El futuro de China

A pocas semanas del inicio del XVIII Congreso partidario los líderes chinos enfrentan el descontento popular por la corrupción y la política económica que beneficia a grupos privilegiados. El futuro de la segunda potencia del mundo recaerá en manos de nueve hombres y un secretario general que serán elegidos para el próximo quinquenio.

Por Diario La Primera | 18 setiembre 2012 |  1.4k 
El futuro de China
Una mirada hacia el futuro.
TENSIÓN EN EL PARTIDO COMUNISTA CHINO
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La desaparición de Xi Jinping, el hombre que debe tomar las riendas del poder tras la realización del XVIII Congreso del Partido Comunista Chino, desató una ola de rumores y generó crecientes interrogantes sobre el futuro de la segunda potencia del mundo.

Las aguas se apaciguaron con su reaparición tras dos semanas de ausencia de los escenarios públicos, en los que se produjo la visita de la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton. Sin explicaciones oficiales sobre su ausencia, corrió el rumor de que había sufrido un ataque al corazón o que se reponía de una lesión a la espalda, provocada por sus habituales sesiones de natación.

La desaparición de Xi Jinping, designado sucesor del presidente Hu Jintao, enturbió el panorama político de Pekín aunque para los analistas es claro que su suerte no está en juego, pues fue uno de los participantes de la Cumbre de Beidaihe, en agosto, en la que los líderes del Partido Comunista se congregan para discutir la suerte del país.

HEREDERO
En estas circunstancias se espera su ascenso a la secretaría general del partido y, luego, a la presidencia del país. Xi es hijo de uno de los fundadores del partido, un hombre sin cuestionamientos visibles. Después de ganar reputación como luchador contra la corrupción, en marzo de 2007 fue nombrado secretario del Partido en Shanghái, reemplazando a Chen Liangyu, quien fue removido del cargo. Pero el retraso en la convocatoria del congreso revela las dificultades de las distintas facciones para llegar a un acuerdo sobre los miembros de la dirección colegiada.

Xi es visto como un hombre de consenso, con buenas conexiones con los distintos grupos partidarios pero sin adhesión a ninguno. Hasta el momento no existe anunció oficial sobre las fechas del congreso que debería proclamar a Xi como secretario general, aunque se espera que sea en octubre. La organización de la cita política más importante del país, que tiene lugar cada cinco años, está rodeada de incertidumbre. Allí se elegirá a los nuevos líderes del partido de la década.

A pesar de los deseos oficiales de convertir al XVIII Congreso en una fiesta partidaria, el escándalo se cierne sobre el evento. El más publicitado fue el de Bo Xilai, representante de los sectores duros del partido, alcalde de la municipalidad de Chongqing y el político más popular en el país hasta que estalló el escándalo del asesinato del británico Neil Heywood, de la que fue acusada y condenada su esposa, Gu Kailai, con pena de muerte suspendida.


Un partido que se acomodó.

POBREZA
El evento se desarrollará, además, en medio del creciente descontento de la población, que asume los costos de 30 años de reforma económica, que permitieron el crecimiento del PBI y de las exportaciones masivas, a costa de sueldos de hambre y condiciones de trabajo esclavizantes para el proletariado chino, condiciones que harían revolverse en su tumba al fundador del partido, Mao Tse Tung.

Las reformas estarán en el centro del debate del Congreso. Un sector opina que se deben concluir las innovaciones introducidas por Deng Xiao-ping, privatizando las industrias que aún permanecen en manos del Estado, reduciendo las dimensiones del gobierno y confiando más en la iniciativa privada.

Otro bando cree, en cambio, que debe reducirse la creciente desigualdad y reforzar la seguridad social. Cree además en la democratización del partido, que mantiene tesis leninistas pero aplica políticas liberales en lo económico. Entre los primeros se cuentan los miembros de la “facción de Shanghái”, seguidores del expresidente Jiang Zemin, que abogan por un crecimiento sin límites basado en el mercado. El otro, defendido por el presidente Hu Jintao y el primer ministro Wen Jiabao, busca el crecimiento, pero con un papel protagónico de las empresas estatales y con un corte mucho más social.

