El medio es el masaje

Esta es una historia en que se juntan música, política, poesía, a través de la memoria de un charanguista excepcional que, por añadidura, sabe reajustar huesos y músculos.

Por Diario La Primera | 15 ago 2010 |    
El medio es el masaje
(1) De niño, Teves era ya extraordinario charanguista. (2) Teves, al centro, con Paco Moncloa, a quien salvó la vida, y Efraín Ruiz Caro, director de Expreso.
LAS MANOS VIRTUOSAS DEL CHARANGUISTA Y HUESERO ROBERTO TEVES

Conocí a Roberto Teves como charanguista y obrero gráfico allá por los años 60. Conversando días atrás al calor de una sopa “incaica” preparada por él a base de productos autóctonos (mashua, oca, queso, leche, muña, papa amarilla, culantro, huacatay, y el importado trigo), recordó un domingo en que fuimos con José María Arguedas al Coliseo Nacional, que era entonces la catedral del folclore andino. “¿Te acuerdas -me dice- de cómo José María entró en todos los camarines y les dijo a todas las bailarinas que debían actuar con la vestimenta de su tierra?”.

Como si el vapor caliente de su caldo de chef de cuisine popular lo inspirara, reflexiona:

-Ahora hay música folclórica frívola, no ancestral. Ahora existe el huayno sin mensaje.

Sabe lo que dice este artista popular que ya a los ocho años de edad, en su Coracora natal, era visto como un niño prodigio del charango, y que no por casualidad ha creado una nueva afinación para ese instrumento (mi, si, fa, re, la), registrada en la Biblioteca Nacional, y que nadie emplea.

Cuando Paco Moncloa casi se mata
La cálida sopa incásica -guardiana del decisivo estómago- desata recuerdos. Entre ellos destaca el episodio del 14 de agosto de 1974 en que el periodista Francisco Moncloa perdió una mano y casi pierde la vida. Eran los días del diario Expreso bajo el régimen del general Juan Velasco Alvarado.

Paco Moncloa, hombre de izquierda y editorialista muy cercano al régimen militar, tenía la costumbre de recibir a sus amigos y salir con ellos a tomarse un pisco, su gran afición. Un sábado, a las diez de la noche, rememora Teves, fueron a visitarlo unos amigos del movimiento de los Tupamaros de Uruguay. A Moncloa se le vino la idea de hacer una corrección en su columna cotidiana “Frente Único”. Se acercó a la rotativa, que estaba funcionando para la primera edición, destinada a provincias, cuando, por un descuido, la casaca que vestía se metió en la máquina. Paco quiso sacarla con la mano izquierda, pero la rotativa le atrapó el antebrazo.

Teves recuerda:

-Yo estaba en ese momento en el café del diario. Alguien llegó corriendo, agitado, y gritó: “Roberto, tu amigo va a morir en el rotativo”.

-¿Cuál amigo?

-El socialista, el que ha venido a trabajar en el diario. La mano se desangraba, la sangre corría como un río. Cuando me acerqué a la rotativa, Paco me dijo:

-Roberto, mira lo que me ha pasado. Voy a morir.

Le supliqué, dice Teves: “No pienses en morir”. Su respuesta fue:

“¡Qué dirá mi pobre esposa! Si muero, dile que la quiero mucho”.

“Entonces”, prosigue Teves, le hice un torniquete para cortar la hemorragia. Los tendones, los nervios aparecían como hilos deshilachados. Paco estuvo media hora de rodillas, ante la rotativa. Le hice una operación con un cuchillo de imprenta que me alcanzó Eduardo Johnson, jefe de la sección. Corté lo que ya era imposible salvar. Después, como cerca estaba la Clínica Villarán, lo llevamos a ésta. Cuando estábamos allí, Paco me preguntó: ‘Roberto, ¿en qué clínica estoy?’. ‘En la Clínica Villarán’, le expliqué.

Paco reaccionó: “¡No seas loco! ¡Esta clínica es de los apristas! ¡Ahora me matan!”.

Lo llevaron a la Clínica Villarán.
A partir de ese día se acentuó la inclinación de Teves por la medicina tradicional, propensión que lo ha convertido en “huesero” consagrado, capaz de curar desviaciones de la columna, luxaciones, inflamación de nervios y tendones. Por su consultorio de Miguel Aljovín, oficina 21, teléfono 4281181, han desfilado, para atenderse, artistas notables, como Raúl García Zárate o Rosita Salas.

Al conjuro de la sopa incaica y de un queso artesanal reaparecen las imágenes de una época de oro del folclore andino. Leonor Chávez, “Flor Pucarina”. Víctor Gil Mallma, “El Picaflor de los Andes”, inolvidable intérprete de la canción huanca, quien había nacido en verdad en Huanta, pero arraigó en Huancayo desde que, a los nueve años, fue ayudante de camión. Las Hermanas Zevallos, encabezadas por Olga. María Alvarado Trujillo, “Pastorita Huaracina”. Ernesto Sánchez Fajardo, “El Jilguero del Huascarán”. Leonidas Jiménez, “El Zorzal Negro”, hijo de albañil moreno y dama huancavelicana, que nació en Izcuchaca, Huancavelica, dominaba el quechua y cantaba con una voz profunda misteriosa, hasta la madrugada aquella en que, a la altura de Vitarte, se arrojó a los rieles del ferrocarril. Ebrio de música, no quiso escuchar el grito de alarma de la locomotora.

