Elogio del Periodismo

Versión resumida de la clase magistral ofrecida por el autor, al ser incorporado como Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma, el pasado miércoles. En el mismo acto la universidad rindió también homenaje por su trayectoria y con motivo del Día del Periodista, que se celebra hoy, a los colegas: Domingo Tamariz, Max Obregón Mikkelsen, Víctor Estremadoyro, Alejandro Sakuda y Francisco Landa.

| 01 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 1.6k Lecturas
Elogio del Periodismo
(1) Periodista, maestro, investigador, Juan Gargurevich recibió un merecido homenaje. (2) Enjambre de reporteros en acción.
TESTIMONIO

Más datos

Esta es una profesión en que van de la mano la vocación, el talento, el amor a la vida y el consecuente compromiso que supone poner en práctica la alegría de vivir.
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Con alguna frecuencia alumnos de periodismo me entrevistan como tarea para sus cursos y la primera pregunta suele ser: -¿Cuándo se inició en el periodismo? Pero solo una vez una joven me sorprendió añadiendo -¿Y por qué no hizo otra cosa?

La respuesta la he elaborado a lo largo de muchos años y ya la tengo casi lista. Si aquella niña, ahora colega, me hiciera de nuevo la pregunta le contestaría: -Es que a lo largo de los años transcurridos he aprendido que el buen periodismo es una herramienta importante para procurar mejorar las cosas, para comprender mejor la vida, para entender a la política y al mundo, para conocer a la gente, denunciar la corrupción, promover valores, enseñar a vivir mejor…

Y entonces ahora le repreguntaría a mi ahora amiga: ¿Conoces otra profesión que pueda hacer todo eso, por escrito y sin más armas que el papel y la tinta?

Esta respuesta no son palabras. Son el final de un proceso vital que inicié en los años cincuenta pues mi vocación por el periodismo la descubrí en el colegio San Agustín donde estudié once años (soy de los que hicieron sexto de primaria), con sacerdotes agustinos que eran muy celosos de la enseñanza del idioma y escribir bien era la máxima prioridad.

De otro lado, en mi casa se cultivaba la lectura con una verdadera pasión. Libros, revistas, diarios, todo era disputado entre hermanos y hermanas que literalmente devorábamos las colecciones completas de la Editorial Tor, por ejemplo, aquellos libros en rústica que nos traían entre otros a los grandes autores del folletín europeo. Hacia los diez años arranqué a leer Salgari. Dumas, Sabatini, Verne, London, Karl May, Ponson du Terrail, Sue, Swift, Defoe, Wells, etc. Y además las revistas familiares como Leoplán, Selecciones, Cinelandia, y, fiel a mi edad, el legendario Tony. Para situarnos le diré que era la década del 40 al 50…

REPORTERO
Al terminar el colegio -era el año 1952- mientras la mayoría de mis condiscípulos se aprestaba a postular a la universidad yo buscaba trabajo y me lancé a tratar de conseguir algo en un periódico. Tenté en El Comercio, en La Prensa y finalmente logré entrar como una especie de practicante a La Crónica en el oficio de reportero todo terreno porque pocos conocían la calle como yo.

Me preguntan también por qué no ingresé al viejo Instituto de Periodismo de San Marcos o quizá de La Católica. La verdad es que ni se me ocurrió porque cuando me asomé a las redacciones solo escuché burlas sobre los que estudiaban periodismo ya sea en San Marcos o en La Católica. El periodismo, nos decían los viejos bohemios de la prensa, aquellos de burdel y copa de pisco, era cosa de combate callejero, no de libros y por muchos años me resultó muy cómodo ampararme en esa justificación.

En la redacción de La Crónica de 1954, que se acababa de mudar de la vieja casa de la calle Pando al moderno edificio de la avenida Tacna, encontré una redacción dominada por periodistas veteranos, curtidos en los gajes del oficio, que llegaban tarde, cerraban la edición pasada la medianoche y que comenzaban a enfrentarse con un cambio necesario para modernizar el diario.

Eran tiempos del dictador Manuel A. Odría y del éxito clamoroso de Ultima Hora. Los colegas de La Prensa se ufanaban de haber iniciado una revolución periodística.

En La Crónica, de la familia Prado, las cosas se llevaban con calma, sin compromiso con la política. Pero había un puñado de jóvenes que nos esforzábamos por aprender, escribir mejor y hablábamos de periodismo todo el día y fue entonces cuando llegó a mis manos el texto de Porter y Luxon “Manual del Periodista – El repórter y las noticias” que ya era una especie de Biblia para los colegas de mi tiempo.

