El mensaje es el mismo, con nuevos mensajeros

Con un tercer gabinete en su primer año de gobierno, Ollanta Humala acaba de confirmar que su sueño de una “Gran transformación” se ha desvanecido en el aire. De esa consigna política solo quedan unas sombras en frases del presidente: la hará, poco a poco, a su debido tiempo.

| 29 julio 2012 12:07 AM | Especial | 1.3k Lecturas
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Después de las grandes promesas y la felicidad de la victoria, a la hora de gobernar no tuvo la más mínima energía para decirle no a sus nuevos aliados que lo atosigaron con lo que debía hacer para que la nave del país siga volando con el piloto automático del Consenso de Washington, sin tocar ni con el pétalo de un clavel los acuerdos internacionales, la Constitución de 1993 y su maravilloso artículo - único en el mundo- que considera al capital internacional como si fuera nacional. No sabemos si al mismo tiempo le enseñaron a comer sapos pero lo cierto es que tiró por los aires a gran parte de sus promesas con una tranquilidad mágica que en tiempos de nuestros ancestros servía para no mirar atrás y no convertirse en piedra. A la vida y al agua le dijo sí, a las minas no; leal a las enseñanzas de su padre dijo que la constitución de 1979 sacaría de su lugar a la constitución fujimontesinista de 1993; aparentemente firme en su crítica al neoliberalismo anunció que revisaría los tratados de libre comercio. Cambió con una rapidez extraordinaria y sus nuevos aliados de las derechas no han cesado de disfrutar de ese placer político inesperado. Con su miedo de quinientos años esperaban una tormenta, pero a cambio reciben agua bendita.

Por no cumplir sus promesas Ollanta Humala le echó muchos leños al fuego de los conflictos, cuando en Cajamarca y en Espinar el pueblo dijo no, el Comandante se asustó, apeló a la mano dura de siempre, cambió de mensajero y quiso que un militar negocie con un interlocutor escogido por él. Lo que siguió fue muy fácil, balas, represión, muertos, autoridades encarceladas, suspensión de garantías. Los campesinos e indígenas quechuas de Cajamarca y Espinar ratificaron su NO sin ambigüedad alguna. Contra las cuerdas, el presidente tuvo que rendirse ante la evidencia: sus militares de mano dura no resolvieron nada.

Como Ollanta sostiene que el problema principal es de comunicación, en su tercer equipo de gobierno ofrece un nuevo cambio de mensajero, con mujeres y hombres que habrían sido escogidos para fortalecer el diálogo, y que se beneficiarán con el trabajo de dos sacerdotes católicos convocados como facilitadores para ablandar los corazones en Cajamarca. Pero el cambio de mensajeros deja intacto el mensaje, y la madre del cordero está, precisamente, ahí, porque Ollanta Humala sigue enteramente prisionero de dos viejas tesis de la derecha desde que existe el capitalismo: de un lado, habría una diferencia profunda entre la política y la técnica, y sería más importante la técnica que la política; y de otro, el crecimiento es igual a desarrollo. Los funcionarios de la Newmont y Yanacocha dicen que el problema con Conga no es político y que se resolverá sólo si los técnicos del gobierno y la multinacional se ponen de acuerdo. ¡Qué feliz coincidencia! El comandante Humala como ex militar y como presidente de la república tiene poco o nada de técnico. Su puesto es de carácter político por excelencia. Apelar a dos religiosos es una decisión absolutamente política y ambos tampoco tienen nada de técnicos. Si alguna vez Ollanta Humala cuestiona su propio razonamiento político podría cambiar en serio. ¿Podrá?

La Newmont, Yanacocha y Ollanta Humala también están de acuerdo en decir que sin crecimiento no hay desarrollo. La pregunta de rigor es ¿a quiénes benefician el crecimiento y el llamado desarrollo? Las ganancias de las empresas mineras fueron extraordinarias en los últimos 30 años y los salarios de los trabajadores siguen siendo pobrísimos. Ollanta debiera saber que desde la orilla indígena ha aparecido la propuesta del Allin Kawsay-Buen vivir, que se funda en la crítica más seria hasta ahora producida sobre la noción de desarrollo. En el mejor de los casos, todo el discurso del desarrollo puede beneficiar solo a un 20 por ciento de la población y faltarían recursos de varios planetas tierras para que todos los bienes y servicios de los ricos, que hoy son privilegio de una minoría, sean compartidos por toda la población. De ese modelo de desarrollo capitalista del privilegio para unos y exclusión del resto no se dice una palabra.

Que todo siga como antes, con más diálogo y más inclusión, a eso se reduce la aparente novedad. Estamos frente a una nueva victoria pasajera de la derecha cuando en Estados Unidos y en la Unión Europea la receta del Consenso de Washington no da para más. Si solo el mercado resolviese los problemas, las economías de Estados Unidos y de varios países europeos ya se hubieran hundido. Por el momento las están salvando los billones de dólares regalados y prestados por los Estados a los bancos. Es el premio a los ladrones.

Del gobierno de Ollanta Humala es poco o nada lo que puede esperarse para cambiar las reglas del juego de la acumulación y distribución de la riqueza en el país y del patrón colonial de poder en la política y en toda la sociedad. Ya logró el sueño de ser presidente. Le toca ahora durar, tratar de no hacer olas para no molestar a sus nuevos grandes aliados. No se requiere ser adivino para señalar que si el mensaje es el mismo, por más que los nuevos mensajeros tengan grandes virtudes para ablandar corazones, no podrán evitar los conflictos no resueltos y los que vendrán. Me gustaría expresar un deseo: que con los nuevos mensajeros no haya un muerto más.

Para terminar, me gustaría agregar que en el horizonte político del país podrían aparecer nuevos problemas derivados de la profunda soledad en que podría estar el presidente Ollanta a pesar de sus nuevos amigos y aliados de las derechas. Su aislamiento afectivo de sus padres y hermanos y el conflicto político no resuelto con su hermano Antauro podrían agravarse. No es visible un rol conciliador en esos conflictos de parte de Nadine y si no lo tuviese en realidad sería un factor agravante. Por otro lado, el tema de la pareja presidencial como una unidad de gobernantes, podría ser también una futura fuente de conflictos, que se agravarían si la señora Nadine mantiene su aparentemente firme deseo de no aparecer dos veces con un mismo vestido. Más tarde, esa otra transformación podría tener costos políticos. Ya debiéramos acostumbrarnos a las sorpresas que vienen con los caudillos. Por todo lo que he señalado, el horizonte parece fúnebre. En otro texto volveré sobre la esperanza a mediano y largo plazo.


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