Sobre el poder de la voz ancha, de negro, con inflexión de dolor indio, del Zorzal, tengo un recuerdo imborrable. Una medianoche de hace treinta años, o algo así, había yo salido de Caretas, cuadra seis del jirón Camaná, y esperaba un taxi en la esquina de Moquegua, cuando vi, en la acera de enfrente a César Calvo y un joven desconocido. Cruzaron la calzada, y Calvo me presentó a su amigo, el Poeta Joven de la Argentina, Marcelo Pichon, entonces de 18 años, creo. Tras breve diálogo decidimos ir a mi casa a libar música y algún trago.

Ahí se me ocurrió poner en el tocadiscos un 45 con un santiago cantado por el Zorzal. Una musicóloga y folclorista argentina que recorrió América ha escrito en su libro Por las rutas de América que el santiago es de las músicas pentafónicas más antiguas que se conozcan.

Pues bien, escuchándolo, el joven poeta rompió a llorar, convulso, estremecido. Luego se fue a mi biblioteca, se tiró al suelo y continúo llorando a gritos, hasta quedarse dormido. Aquel canto tenía la fuerza de dos razas poderosas y sufridas.

Charango, baúl, ganzúa
Roberto, nacido el 6 de octubre de 1940, llegó a Lima en 1948, “cuando la ciudad”, dice, “era un jardín rodeado de huertos y haciendas, que no importaba víveres”. Detrás quedaba, en Coracora, su gloria de chiquillo charanguista. Llegó a la calle Malambito, cerca de la plaza 2 de Mayo, a casa de una tía, doña María Bernales, quien era dueña de una lavandería y ahora tiene casi cien años.

En la escuela “La Capilla” del barrio inició su educación. En 1952 regresó a su tierra natal. En 1956, tras terminar allá su instrucción primaria, retornó a Lima.

-¿Dónde iniciaste tu aprendizaje del charango?, pregunto.

- En Coracora. Mi madre tenía un baúl lleno de instrumentos musicales. Era un baúl inmenso, tallado. Allí guardaba los charangos para que yo no los tocara. Entonces me mandé a hacer una ganzúa. Abría el candado y empezaba a tocar.

Mi madre me advertía: “Si te dedicas a la música, vas a ser un borracho, un mujeriego”.

Parece que la profecía se cumplió en alto porcentaje.

Poesía y prosa de Rose
Evocando tiempos pasados surge la imagen de Juan Gonzalo Rose. Con el poeta viajó Teves a la República Democrática Alemana, a un Congreso Mundial de la Juventud. El charanguista fue elegido por unanimidad delegado del Sindicato del diario Expreso. Los trabajadores tomaron en cuenta su condición de dirigente del sindicato y el mérito de haber salvado la vida de Moncloa.

En Berlín Oriental compartió habitación con Rose.

-Era muy fraterno. Le gustaba cantar rancheras, que había aprendido en México. “Yo he vivido en México, tengo una hija allá”, me dijo.

Un día, después de beber unas cervezas suaves en Alexander Platz, Rose explicó: “Para escribir un poema hay que sentir y decir algo que nadie ha escrito”.

Hago un alto en la charla y la sopa, y pienso: Eso es lo que hacía Rose en el periodismo. Transformaba cualquier hecho o personaje en algo nuevo, inesperado, de suave elocuencia. En general, eso hacen los poetas auténticos cuando escriben prosa. En prosa, los poetas tiran prosa.

Casi póstumo
Prometí hace meses, años, esta entrevista. “Creí que iba a ser un homenaje casi póstumo”, me dice Teves.

-¿Antes de mi muerte?

-No. De la mía. Tú vas a durar por lo menos cien años, replica.

Conocedor y estudioso del quechua, recurre enseguida a una expresión del idioma nativo:

-Kaypirami Kachkani.

Que significa: “todavía estoy aquí”, como quien dice: “se han olvidado de mí”.

Reflexiona luego sobre la posibilidad de que Lima se convierta en quechuahablante. “Nos hemos juntado acá. Ahora hablamos quechua en los ómnibus, en las calles, en las casas, en las fiestas.

Recuerdo que una vez salía yo del callejón donde nací y crecí hasta los 30 años, con las pausas obligatorias de cárcel. Fue en una entrevista de la periodista Mónica Vecco, para un programa de TV dirigido por César Hildebrandt. Recuerdo que estaba acariciando los muros viejos del solar, cuando Teves acertó a pasar por allÑ Me invitó a su estudio.

La cámara captó en las fibras de mi cara la emoción con que escuché el charango de mi amigo, que interpretó el yaraví “Pajarillo carcelero”, que él aprendió en su infancia:

Pajarillo carcelero,
líbrame de esta prisión.
En pago del carcelaje
te daré mi corazón.

Herido de muerte vengo,
buscando una sepultura.
Tal vez la tengas abierta
dentro de tu corazón.


Le puso fuga de huayno; pero las notas no se han fugado: vibran en mis nervios.


César Lévano
Director


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