Gajes del Oficio

Allá a finales del 61, yo era en “Última Hora”, lo que se decía “un nuevo”, o sea un “chupe” a quien cualquier redactor ranqueado, podía mandar a comprar cigarros, o un temperamental Jefe de Redacción, estaba en condiciones de disparar a la selva en busca de un avión caído, o al cerro San Cosme a cubrir los pormenores de un crimen pasional con descuartice incluido.

| 30 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 1.4k Lecturas
Gajes del Oficio
OJO HUMANO

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Cierta vez, mi gran amiga Gisela Valcárcel me contó que tan sacro truco fue empleado alguna vez por la canonizada Santa María Goretti, cuando estaba a punto de entregar –contra su voluntad– la herramienta a un diabólico elenco de violadores italianos.

Al día siguiente, la foto salió en primera y mi nota bamba, abriendo la página dos. Y al toque, empecé a vivir un temblecón cuarto de hora, temiendo lo que pudiera ocurrir a consecuencia de mi osada gracia de principiante.
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Así se aprendía el oficio en aquellos tiempos, en que el post grado se adquiría en el burdel de “La Violeta”, en tanto el mambo se bailaba a contraestilo del excomulgante Monseñor Gualberto.

Bueno pues. Cierta mañana de elecciones, me enviaron a informar los detalles del sufragio del Presidente Don Manuel Prado y Ugarteche, a producirse en la mesa electoral instalada en cierto cole frente al Panteón de los Próceres.

Corrían como favoritos Víctor Raúl Haya de la Torres y el Architerko FBT.

Y luego vino el golpe “institucional” que le sirvió el poder al “Hombre de la Nube”, pero esa, es otra historia.

Y a mi comisión marché, escoltado por el “Cholo” Pedro Cruz, chochera del mandatario, al punto que le bastaba decirle: “Presidente…Presidente”, tocándose la cabeza y en seguida, este político con gran visión para el figureteo, agitaba la chistera teatral que solía endosar en algunas oportunidades.-“Estamos posando para la Historia”,-decía Don Manuel.

Bueno pues, instalados frente al local de los hechos, empezamos a aguardar la llegada de tan ilustre votante.

De pronto, un convoy de relucientes chevrolets se apareció por la esquina y en menos de lo que canta un loro, el Presi bajó apresurado y se mandó de hacha en busca de su mesa, dejándonos más perdidos que Atahualpa en Larco Mar.

Pero tampoco era cosa de quedarse colgadote ahí como un gil, para más tarde, enfrentar un “Botafogo” firme, por no cumplir la comisión.

Así es que, dribleando a los “rayas”, hice como que me iba y me deslicé mismo Sotil en sus buenos tiempos, justo a la hora en que Prado volvía al coche, tras cumplir su obligación ciudadana.

NOTA BAMBA
Más rápido que ahorita mismo, le tendí la mano que él estrechó en gesto democrático, en tanto yo alcanzaba a decirle: “Buenos días, señor Presidente”.-Desde luego, el tío ni me contestó siquiera, si bien el “Cholo” Cruz, disparó su flash y me hizo un gesto de que la foto del saludo quedaba chévere, mientras la caravana presidencial, enrumbaba a Palacio a toda velo.

¿Y ahora qué hago, por la tapu?-dije para mis adentros. ¿Qué nota voy a hacer, si apenas le he dado la mano al Presidente?

-Pero bien dicen que los periodistas vivimos de milagros cotidianos y llegando al tercer piso de Baquíjano, me acomodé frente a la Underwood y me mandé una inventada de la Gran Seven, según la cual, “U-H” le había preguntado a Don Manuel: “Por quién vota un Presidente”- a lo cual, el importante personaje, habría respondido: “Un Presidente, vota por la democracia”.- Y con la foto del “Cholo” estrechando mi mano, ya la cosa tenía pepa y así mismo la mandé a la mesa de redacción, capitaneada entonces, por mi gran amigo Alfredo Fernández Cano.

Al día siguiente, la foto salió en primera y mi nota bamba, abriendo la página dos. Y al toque, empecé a vivir un temblecón cuarto de hora, temiendo lo que pudiera ocurrir a consecuencia de mi osada gracia de principiante.

Y efectivamente, algo pasó. A eso de las tres de la tarde, un reluciente coche, se detuvo ante la puerta del diario de mis amores y descendió de él, un estirado edecán marino, que preguntó por el Director de “Última Hora”, mi inolvidable maestro, Bernardo Ortiz de Zevallos, quien me enseñó todo o casi todo, lo que sé de nuestro oficio.

Lo buscaba para entregarle tremenda carta con escudo nacional y toda la nota. La presidencial misiva decía más o menos: “El Presidente Constitucional de la República, saluda al Dr. Bernardo Ortiz de Zevallos y lo felicita por su veraz y dinámico periodismo.

