La batalla de la Alameda

Peña Nieto asumió la Presidencia de México en medio de protestas callejeras y una violenta represión contra trabajadores y estudiantes. Previamente el PRI selló una alianza para continuar con el modelo neoliberal que se aplica desde hace 30 años y que está llevando al país de Villa y Zapata al descalabro.

| 08 diciembre 2012 12:12 AM | Especial | 1.3k Lecturas
La batalla de la Alameda
Peña Nieto. Se inauguró con protestas callejeras a las que ordenó reprimir brutalmente.
EL RETORNO DEL PRI
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Las violentas peleas callejeras ocurridas el día de la toma de posesión de mando del nuevo presidente de México, Enrique Peña Nieto, el pasado 1 de diciembre, dejaron en evidencia el profundo descontento de los jóvenes con la clase política que gobierna el país, pero también evidencia el manejo represivo que pondrá en marcha el nuevo gobierno para acallar a los opositores.

El mismo día que Peña Nieto anunciaba un acuerdo con la clase política para darle una salida a la crisis, que amenaza las cuotas de poder de la vieja y anquilosada clase política, en la calle los jóvenes y los trabajadores expresaban su ira por la irrupción de un gobierno marcado por el fraude y la corrupción, un factor que poco importa a los dirigentes de los tres principales partidos políticos que suscribieron el llamado Pacto por México.

PACTO VERGONZOSO
El acuerdo negociado en las alturas por las dirigencias deja fuera de juego a actores fundamentales de la vida política nacional como la juventud y las organizaciones sociales cansadas del entreguismo, la corrupción y la violencia, que ya causó más de cien mil víctimas en el país de Emiliano Zapata y Pancho Villa.

El pacto fue el resultado del oportunismo de la clase política que gobierna México. Días antes, los dirigentes del Partido Revolucionario Institucional (PRI) propusieron un acuerdo para apaciguar las protestas que preveían para el día de la juramentación, pero ante la incondicionalidad y el oportunismo de los dirigentes del Partido de Avanzada Nacional (PAN) y del Partido de la Revolución Democrática (PRD), elaboraron el Pacto por México en unas cuantas horas. “Solo le han bastado unos minutos en la Presidencia para que todos los oportunistas se le cuadren”, dijo el analista Pedro Echeverría.

De ese modo se consolidó el acuerdo que, por lo demás, siempre existió entre los que controlan el poder. Es decir, los empresarios, la iglesia, los medios de información y el capitalismo transnacional. “Ese es el pacto real, el único donde coinciden la política, la economía, la ideología, la historia de sus principales personajes”, dijo Echeverría.

Jesús Zambrano, líder del PRD, el partido que sufrió una severa derrota electoral con fraude incluido, se sumó al pacto contra la opinión mayoritaria de su partido. A Andrés Manuel López Obrador, el excandidato de la agrupación, no le quedó otra que renunciar semanas antes.

Pero lo visible de la jornada fue la brutal represión. Ese día Peña Nieto y el PRI volvieron a mostrar su peor faz represiva y dieron la pauta de lo que se viene para los que pretenden oponerse a sus planes. “Durante meses se han sucedido demostraciones públicas sin violencia, donde millones de personas en este país expresaron su derecho a disentir. Cercar San Lázaro, desplegar a la policía, implica limitar ese derecho. Esa es la primera provocación y surge del gobierno federal. ¿En qué artículo constitucional se niega nuestro derecho a decir que Peña no ganó las elecciones, que éstas fueron un fraude centrado en la compra de millares de votos?, preguntó el intelectual Paco Ignacio Taibo II.



REPRESIÓN
López Obrador denunció que fue Miguel Ángel Osorio Chong, flamante secretario de la Gobernación, el responsable de la represión en San Lázaro y del manejo de provocadores para causar destrozos en el Distrito Federal. Pidió, además, justicia y libertad para los inocentes. Los más golpeados por la represión fueron los militantes del movimiento juvenil #YoSoy132 y el Movimiento Regeneración Nacional (Morena) del denunciante.

La colocación de vallas, la violación del derecho al libre tránsito, el uso desmedido de la fuerza policial, las detenciones arbitrarias, la cacería de activistas y la violación al derecho de la libertad de expresión dejaron en claro que el Estado utilizará todo tipo de recursos para reprimir las protestas.