Allí leímos, por ejemplo, y lo comentamos entusiasmados, este párrafo inicial: “El mundo entero es campo de acción para el periodismo y el periodista cuyos conocimientos sean muy reducidos no dejará de ser un pobre repórter…”.

Teníamos felizmente un jefe de informaciones ilustrado, el legendario Manuel Jesús Orbegozo, ya premiado y de gran autoridad.

APRENDIZAJE
Los viejos nos ignoraban pero fuimos formando un grupo de estudios, y recuerdo al llorado Héctor Arellano, Antonio Fernández Arce, Carlitos Concha, Milton von Hesse…

Ahí aprendimos lo que se podía y no se podía publicar, qué era lo prudente y lo equivocado pero sobre todo aprendimos a distinguir a los periodistas honrados de aquellos poco escrupulosos con los valores y la misión de servicio.

No recuerdo cuántas tazas de café consumió la frase de Sutton, que dice: “El periódico ideal sería aquel donde cada palabra publicada fuese incontrovertiblemente cierta” y también recuerdo qué duro nos resultó comprobar la enorme brecha que se abría entre lo que pedían los autores del manual y la práctica cotidiana aunque debo advertir que esto no nos desanimó nunca. Después de todo nosotros pensábamos que nuestra misión era cambiar al periodismo.

En los años siguientes trabajé en el novísimo Expreso recién fundado, con Raul Villarán, luego en Correo y después en Expreso, el nuevo Extra. Y allí fue donde nos sorprendió la Revolución de la Fuerza Armada que lideraba el general Velasco Alvarado y que proponía reformas inéditas.

Me preguntan también si apoyé ese proceso político. No totalmente. Estaba en el diario Expreso cuando en 1970 fue entregado en administración a sus periodistas, empleados, obreros gráficos. Este traslado de control, por así decirlo, venía a satisfacer un antiguo a la vez que legítimo anhelo de muchos periodistas profesionales de controlar, por fin, un gran medio informativo, libres de las ataduras empresariales, políticas.

Muchos colegas resultaron así, como yo mismo, politizados a ultranza, envueltos en un proceso muy rápido que exigía opciones, decisiones. Y nos pasamos efectivamente al lado de los periodistas abandonando a los empresarios y apoyando en tal medida a los cambios.. El rumbo político fue sin embargo distinto y al poco tiempo muchos nos alejamos del proyecto por razones distintas. Pocos recuerdan, o saben, por ejemplo, que terminé insólitamente deportado en 1975 por el propio general Velasco junto con toda la redacción de la revista Marka, acusados de conspiración.

PRIMEROS LIBROS
Debo señalar que al abordar los años 70 inicié un proceso de alejamiento de la práctica profesional común de reportero o editor cotidiano para compartir mi tiempo con el campo académico, porque esa es también la época en que comencé a enseñar periodismo en San Marcos, gracias a Jorge Puccinelli y Antonio Cornejo Polar.

En 1972, en pleno debate sobre el destino de los medios masivos en el proceso de cambios que imponían los militares, publiqué mi primer libro “Mito y Verdad de los diarios de Lima”.

Fue un alegato apasionado sobre la profesión, con muchos errores que eran irrelevantes al final si se tiene en cuenta la totalidad de la intención. Si pudiera describirlo en pocas palabras diría -mal dicho- que se trató de una auténtica subjetividad pues fue producto de indignaciones cultivadas por experiencias que muchos de mis colegas tenían pero que por razones muy respetables no se atrevían a poner en papel y tinta.

Ya me había encontrado con José Carlos Mariátegui y estaba deslumbrado por su historia y su sabiduría y creo que comprendía mejor su biografía temprana porque ambos conocíamos las redacciones en su aspecto íntimo. Y que conste por favor que guardo respetuosa distancia.

Mi visión de Mariátegui no era la de los Siete Ensayos, lo confieso, era la del periodista comprometido, lo que había yo descubierto con el trabajo de Genaro Carnero Checa, La Acción Escrita.

Por esto es que entre mis libros publicados mi favorito es “La Razón del joven Mariátegui”, la historia del diario que editó el Amauta en 1919, antes de Europa, antes del Partido Comunista, cuando era solo un joven limeño indignado.

Esos textos fueron los primeros de una larga serie que ha estado siempre animada por el deseo de esclarecer, desentrañar, hacer saber, y, eventualmente, denunciar si se quiere tomar así.

En la base de tal deseo están las posiciones a las que adhiero y que pueden resumirse en las palabras o frases: justicia social, solidaridad, democracia, que es decir participación, respeto de los derechos, cumplimiento de los deberes, pluralismo, tolerancia recíproca. Todo esto presidido por la ética que debe guiar la acción de un profesional comprometido con la sociedad en que funciona.

