El hombre que se hizo Dios

Jesucristo, el hijo de un modesto carpintero, predicó hace dos mil años un mensaje de paz y justicia en el mundo, un mensaje que parece haber sido enterrado por sus propios seguidores, que hacen de la codicia la razón de ser de su existencia.

| 24 diciembre 2012 12:12 AM | Especial | 2k Lecturas
El hombre que se hizo Dios
JESUCRISTO

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Fue el poder de los sacerdotes el que mandó a la crucifixión a Jesús. Así, fue ejecutado posiblemente cerca al año 30. Tras su muerte, sus seguidores predicaron su legado y se hicieron de un lugar en el mundo. Aunque no fue hasta dos siglos después que celebraron la Navidad, la fecha que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén, el 25 de diciembre.

La leyenda cuenta, además, que unos magos llegados de Oriente a Jerusalén preguntaron por el «rey de los judíos que acaba de nacer», despertando la ira del rey de Judea, Herodes el Grande, que decidió acabar con el posible rival matando a centenas de infantes. A la familia de Jesús no le quedó otra que huir a Egipto y permanecer allí hasta la muerte del monarca.

El mensaje de Cristo puso en riesgo el poder de la jerarquía religiosa, que administraba el culto del Templo de Jerusalén a través de los sacerdotes y levitas, que se mantenían con los tributos de los campesinos. Entre ellos predominaban los saduceos y fariseos, que fueron blancos preferidos de los discursos de Jesús.
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Jesús, Cristo, el hombre que habría de cambiar la historia de Occidente con su mensaje de amor y redención, pero también con sus gestos de rebeldía frente a las jerarquías del poder y la religión, nació, según la leyenda, hace más de dos siglos en un humilde pesebre de Belén, una fecha que hoy es recordada con tanta fanfarria que haría ruborizar al hombre que murió crucificado para lavar los pecados del mundo.

Jesús tenía raíces humildes. Hijo de hombres del campo, su padre era un carpintero cuyos ingresos apenas servían para lo elemental en el hogar de Nazaret. Se dice que el padre conocía su origen divino por la revelación de un ángel que le anunció que el embarazo de María, su esposa, era obra del Espíritu Santo y que su hijo era el Mesías que esperaban los judíos.

La leyenda cuenta, además, que unos magos llegados de Oriente a Jerusalén preguntaron por el «rey de los judíos que acaba de nacer», despertando la ira del rey de Judea, Herodes el Grande, que decidió acabar con el posible rival matando a centenas de infantes. A la familia de Jesús no le quedó otra que huir a Egipto y permanecer allí hasta la muerte del monarca.

GALILEA
La religión de entonces era el judaísmo, que impregnó la creencia de la salvación de Israel bajo la mano de Dios. Una idea que adquirió gran fuerza en la época en que ese pueblo era sometido por la ocupación romana. En Galilea, lugar en el que vivió Jesús, predominaba también la religión judía, una religión monoteísta basada en la creencia de un único Dios. Pero no era ajena a las influencias helenísticas sobre la libertad de pensamiento, algo que Jesús habría de asimilar a su manera.

Palestina entonces se encontraba bajo dominio romano, un dominio que se ejercía mediante la creación de estados que pagaban tributo a Roma y estaban obligados a aceptar sus directrices. Galilea, el territorio en el que Jesús habría de desarrollar su apostolado, formaba parte del reino de Herodes Antipas, sucesor de Herodes el Grande y responsable de la ejecución de Juan el Bautista. Judea, en cambio, era administrada directamente por un funcionario romano.

El mensaje de Jesús adquirió pronto un tono subversivo para el poder religioso. El Sermón de la Montaña generó el resentimiento de la élite religiosa que vio en el mensaje un intento de exaltar a los campesinos, a los pobres, a los que tenían que llevar sobre sus hombros importantes cargas impositivas, tanto del poder político como del religioso. Todos los historiadores coinciden, además, en que Galilea fue la región más conflictiva durante el siglo I y que los principales movimientos revolucionarios desde la muerte de Herodes el Grande, hasta la destrucción de Jerusalén en el año 70 por los romanos, se iniciaron en la región.



EL PODER
El mensaje de Cristo puso en riesgo el poder de la jerarquía religiosa, que administraba el culto del Templo de Jerusalén a través de los sacerdotes y levitas, que se mantenían con los tributos de los campesinos. Entre ellos predominaban los saduceos y fariseos, que fueron blancos preferidos de los discursos de Jesús.