Sumado a todo esto salió a relucir la experiencia del PRI en el manejo de los grupos de choque que se pusieron en acción para dispersar a los opositores y generar enfrentamientos entre policías y manifestantes. El comportamiento policial provocó comentarios airados por la permisividad y la pasividad con la que actuaron ante los vándalos que durante largos minutos destruyeron decenas de locales públicos y privados.

Paradójicamente, la brutal represión policial que utilizó bombas lacrimógenas, balas de goma, piedras, botellas y palos, se centró en los espectadores, lo que provocó una oleada de indignación ciudadana. En la Alameda la violencia alcanzó su clímax. Fueron destruidos cajeros automáticos, mobiliario de hoteles, teléfonos públicos, Starbucks, tiendas de ocasión y vehículos policiales. Una tienda Nike fue saqueada. Hubo 99 detenidos, incluyendo 12 menores, y casi un centenar de heridos.

El descontento intentó ser borrado de los medios. El 2006, tras el fraude, López Obrador canalizó el descontento. Hoy, el dirigente de Morena está desgastado. Su influencia se ha reducido. Pero nuevas fuerzas han surgido a su izquierda. La protesta de las calles les aguó la fiesta a los que suscribieron en el Castillo de Chapultepec el Pacto por México, un acuerdo para “el crecimiento económico, el empleo, la competitividad y la inclusión social”. El acuerdo incluye un centenar de medidas, entre las que destacan el visto bueno a la inversión privada en la petrolera Pemex, la apertura a la competencia del sector de las telecomunicaciones, una ley que pone coto a la deuda de los Estados y el comienzo de la implantación de un sistema de seguridad social universal cuyo primer paso será garantizar una pensión a los mayores de 65 años.

Peña Nieto firmó junto con Gustavo Madero, del PAN, y Jesús Zambrano, del PRD, el texto. “Es hora del encuentro y del acuerdo”. Con estas palabras comenzó su intervención durante la ceremonia de la firma. “Se necesita que la pluralidad y la diferencia de visiones, en lugar de obstaculizar el ascenso de México enriquezcan el proyecto de nación que queremos para el siglo XXI”, continuó. “Es un pacto que le da estabilidad, certeza y rumbo a México, que blinda de coyunturas político-electorales los asuntos esenciales. Por primera vez se logra un acuerdo que no surge de la necesidad de enfrentar una emergencia, sino de la voluntad explícita de transformar el país. El Pacto por México es el proyecto de país que compartimos”, concluyó.



EL LEGADO
Lo que calló Peña Nieto es que él es el continuador de las políticas neoliberales que se aplican desde tiempo atrás. Una política que aplicó su predecesor Felipe Calderón, el hombre que entregó el 25 por ciento del territorio nacional en concesiones mineras a empresarios como Germán Feliciano Larrea, de Grupo México; Alberto Bailleres González, de Peñoles; Alonso Ancira Elizondo, del Grupo Acerero del Norte, y Julio Villarreal Guajardo del Grupo Villacero.

Calderón trabajó hasta el último momento para agradar a los empresarios que lo vieron como un empleado más de su planilla. Usó todo su poder para impulsar un proyecto de reforma laboral, elaborado por los propios miembros de su administración y los abogados empresariales, con lo que llevó al precipicio a la clase trabajadora y a sus familias. No le importó tampoco las consecuencias que esa iniciativa generará en términos de mayor desempleo y explotación, que se transformará en inestabilidad y riesgos para la paz social.

Pese a lo que digan sus mentores, el largo periodo neoliberal (1982-2012) ha sido un fracaso. En términos de crecimiento apenas alcanzó un promedio anual de 2.3 por ciento, muy distante del 6.5 logrado en el período comprendido entre 1959-1982, los años del proteccionismo. En términos sexenales, el período de Calderón es un fraude, el crecimiento promedio anual del PIB fue de un 1.8 por ciento. Esa cifra representa la culminación del fracaso de los gobiernos neoliberales.

Ahora Peña Nieto promete más de lo mismo. No hay un cambio de rumbo, sino la confirmación de la misma política económica operada con una mayor habilidad política de la que carecen los panistas. Es la versión de la vieja máxima de Lampedusa: “todo tiene que cambiar, para que nada cambie”.

En el otro lado de la escena, los trabajadores, campesinos y estudiantes se alistan a dar la batalla para hacer frente al continuismo y evitar que el país de las tortillas sea una nación gobernada por los narcos, los corruptos y las mafias políticas. Ellos tendrán que darle la vuelta a la tortilla para construir un nuevo México.


Efraín Rúa
Editor Mundo


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