La diferencia está en el modo en que decidimos pasar a la acción, en la manera de transformar nuestros deseos en opciones concretas. Unos eligen los partidos políticos de diversos signos, otros incluso llegan al violentismo que rechazo resueltamente. Algunos disparan sin asumir compromiso. Yo he preferido comprometerme desde mis trabajos. Una vez escuché a Alejandro Romualdo decir: “Que me juzguen por lo escrito” y digo y asumo lo mismo.

EL COLEGIO Y LA VOZ
Los años 80 fueron ya de pleno compromiso, de visión crítica y por eso estuve con entusiasmo en la elección del nuevo Colegio de Periodistas porque si de algo no tuve nunca dudas fue de mi condición de periodista profesional.

Y participé por tanto en cualquier alternativa o proyecto que se me planteara en beneficio del gremio. Cuando se convocó en 1983 a elecciones para la primera directiva del flamante Colegio, los periodistas nos enfrentamos a la decisión de elegir entre fuerzas claramente definidas.

Nos preguntamos entonces ¿Y por quién votamos nosotros, los liberales, los independientes? No recuerdo como surgió la propuesta pero el hecho es que me vi embarcado en la candidatura y sin ninguna posibilidad de triunfo, sin posibilidades de armar una campaña mínima. Y luego, además, boicoteado por un sector de la izquierda que desconfiaba, cuándo no, de alguien que no militaba en partido alguno.

No puedo dejar de mencionar mi participación, modesta pero entusiasta, en la discusión sobre las políticas de comunicación y la demanda de un nuevo orden internacional de la información y la comunicación.

Y pusimos manos a la obra cuando se trató de proponer alternativas a los medios estatales y comerciales, participando en la fundación de la “Agencia de Servicios Especiales de Información” (ALASEI). Fueron diez años de propuestas informativas distintas, no comerciales, que finalmente culminaron con el cierre de la agencia.

Felizmente tuve la oportunidad de participar en otro esfuerzo alternativo dirigido por mi gran amigo y maestro Efraín Ruiz Caro, quien fundó el combativo diario La Voz en 1986 y que alcanzó a vivir dos años, naufragando en la inflación desatada por la política económica del gobierno de entonces.

OPCIÓN
Debo referirme ahora a mis trabajos de investigación, todos colocados en el terreno de la investigación descriptiva, aquella que trabaja indagando sobre los sistemas de producción de la comunicación, las estructuras de poder, los procesos históricos, los inventarios, los análisis de contenido.

Enseñar, traspasar la experiencia personal a jóvenes deseosos de ser periodistas, es tan comprometido y difícil como las otras opciones, las políticas, las profesionales, porque se puede poner en juego su futuro.

Mi opción es la del periodismo y está basada en la convicción de que para un buen periodismo, serio, comprometido, hacen falta profesionales muy competentes que deben ser formados académicamente para que su elección vaya más allá de una decisión, digamos, comercial. Esta es una profesión en que van de la mano la vocación, el talento, el amor a la vida y el consecuente compromiso que supone poner en práctica la alegría de vivir.

La decisión social de no controlar los medios supone consentir distorsiones en el ejercicio profesional. La opción no es reprimirlas autoritariamente, como se hizo antes, sino formar a los periodistas en una práctica distinta y de tal manera que los métodos puramente mercantilistas les sean ajenos y hasta repudiables. Esta es parte de la responsabilidad de que hablaba antes.

¿Estoy satisfecho con lo realizado? Nadie podría ufanarse de estar ampliamente satisfecho; siempre hay cosas pendientes. Tengo una serie de trabajos avanzados que retengo porque no termino nunca de afinarlos para que sean impecables. En síntesis, creo que aún estoy a la mitad del camino.

Y me preguntan también, para terminar, si el viejo periodismo era mejor que el de ahora. Mi respuesta es categórica: no. El periodismo se modela y adapta al contexto de su tiempo y en cada etapa es el mejor posible.

Hoy envidio a los colegas multimedia, a la velocidad en las redacciones, al vigor de los reporteros de la televisión, la maestría de los jóvenes cronistas… y veo con enorme satisfacción que aquellas vocaciones que tanto estimé y recuerdo con cariño, se reproducen en muchachos y muchachas que –como antaño- siguen discutiendo en los cafés si es posible decir la verdad y toda la verdad en un periódico.

Díganme entonces, si este no es un oficio formidable.


Juan Gargurevich
Colaborador

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