Mientras, el descontento nutre a 800 millones de chinos en situación de extrema pobreza, la mayoría hombres de campo. El analista Fu Ming afirma que el PCCh siempre “intentó” reformar al campo, pero sus intentos fallaron, tal vez porque no le conviene cambiar la situación del campesinado. “La pobreza del interior le permite principalmente al PCCh mantener el acceso a una gran masa de mano de obra barata, en la que se incluyen los trabajadores “migrantes” de las ciudades y conos urbanos, y además asegura el control psicológico de los campesinos al mantenerlos económicamente dependientes del PCCh”, anota.

En ese contexto, la mano de obra barata genera precios bajos con los cuales los productos chinos han dominado los mercados mundiales -en particular el estadounidense y el europeo-, atrayendo, a su vez, enormes inyecciones de inversión extranjera. Esta es la base sobre la cual el régimen chino ha edificado su PBI, concluye.

Así, los que se enriquecen son una minoría. En la gran área central del oeste y sur de China, los ingresos anuales promedio de una familia son inferiores a 5.000 yuan (600 dólares). En la provincia de Guangdong, muchos trabajadores ganan menos de 800 yuan (120 dólares) al mes. En áreas aparentemente bien desarrolladas como la ciudad de Shenzhen, los ingresos promedio son sólo de 1.500 yuan (200 dólares) al mes.

Esto crea una condición que favorece a los inversionistas extranjeros. En las últimas décadas, China se ha ido convirtiendo en un país en que se sobreexplota a los trabajadores: sueldos bajos, largas jornadas, pobres condiciones laborales, ningún beneficio social y contaminación ambiental.

A diferencia de lo que ocurre en el campo y en las fábricas, el PCCh incrementa los precios para mantener altos ingresos en sectores como el inmobiliario, comunicaciones, petróleo, aviación, transporte, energía y sectores de recursos acuíferos. Los ejecutivos que dirigen las empresas monopólicas controladas por el PCCh habitualmente tienen fuertes lazos con los altos funcionarios del partido.

ESCÁNDALOS
En ese contexto se produjeron los sonados escándalos. El mayor de ellos fue el de Bo Xilai, miembro del Politburó, que debería haber ascendido en el Congreso al Comité Permanente, el órgano de nueve escaños donde se sienta la dirección colegiada de China. El otro se produjo luego que un grupo de veteranos reclamara la destitución de Zhou Yongkang, uno de los nueve integrantes del Comité Permanente y máximo responsable de la seguridad china. A él se le sindica como un líder corrupto, violento y con gran ambición de poder. Se dice que su hijo Zhou Bin maneja una “red” de corrupción.

La purga de Bo desató la crisis política más grave del gobierno desde la matanza de Tiananmen e incrementó los rumores sobre una escisión entre la facción de Bo, y el ala del primer ministro, Wen Jiabao, el hombre que acompañó al purgado secretario general Zhao Ziyang en la Plaza de Tiananmen durante las protestas en 1989.

Pese al pedido de los veteranos del partido, algunos de los cuales recibieron amenazas de muerte, Zhou -mentor de Bo-, tuvo recursos para frenar nuevas denuncias y Hu Jintao, deseoso de alcanzar una transición pacífica en el partido, puso fin a los ataques dejando en claro que el cuestionado iba a abandonar la dirección colegiada.

La última víctima de la lucha interna ha sido Li Jihua, director de la Oficina General del Comité Central, destituido el pasado 1 de setiembre. Li era la mano derecha de Hu Jintao en los asuntos del PCCh y era bolo fijo para ascender a uno de los 25 escaños del Politburó. Pero el escándalo del mortal accidente de su hijo, que se estrelló con su Ferrari acompañado de jóvenes semidesnudas, acabó con su candidatura.

En estas circunstancias todo apunta a que Xi Jinping asumirá la secretaría general del PCCh y luego será nombrado jefe del Estado por el pleno de la Asamblea Popular Nacional que se reunirá en marzo. Su misión será hacer frente al creciente descontento social por el abismo abierto entre ricos y pobres, por la rampante corrupción y por el absurdo secretismo del partido.


Efraín Rúa
Editor de Mundo
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