Javier en el recuerdo a 50 años de su muerte

Recuerdo vívidamente el impacto aciago y doloroso del asesinato de Javier Heraud en Puerto Maldonado. No había tenido noticias suyas en varios meses. Solo sabía que se encontraba en Bolivia. De un momento a otro, en un pueblito del interior de La Habana, a través de la fría lectura de un informativo radial, nos cayó como un mazazo la información de su injusta muerte en el río Madre de Dios.

| 20 mayo 2013 11:05 AM | Especial | 3.2k Lecturas
Javier en el recuerdo a 50 años de su muerte

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“La poesía es un relámpago maravilloso de palabras silenciosas, de latidos y esperanzas.

Es el grito de los pueblos oprimidos, el nuevo canto de los pueblos liberados”.

Javier HeraudLo había conocido personalmente solo un año antes, a inicios de abril del 62, cuando llegó a La Habana formando parte de un grupo de 70 jóvenes becados.

No obstante su juventud era ya un intelectual destacado y reconocido poeta.

Sobresalió pronto en el colectivo por sus dotes intelectuales y su espíritu juguetón.

Por las circunstancias especiales en que nos encontramos entonces compartimos una estrecha relación de amistad y compañerismo desde ese momento.Aunque yo había llegado a Cuba un año antes, me integré en el grupo de becados desde el primer día.

Un grupo bastante numeroso, de orígenes y procedencias diversas.

Algunos pocos eran militantes de los partidos de la izquierda peruana de ese momento: PC, Social Progresismo, APRA Rebelde - MIR.

La inmensa mayoría éramos jóvenes sin experiencia, pero con sensibilidad social y política.

Entre todos compartimos una experiencia inédita en un país conmocionado por un intenso proceso de transformación.

La verdad es que admirábamos la Revolución Cubana y compartíamos sus definiciones estratégicas frente a la agresión yanqui.

En octubre de 1960, la Revolución Cubana había nacionalizado los principales centrales azucareros, bancos y empresas de la burguesía intermediaria.

En abril del 61, ante la agresión de Playa Girón, la revolución se declaraba socialista.

El país vivía por todas partes una inmensa movilización de masas, en muchos casos con las armas en la mano, para enfrentar una intervención yanqui que parecía cada vez más inminente, en un momento en que la contrarrevolución interna quemaba centros comerciales, desataba el terror y se alzaba en El Escambray.

Desde el malecón de La Habana podíamos observar en el horizonte, en el límite de las 4 millas, la proa de los barcos de guerra norteamericanos.

La situación en Perú era diametralmente diferente.

crisis oligárquica, movilizaciones campesinas por la tierra, explotación de los trabajadores, represión de la izquierda y de los movimientos sociales.

Sobre todo hambre y pobreza sin esperanza de la mayoría de los peruanos oprimidos y explotados por un sistema injusto y corrupto.

Esa trágica realidad estaba en las entrañas de los jóvenes que buscábamos en Cuba las experiencias necesarias para el desarrollo económico, social y cultural de nuestro pueblo.Luego del cálido recibimiento los cubanos nos hicieron un itinerario de viajes, entrevistas y encuentros con diversos colectivos.

A fines de abril, llegó de improviso a visitarnos el Comandante Fidel Castro.

Nos quedamos paralizados por la sorpresa.

Era una leyenda viva.

Recuerdo que entró en la casa en que residíamos en Nuevo Vedado y atravesó como una tromba la sala, recorrió el primer piso a grandes zancadas sin que nadie supiera qué hacer, y subió por la escalera a los dormitorios del segundo piso.

Fidel decía a grandes voces, ¡chico, despierta!, ¡estos peruanos parecen que están de luto...! La reunión fue decisiva.

Nos ubicamos en el salón de la casa y pudimos preguntar, escuchar sus respuestas e intervenir sin cortapisas.

Surgieron allí preguntas e intereses significativos expuestos por diversos compañeros.

Queremos conocer las experiencias revolucionarias del pueblo cubano, nos interesa no solo estudiar sino hacer la revolución, queremos conocer la Sierra Maestra….

Fidel, por su parte, nos hizo una apretada síntesis del programa revolucionario y nos explicó su proyecto de 1,000 becas para jóvenes latinoamericanos.

Al finalizar nos dijo que nos contestaría.Una semana más tarde llegó la respuesta.

Los cubanos habían organizado un recorrido por la Sierra Maestra especialmente para nosotros, siguiendo las rutas de la guerrilla, y podíamos participar los que quisiéramos.

