El placer de leer a Vallejo

La Primera Feria Internacional del Libro de Trujillo, organizada por la Cámara Peruana del Libro, se realiza en homenaje al escritor cajamarquino Jorge Díaz Herrera, quien, de visita por unos días en la Ciudad de la Eterna Primavera, recuerda en esta entrevista algunos pasajes de la vida de César Vallejo y adelanta el título de su próximo libro.

| 11 marzo 2012 12:03 AM | Especial | 3.8k Lecturas
El placer de leer a Vallejo

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HUMOR Y POESÍA

Jorge Díaz Herrera (Cajamarca, 1941), Premio Nacional de Fomento a la Cultura “José María Eguren” de 1972, tiene una producción literaria que abarca el teatro, la poesía, la novela, el ensayo y el periodismo. Sus ensayos “El humor en la poesía de Vallejo”, “Contra el Eguren que no es” y “El placer de leer a Vallejo en zapatillas” se alejan del cliché sobre ambos poetas. Ha publicado los poemarios “Orillas” (1964) y “Aguafiestas” (1974); las obras teatrales “Comanche” (1970), “Ver para correr” (1968) y “El diablo también come uvas” (1968); los libros de cuentos “Alforja de ciego” (1975); las novelas “La agonía del inmortal” (1985), “La colina de Irupé” (2003), “Pata de perro” (2007), entre otros. Y ha incursionado en la literatura infantil con buen tino.
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“Así es como trata la mezquindad a la grandeza”, dice el escritor Jorge Díaz Herrera frente al antiguo hotel “El Arco” (ahora exhotel Carranza), en Trujillo, donde se hospedó el universitario y, luego, maestro César Vallejo, y que ahora “Se Vende”, según los carteles pegados en el segundo piso.

Díaz Herrera llama la atención sobre ello; no puede creer que así se maneje el destino de las huellas del poeta en la ciudad y cierta amargura cubre su rostro. Sin embargo, el recuerdo de Vallejo basta para devolverle la alegría que, a su parecer, era también característica del poeta de Santiago de Chuco.

—Usted es norteño como César Vallejo y uno de los primeros en rescatar la personalidad alegre del poeta.
—Hace muchos años yo fui invitado junto con Alejandro Romualdo, Arturo Corcuera, Manuel Ibáñez, Francisco Izquierdo Ríos, César Calvo a Santiago de Chuco y nos recibieron muy bien. Era un homenaje a Vallejo. Y visité su casa, donde vivía su hermana, Natividad Vallejo. Esta señora hablaba con el idioma de su hermano, parecía que hablaba con el lenguaje del poeta. Ahora vienen a ver al poeta, ahora todos los ven, me dijo, cuando deberían ver a esta niña, que es la sobrina del poeta, a quien le acaban de negar el ingreso a la normal de Santiago de Chuco para darle una vacante a la hija de un condorazo.

—¿Por qué condorazo?
—Vallejo tiene un verso que dice “Me friegan los cóndores”. Verso que ha sido interpretado de mil formas. Descubrí cuál era el sentido del poema. Condorazos, en el lenguaje santiaguino, son los poderosos del pueblo. Luego le pregunté a Natividad qué había querido decir César con “Confianza en el anteojo, no en el ojo”. Y ella me contestó: “¿Qué confianza voy a tener en mis ojos si soy miope?”. Y así fui descubriendo el lenguaje, la atmósfera, el entorno. Y descubrí que Vallejo no solo había usado el lenguaje de su tierra; había universalizado su lenguaje familiar y local. Santiago de Chuco es una sierra pequeña, entre cordilleras; y uno, siempre… al menos a mí me sucede… es propenso a la melancolía, en la tarde. Y, evidentemente, Vallejo bebió de eso. Pero descubrí, por versiones de muchas personas, que Vallejo tenía un gran humor. Esa foto del mentón es una broma que él hizo, porque es una serie de fotos en la cual él termina incluso casi en el suelo.

—¿Y es así en sus poemas?
—Una vez en el café Gijón, en Madrid, entró un señor de larga cabellera blanca, camisa floreada, zapatos blancos, pelo largo; lo más llamativo era una bella chica de unos 25 o 30 años con quien venía haciéndose arrumacos. Entonces los poetas jóvenes que lo acompañaban comenzaron a quejarse de la imagen ésta. Decían que un hombre con veinte años de diferencia puede ser, pero ya de 50 años es ridículo. Yo sentía que era envidia. Y yo les dije que “Tengo pues derecho/ a estar verde y contento y peligroso”. Y rematé con “Cómo ser y estar sin darle cólera al vecino”. Son versos de Vallejo. Por eso digo que a Vallejo no se le ha leído sino con una propensión a descubrir lo triste, el lamento, la lágrima, y no la risa.

—Pesa el Vallejo crítico de su sociedad, el de “Poemas humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”.
—Sí, es verdad, pero eso no significa que yo haga de Vallejo un poeta humorista. La columna vertebral es, evidentemente, la melancolía, el dolor, pero está muy bordado, digamos, de humor. Vallejo mismo decía que sus versos no son palabras, sino experiencias. Eso significa que quien no ha tenido una experiencia semejante a los versos de Vallejo difícilmente va a entender uno de sus versos.

—César Lévano recuerda, por ejemplo, la imagen de la serpentínica u del bizcochero…
—Claro, eso lo contaba Antenor Orrego. Vallejo vivía en el Hotel Carranza de Trujillo. Pasaba un bizcochero y decía “bizcocherouuuu”. Y como vivía en el segundo piso, el “bizcocherou” entraba al segundo piso por el balcón como traído por una jirafa: “Serpentínica u del bizcochero / enjirafada al tímpano”.

—¿Ha leído el reciente libro de Reynaldo Naranjo?
—¿Sobre los lugares que frecuentaba Vallejo en París? Es un buen libro. Efectivamente, a Vallejo se le considera un desarrapado; pero Vallejo fue un hombre muy elegante. Los lugares que frecuentaba hasta hoy día son caros. El que ha traducido a Vallejo en París es Claude Couffon. Él me ha llevado a los sitios que Vallejo ha frecuentado en París y hasta ahora son caros. Tanto así que hay una anécdota de Vallejo con Alfonso de Silva, el músico, al respecto. Después de recopilar las propinas que recibía De Silva por tocar el violín, se fueron a un restaurante y pidieron un aperitivo suculento, y se les acabó el dinero en el aperitivo. Y Vallejo dice: “Qué suerte la nuestra: tener para abrir el apetito y no para cerrarlo”. Tenía una gracia muy natural.

—¿Todo eso lo cuenta usted en su libro…?
—“El placer de leer a Vallejo en zapatillas”.

—¿Qué está escribiendo ahora?
—“Biografía fantástica”, una novela en la cual utilizo todas las versiones del asesinato de un militar en Trujillo, que fue una cosa colectiva, que tiene que ver con la vida política de la ciudad. Las versiones de esa muerte, que son muchas, de tal modo que nunca se sabe la verdad.


Marco Fernández
Redacción


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