El truco de Da Vinci

Según el viejísimo y muy sabio Tsun Tzu: “Toda estrategia se basa en el engaño” y no solo se refería al movimiento de tropas.

| 17 junio 2012 12:06 AM | Especial | 1.4k Lecturas
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También aludía a la “gray information”,que siglos más tarde “inventarían” los igleses como arte de “intoxicar al enemigo mediante rumores y versiones interesadas que necesariamente los inducirían al error. Hoy, nadie puede negar que la “inteligencia” es ciencia y arte militar y política.

Y es igualmente innegable que la genialidad en el oficio de la mentira, ha sabido definir la suerte de muchas batallas y que bien empleada puede servir -también en la política- como poderoso soporte del ataque y la defensa.

Leyendo el trabajo póstumo de Mario Puzzo, titulado “Los Borgia”, encontramos la figura histórica del incomparable Leonardo Da Vinci (1452-1519), famoso por siempre, no sólo como artista, sino como mago, inventor, anatomista y constructor de máquinas de guerra y espionaje (el célebre bajorrelieve llamado “La Oreja de Dionisio” es un innegable artefacto precursor del moderno “chuponeo” que jamás pasará de moda).

Puzzo,presenta al genial Leonardo ganándose “unos ducados de oro” mediante una hábil añagaza y nada menos que frente al temible Cesare Borgia, con quien nadie que apreciara su vida, se hubiera atrevido a ninguna pirigaya.

La escena se da en la Romaña italiana, en vísperas del ataque a un fuerte que Cesare deseaba anexarse, “para mayor gloria de los Estados Pontificios”, entonces,bajo el poder de su padre, el Papa “Alejandro VI”, que solía disfrutar envenenando a sus enemigos, compartiendo el lecho con su hija Lucrecia y otras cortesanas surtidas y negociando los respectivos matrimonios de sus retoños Cesare, Juan, Lucrecia y Jofre, a cambio de lealtades políticas, tesoros, joyas ,territorios, títulos nobiliarios e imponentes castiulos de la gran seven.

Cesare, que era no sólo un feroz guerrero y asesino en sus ratos libres, sino un experimentado estratega, solía ordenar el cañoneo bajo a las murallas, para abrir una brecha por la cual su ágil y sanguinaria caballería, asaltaría al fuerte, llevando fuego, destrucción y muerte, hasta las últimas consecuencias, como bien exigía el Santo Oficio.

Y mientras Cesare meditaba en torno a este problema, recibió la visita del Maestro Leonardo, quien le preguntó: “¿Tienes alguna forma de hacer llegar noticias a tus enemigos?- “Desde luego” -le respondió el diabólico Borgia, através de la máscara que ocultaba las horrendas pústulas de su avanzada sífilis.

“Entonces, les harás saber que cuentas con una máquina de guerra de mi invención, la cual es una torre de trece metros de altura...y empezarás a construirla ostensiblemente, para que crean que no mientes...”, aconsejó el genial ingeniero.

“Disculpad, Maestro -respondió Cesare- pero las torres resultan inútiles en el asedio.Lo he comprobado yo mismo” –“Eminencia-retrucó el genio- lo mejor es que mi máquina no funcionará”.

-”¿Cómo? -dijo Cesare- ¿Y entonces, para qué habrá de servirme?” -”Los muros de la fortaleza tienen diez metros de altura -explicó el genial Leonardo- tres de ancho y ningún cañón puede horadar su espesor,pero como los sitiados temerán mi máquina de trece metros, elevarán la muralla tres metros más, con lo cual debilitarán su bases a causa del peso no previsto por los constructores. Entonces,al tercer cañonazo, se abrirá la brecha que necesitáis...”.

Cesare quedó asombrado por este cochinero truco del genio y le ofreció en premio la plaza permanente de “consiglieri” de guerra, cargo que el gran Maestro rehusó, pues debía continuar viaje al Vaticano para concluir los trabajos de su enigmática obra “La Última Cena”. De manera que cobró su rica guita y se despidió nomás sin mucho protocolo, ya que era sumamente peligroso recibirle un trago siquiera a tan siniestra familia.

Demás está decir,ue los asediados se comieron el truco de Leonardo, elevaron la muralla debilitando las bases y, en su moimento, la brecha se abrió a golpe de cañonazos, dando así paso a los atroces jinetes de Cesare Borgia, en cuya espada podía leerse: “O Cesare...O Nada”.

El ardid, por lo genial, debería incorporarse a algún contemporáneo manual de guerra psicológica, de esos que le están haciendo falta al actual gobierno. Salvo mejor,o más ilustrado criterio, como suele decir El Diablo, cuando se manda el séptimo saltapatrás, en sus noches de pachanga.

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