Emprendimos el recorrido un grupo de 50 becados.

Duró una semana.Todo fue extremadamente real.

Cada uno llevaba una pesada mochila con equipo de campaña y la dotación de alimentos en conserva, además de un fusil sin municiones, que servía para tomar conciencia de su peso.

Fue un viaje extraordinario, subimos al Pico Turquino, desde donde se puede ver el océano a ambos lados de la Isla.

Llegamos a Minas del Frío, donde había estado la comandancia del Che, trepamos por cuestas empinadas dentro del monte húmedo, resbalándonos en medio del barro y el agotamiento, atravesamos riachuelos y pantanos.

La prueba fue exigente, tanto que un significativo porcentaje de los becados no pudo completarla por cansancio, problemas físicos o enfermedad.

Los compañeros cubanos que nos guiaban, combatientes de origen campesino, conocían el terreno como la palma de su mano.La muerte del poeta Javier Heraud causó gran impacto en su generación.Al regresar de la Sierra Maestra tuvimos que decidir en definitiva nuestro destino.

Lo hicimos libremente, sin intromisión alguna de los cubanos.

Una parte optó por continuar los estudios universitarios, tal como era el proyecto original, y aproximadamente 40 de los becados decidimos dar el paso de prepararnos política y militarmente para contribuir a hacer la revolución en el Perú.

Entre ellos estuvo Javier, siempre alegre, bromista, sin dudas ni vacilaciones.

A fines de mayo comenzamos esta nueva experiencia en una finca cercana a La Habana, abandonada por sus antiguos propietarios.Nos organizamos internamente en pequeños subgrupos.

Me tocó en suerte quedar en el mismo grupo con Javier y con Edgardo Tello, otro joven poeta revolucionario.

Por las tardes y noches, robándole tiempo al descanso, conversábamos entonces interminablemente.

Javier era capaz de expresar sus sentimientos y preocupaciones políticas.

Se sentía comprometido con la causa revolucionaria, aunque no creía en los partidos, al menos en los partidos que había conocido en Perú.

Creía en el socialismo y en la democracia de verdad.

Soñaba con hacer cine, con escribir sobre la revolución y viajar a los confines del mundo, con el amor.

Era consciente de que las decisiones que estaba tomando eran extraordinariamente complejas y se sentía un tanto inseguro y presionado por la cortedad de los plazos.Los meses de preparación político militar fueron una excelente escuela para todos.

En julio, casi al concluir la preparación, surgió la necesidad de la unidad de los distintos grupos de peruanos en Cuba.

Para sorpresa nuestra, al menos eran 3 los grupos que coincidían en Cuba en ese momento.

Se planteó la unidad de todos en un solo contingente, al fracasar esta idea, los simpatizantes del MIR decidimos trasladarnos al campamento de nuestra organización, mientras que Javier y la mayoría de los becados se mantuvieron independientes y luego se integraron en el Ejército de Liberación Nacional.

Ya en 2 organizaciones distintas, volví a ver a Javier a fines de ese año, después de la crisis de los cohetes, en un encuentro de confraternidad entre peruanos que los cubanos impulsaron para propiciar lazos entre nosotros.

Lo encontré con excelente ánimo, seguro de sí mismo, totalmente integrado en su proyecto.

Siempre un excelente deportista, participó con gran energía en el partido de fulbito y en la carrera de 100 metros.

Estaba lleno de optimismo y fuerza.

Es la imagen vital que conservo de él.En el vértigo de los trascendentales acontecimientos históricos de Cuba, de hace poco más de medio siglo, Javier no fue para nada un ingenuo manipulado por algunos comunistas, como ciertos malintencionados han escrito.

Al contrario, estuvo a la altura de su calidad de joven intelectual y gran poeta consciente de la realidad peruana, asumiendo su compromiso revolucionario con total lucidez y desprendimiento.

Dio su vida por la causa de los desposeídos de nuestro país y del mundo entero sin perder la alegría ni la inocencia del hombre bueno e íntegro que fue hasta su último aliento.Por esto, 50 años después, Javier sigue produciéndome tanta admiración por su temprana madurez humana e intelectual y a su vez infinito dolor por su desaparición física.

Fue asesinado vilmente, desarmado e inerme ante las balas.

Cayó luchando por una causa justa.

Su ejemplo seguirá viviendo por siempre en el corazón de las nuevas generaciones de peruanos y peruanas que motivaron sus sueños de libertad y justicia.Ricardo Gadea AcostaColaboración

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