El Sr. Presidente desea hacer extensiva esta congratulación al inteligente joven (es decir, yo mismito) que tuvo a bien entrevistarme, ayer en la mañana”.

-Recuerdo que Bernardo me llamó a su oficina y en su español afrancesado me dijo que eso no era para crecerse, porque sencillamente eran “gajes del oficio”.

-Naturalmente, no recomiendo a ningún joven periodista -o aprendiz de eso mismo- que siga mi ejemplo, ya que si bien el Gran Gabo García Márquez, afirma que “las mejores entrevistas son las inventadas”, mi ceremonial colega Alfredo Kato, que desoyó su temprana vocación de monje Zen, reprocha estos recursos acremente. Y eso, hay que tenerlo en cuenta mi estimado.

LA NOVIA DEL “GORDO”
Sé que no van a creerme, pero la mujer que más amó ese gran periodista peruano a quien todos recordamos cariñosamente, Don Raúl “El Gordo” Villarán, era una paciente del Hospital Larco Herrera.

Y no hay que asombrarse mucho, pues el genial Carl G. Jung, uno de los titanes del psicoanálisis, se enamoró perdidamente de una esquizofrénica y cuando ella fue transferida a un hospital alejado de su influencia, llegó a responder en su tristeza, cuando alguien le preguntó, cuanto era uno más uno: “solíamos ser uno”.-Lo cual explica todo, sin más palabras.

Lo mismo vale para el también genial Emilio Salgari, creador de la vibrante saga de “Los Piratas del Caribe”, que todos los escribidores devoramos de niños. Él amó hasta la muerte a su esposa esquizofrénica. Y cuando ella murió, este amante golpeado por la desgracia, ascendió a un cerro y se hizo el hara kiri, sin más ritual, ni cuentos de sandokanes.

Pero volviendo al “Gordo”, lo increíble no es que amara a una, digamos, ”desquiciada”, sino que quien sabe cómo, llegó a un acuerdo con las autoridades médicas, a fin de que le entregaran a la dueña de sus amores, cada viernes por la noche, a condición de devolverla al hospital una vez anochecido el domingo subsiguiente. Y esto es verdad, aunque no haya quien me crea.

Y para que se enteren yo amé durante una larga temporada a “La Pérfida”, a quien su mami llamaba cariñosamente: “La Mujer Sin Alma”.

Ella, -no es por nada, compadre- hubiera sido un rompecabezas para el mismísimo tío Sigmund.

Y lo cuento, para que vean que no soy mentiroso.

LAS PIERNAS DE CELINDA
Para cualquiera que haya militado en las gloriosas filas de Baquíjano, las piernas de Celinda, deben ser una pesadilla recurrente, rematada en esos sueños húmedos que los viejos ven como un retorno a sus tiempos de expertos en manualidades, como bien define a los devotos del onanismo, - o sea todos- el maestro García Márquez.

Allá por los 60’s, este servidor, era algo así como “un inquieto galanteador” a quien la suerte solía sonreír en la mayoría de casos. Menos con Celinda.

Ella me miraba como una especie de demonio acosador, o cosa parecida.Pero, yo insistía, pues la muy tentadora, gustaba de usar minifalda, esa diabólica invención de Mary Quant, responsable de quien sabe cuantos flechazos de aquellos tiempos.

Abreviando -como dijo el llobaca- las piernas de Celinda, me traían loco de toda locura y una tarde, decidí jugarme el todo por el naipe y prácticamente la embosqué, en un oscuro pasadizo que separaba la oficina de Publicidad del corredor central del edificio que ocupaba “La Prensa”.

Y entonces, desplegando mi más selecto repertorio, me acerqué a ella intentando aplicarle “El Abrazo del Oso”, llave favorita del gitano luchador “El Toro”, estrella del “Luna Park”.

Y cuando ya vislumbraba mi triunfo, Celinda que no por nada siempre fue una inteligente periodista, abrió su bolso juvenil extrayendo ipso pucho, un Breviario -creo que se llama- que empezó a leer con voz sacramental.

Decía así: “Señor, aparta de mí a este espíritu maligno, de los que vagan por el mundo para la perdición de las almas”.- Y…me mató la pasión, más rápido que calzón de monja.

Cierta vez, mi gran amiga Gisela Valcárcel me contó que tan sacro truco fue empleado alguna vez por la canonizada Santa María Goretti, cuando estaba a punto de entregar –contra su voluntad- la herramienta a un diabólico elenco de violadores italianos.

-Cuando quieran, y con confianza nomás, puedo contarles muchas más de esta historias, no a cambio de unas chelas, porque ahora –por prescripción médica- sólo bebo vinoco tintorelli. Y no duden de mi verdad. Lo cierto es que más sabe El Diablo, mis amados feligreses.

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