El Héroe de Berlín

Cuando mi gran hermano Carlos “Coco” Meneses me llevó a “Ultima Hora” a fines del 59, acababa de publicarse en dicho inolvidable diario, la estremecedora historia del “Pavo Glorioso”, sensacional alias de José Farías Ríos, quien después de haber tenido una gran actuación como velocista informal de las olimpiadas berlinesas de 1936, se había precipitado a los abismos del alcohol, hasta llegar a una sórdida cantinucha de La Parada, de cuyo asqueroso suelo fue recogido por dos reporteros policiales una oscura madrugada.

| 15 julio 2012 12:07 AM | Especial |  2.3k 
El Héroe de Berlín 2327  

Yo escuché los comentarios al cierre de edición y, naturalmente, leí la historia a cinco columnas al día siguiente.

Nunca me hubiera imaginado que dicho atleta a tornaviaje de la desgracia, diez años después rebautizado como “El Héroe de Berlín” en una novela de “Coco”, tendría en algún momento de mi vida, una dramática e imborrable aparición.

La fama auroral de Farías, nació en un torneo ganado en Santiago de Chile en 1935, para luego crecer exponencialmente, cuando en 1936, viajó de “pavo” en el barco que llevaba a futbolistas y otros atletas peruanos a las Olimpiadas, para que el “Fuhrer” maldijera para siempre a nuestros balompedistas, por el atroz pecado de casi ganarles a los austríacos en un encuentro finalmente anulado por orden del entonces omnipotente monstruo.

Volviendo al “Pavo” de esta historia, debo anotar que tras su rescate de las garras de los peores alcoholes jamás bebidos en los antros más aterradores de la sub Lima, el hombre fue encomendado a la piedad de ciertos médicos que le dieron posada y atención en el viejo hospital “Dos de Mayo”, hasta lograr su rehabilitación de una manera asombrosa.

Nunca sabremos cómo, una vez vuelto a la vida, Don José, como empezaron a llamarlo a raíz de su cuarto de hora periodístico, se convirtió en empresario de pompas fúnebres, sentando plaza a menos de cien metros del nosocomio en el cual había encontrado su resurrección y hasta ahí, podríamos cerrar la nota.

Debo contar, sin embargo, que una noche aciaga de 1962, recibí una atroz llamada telefónica mientras redactaba los graciosos titulares que dieron fama a Última Hora.

Una ronca voz, que decía pertenecer a un gran amigo de mi padre, me informaba que mi querido viejo estaba en las últimas y por lo tanto, lo mejor que podía hacer era correr a su lado, ahí en la final estación de sus aventuras, Sala Santa Rosa, del mentado “Dos de Mayo”.

Recuerdo que mi aun no compadre Lucho Loli, tuvo la gentileza solidaria de llevarme en su automóvil, hasta la puerta de emergencia del hospital, donde en atención a mi carné de periodista, me permitieron entrar a despedirme de mi agonizante padre.

Seis médicos, a los que Don Andrés había cautivado con el picante sentido del humor que no perdió ni siquiera en los umbrales de su último adiós, se batían como leones, tratando de infundir nueva energía a su corazón de amante infatigable, apelando a las sangrías y enérgicos masajes sobre el pecho, además de inyectarle diversos específicos que por esos años estaban en cartelera.

Sin embargo, todo fue inútil y mi amado viejo murió entre mis brazos poco antes de las doce de esa negra noche.

Y entonces, superado mi llanto y el amargo brindis de un trago de bromuro, que una gentil enfermera tuvo a bien alcanzarme, se me acercó el falso amigo que me había telefoneado.

Era, el otrora “Pavo Glorioso”, seudo héroe de Berlín, que jamás fue amigo de mi padre, sino más bien, algo así como socio de los administradores del hospital, quienes solían internar a tan pícaro pavo, justo al lado de alguien en vísperas de morir, a fin de que estuviera en ventaja para negociar las pompas fúnebres con los confundidos familiares, una vez producido lo inevitable.

Una de nuestras habituales criolladas, que no respetan ni siquiera la solemnidad de la muerte.

Este “Pavo de los Entierros”, me semiconsoló profesionalmente, añadiendo a su estudiado libreto, que “tenía amigos” que me facilitarían los trámites y que además “su agencia”, estaba a unos pasos del hospital, por lo que, “en unos minutos”, estaría “todo listo”.

-Es decir, trámites administrativos, ataúd y carroza, aparte de un grotesco detalle que me costaría quince soles adicionales.

Se refería a una suerte de “maquillador” –“El Chino Yuffra”, ex policía y más tarde actor cómico- que “arreglaría” al difunto, como en realidad lo hizo, perennizando, quién sabe cómo, su gesto característico de aguda ironía.

Cuando uno vive intensamente lo que hay que vivir y cuando por razones de oficio, aprende a tutearse con la desgracia, se le hace fácil comprender que efectivamente, no hay nada nuevo bajo ningún amanecer y desde luego, más sabe El Diablo, que para eso es viejo. Perdón por la tristeza.

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