Acompañado por sus seguidores, el hijo de José y María recorrió las regiones de Galilea y Judea predicando el Evangelio y realizando numerosas sanaciones. Gran parte de los hechos de la vida de Jesús tienen como escenario la zona septentrional de Galilea, en las cercanías del mar de Tiberíades, o lago de Genesaret, especialmente la ciudad de Cafarnaúm, pero también otras, como Corozaín o Betsaida. También recorrió localidades como Canán o Naín, y la aldea de Nazaret.

Jesús predicó en sinagogas y en calles. Los evangelios cuentan que las muchedumbres se congregaban para escuchar sus palabras. Uno de los más recordados es el llamado Sermón de la Montaña, en el que se escucha por primera vez la oración del Padre Nuestro. Su mensaje hablaba del hombre común y corriente, tenía un cimiento terrenal. “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos…”, decía parte del mensaje que conmovió a sus seguidores.

Mientras crecían sus fieles, crecía también el encono de los sacerdotes del judaísmo, especialmente de saduceos y fariseos, a quienes acusó de hipocresía y de no cuidar la justicia, la compasión y la lealtad. “…si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”, dijo en cierta oportunidad.



EL AMOR
La originalidad de su mensaje radicaba en su llamado al amor al enemigo, el dar la otra mejilla, así como en su relación estrecha con Dios, a quien llamaba en arameo con la expresión familiar Abba (Padre). Él hablaba de un Dios cercano que busca a los marginados, a los oprimidos y a los pecadores, para ofrecerles su misericordia.

Cuando Juan el Bautista fue capturado por orden del tetrarca de Galilea, Antipas, formó su propio grupo de seguidores. Como predicador anunció la llegada del Reino de Dios. Durante su predicación alcanzó fama como curador y exorcista. Fue acusado de borracho y comilón, de ser amigo de prostitutas y de exorcizar con el poder del príncipe de los demonios. Las muchedumbres le inspiraban compasión y la única vez que habló de su personalidad se autodefinió como manso y humilde de corazón, pero rechazó ser llamado bueno, porque, dijo, solo Dios puede ser llamado así.

A tres años de iniciar su mensaje, su suerte estaba echada. Al llegar a Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua con un grupo de seguidores, fue detenido por orden de las autoridades religiosas judías de la ciudad, quienes lo entregaron al prefecto romano, Poncio Pilato, y lo acusaron de sedición.

Tras la denuncia se encontraban saduceos y fariseos que componían la clase gobernante del Israel espiritual. Los primeros formaban la aristocracia religiosa. Ocupaban la mayoría de los 70 lugares del concilio gobernante llamado el Sanedrín. Acataban las decisiones de Roma y parecían estar más ocupados con la política que con la religión. Por ello no se ocuparon de Jesús, hasta que se volvieron temerosos de que pudiera atraer la atención de Roma. Fue en este momento que los saduceos y fariseos se unieron y conspiraron para llevar a Cristo a la muerte.

Los fariseos, en cambio, eran en su mayoría hombres de negocios de la clase media, y estaban en contacto con el hombre común. Los fariseos contaban con una estima más alta que los saduceos entre la gente común. Aunque ellos eran una minoría en el Sanedrín, y mantenían un número minoritario de posiciones como sacerdotes, parecían controlar las decisiones. Religiosamente, ellos aceptaban la palabra escrita como inspirada por Dios, es decir aquello que ahora se conoce como el Antiguo Testamento.

Fue el poder de los sacerdotes el que mandó a la crucifixión a Jesús. Así, fue ejecutado posiblemente cerca al año 30. Tras su muerte, sus seguidores predicaron su legado y se hicieron de un lugar en el mundo. Aunque no fue hasta dos siglos después que celebraron la Navidad, la fecha que conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén, el 25 de diciembre. Una celebración que se festeja el 7 de enero en otras iglesias ortodoxas, que no aceptaron la reforma hecha al calendario juliano por el papa Gregorio XIII.

Una fecha que recordamos con gran júbilo, ricos y pobres, creyentes y no creyentes. Una fecha en la que todos se reclaman hermanos y en que se habla de paz, una paz todavía lejana en este mundo desigual e injusto, que todavía tiene cuentas pendientes por saldar con los oprimidos que lo habitan.


Efraín Rúa
Editor de Mundo


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