considere que esta gestión sea aplicada desde el gobierno central, pasando por los gobiernos regionales y locales, y que contemple la capacitación de las diversas autoridades en estos temas.

Sin embargo, advirtió que esta capacitación también debe darse a nivel universitario, y desarrollar centros de investigación. “La reconstrucción en Pisco ha demorado hasta ahora porque pocas universidades están cumpliendo con formar profesionales especializados en el tema”, sostuvo.

Recordó que solo centros de estudios como la Universidad Nacional de Ingeniería o la Ricardo Palma tienen cursos sobre Desastres Climáticos; y que en algunas facultades de Comunicación, Turismo y Educación, se dictan materias sobre reducción de riesgos de desastres; pero señaló que la mayoría de universidades no contemplan este asunto en sus currículas. “Si no nos preparamos, lamentaremos pérdidas millonarias y de vidas”, manifestó.

Sin ánimo de vanagloriarse, Kuroiwa nos muestra que ha hecho varias investigaciones sobre riesgo de desastres, y que todas éstas han sido tomadas en cuenta en diversas partes del mundo, como Estados Unidos, India y Japón. Empero, nos cuenta que en su propio país no han tomado en cuenta sus aportes para prevenir desgracias como las que se han vivido aquí y en otras partes del mundo.

“Es una pena que hayamos hecho todo esto en el Perú, y que aquí con el conocimiento con que contamos no se haya hecho nada. En cambio, en la India están aplicando estas investigaciones”, nos dice con sencillez.

El Estado debería tomar en cuenta estos aportes, para que nuestro país no siga generando profetas no reconocidos en nuestra tierra, que de vez en cuando tiembla.


Víctor Liza
Redacción


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