¡Facebook, adiós!

Hace poco menos de un año que abrí mi cuenta en Facebook. Nunca le encontré mucho sentido a estar allí por lo que mis “amigos” me contaban que era, pero necesitaba ubicar a una persona por razones profesionales y como la necesidad tiene cara de hereje, pequé. Y, en efecto, hallé a la persona que buscaba pero, paradojas de la vida, nunca nos comunicamos por Facebook sino por el simple y vulgar teléfono cuyo número me proporcionó por uno de esos mensajes privados de la “red social”.

| 03 junio 2012 12:06 AM | Especial |4.8k Lecturas
¡Facebook, adiós! 4830  

Cumplido mi cometido, debí cerrar mi cuenta pero, entonces, mis “amigos” me convencieron para que la mantuviera abierta ya que, según ellos, si no estaba en facebook yo estaba en ninguna parte. O sea, en nada. No por algo --si lo hubieran sabido entonces habrían estado eufóricos-- si Facebook fuera un país sería el tercero más poblado de la Tierra. Eso, y la curiosidad por saber de las vidas ajenas de algunas amistades de la infancia y la juventud me llevaron a quedarme allí. Hasta hoy.

Mi instinto, gobernado desde niño por lo que Nietzsche llamaba el “pathos de la distancia”, me dijo que jamás debía colgar una foto mía en facebook, ni en el perfil, ni en mi “muro” ni en ninguna parte. En la foto de perfil coloqué a Eduardo VIII en sus diferentes etapas; como príncipe de Gales –¡y así todavía hay algunos tarados que creen que odio a Inglaterra!--, rey sin corona por 11 meses y, finalmente, como socialité mundial junto con su esposa, la duquesa de Windsor. Creo que hasta ayer había colgada una del London Herald que daba cuenta de la abdicación del rey. ¿Por qué Eduardo VIII? Porque tenía clase –dejar un trono por amor es clase-- y se vestía bien que ya es mucho decir en este siglo dominado hasta hoy por algo tan vulgar como Facebook. Bueno, si lo entienden bien y si no, también.

Anyway. El asunto es que desde un principio me pareció grotesco cómo la gente se desvivía en colgar su vida pictórica en Facebook. “Con Varo Quintilio, mi segundo esposo, inaugurando depa en Asia (menor)”; “En Capri con Livila, Antonia y Cayo Julio César, mis adorables hijos”; “Con Franconia, mi flaca, el amor de mi vida (luego vendrían Octavia y Flavia y Cornelia, también los amores de su vida)”; “Tomando unas chelas con mis amigos en las termas de Caracalla”. Y así por el estilo.

Otros, seguramente creyendo que se separaban del montón publicaban sus fotos con Bill Clinton, Mohamar Gadafi, Ernesto Sábato y María Kodama. Y, supongo que aquellos que “no compartían sus fotos y su información más que con algunas personas” eran los que les gustaba salir haciendo malabares calatos, con “Candy, la machona” de los Mara Salvatrucha del Callao.

Luego descubrí que las fotos eran lo de menos. Porque si algo dominaba la grosería era la grafía de la pequeñez. Todos comentaban, más o menos, su cotidianeidad más pedestre e inmediata. Cualquier cosa, cualquier tontería tenía imprimatur en Facebook. Y, claro, también había una minoría que creía estar debatiendo en la Acrópolis de Atenas con Platón sobre si Conga va o no va, o si Hudtwalcker debería pedir disculpas por haber dicho “esa gente” a los revoltosos de Espinar (mándalos a la mierda, hombre). Y no faltaban, claro, los de las pastillas para la moral del amor, de la mujer, de los enfermos, de la justicia además de los panfletistas contra el “neoliberalismo”, el Tío Sam, el dólar y Aldo Mariátegui.

En lo que a mí concierne, nunca hice un amigo por facebook, es decir, nunca salí de mi casa para conocer a nadie. Y eso que, según veo en el contador, tengo como ¿mil amigos? Los del colegio, a los que recuerdo con cariño, pues fueron amigos hace 30 años, pero no los he vuelto a ver, así que amigos entrañables los del recuerdo, pero hoy tendríamos que volver a conocernos, porque nadie es lo que fue hace tantos años, ¿no es verdad? ¿Querrán ellos hacer ese esfuerzo por mí? ¿Querré yo? Si no ha sucedido en un año, pues me parece que no. Bueno, c’est la vie.

Colgar mis artículos fue finalmente lo único que me retenía en la “red social”. Según me decían algunos eso era una ventana más amplia para su difusión porque Facebook tiene como ¿900 millones de usuarios? Vanitas vanitatum omnia vanitas. Con lo que le interesa a la gente leer en facebook, creo que la respuesta es obvia. Que el que quiera compre el periódico y san se acabó.

Y, bueno, llegamos al final. Facebook, la revolución de las comunicaciones, la red social más poderosa del planeta, el “tercer país” más poblado del mundo después de China e India, pues se desplomó en Wall Street. Su ingreso en bolsa hace más de una semana es como una gran metáfora de lo sobrevalorada que está la juventud. Entró con bombos y platillos en una euforia juvenil sin precedentes, con un veinteañero Mark Zuckerberg tocando el martillo desde California, convirtiendo su invento en la tercera mayor oferta pública de venta de acciones de una empresa estadounidense en la historia.

El joven de la capuchita se alzó así en el segundo hombre más rico de América después de Bill Gates. Nueve días después el mundo de las finanzas le dio la espalda, sus acciones se desplomaron y el muchacho maravilla dejó el selecto club de los billonarios (donde quería estar) para ser un simple millonario más (pobrecito), de los muchos que hay en el mundo.

Sí, Facebook resultó siendo un fiasco. ¿Qué más podía ser con 900 millones de idiotas contándose sus miserias o creyéndose Voltaire? Qué mejor momento para cerrar mi cuenta. La realidad ha demostrado que es una mala inversión. Para algunos de dinero. Para mí, del espíritu. Así que: ¡Adiós, Facebook!

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