El fin de la jarana y de las Cinco Grandes

La última de “Las Cinco Grandes de la Canción Criolla”, la “Reina de la Jarana”, formó parte de la leyenda de la música criolla desde los años 40.

| 28 octubre 2012 12:10 AM | Especial | 2.7k Lecturas
El fin de la jarana y de las Cinco Grandes
Con la partida física de Esther Granados, llegó a su fin Las Cinco Grandes, pero sobrevive la leyenda.
EN MEMORIA DE ESTHER GRANADOS

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Granados hizo del canto una celebración jubilosa y su tono, a diferencia de Jesús Vásquez, Angulo, Vallejos y Lizárraga, era jaranista. Granados sabía que el guapeo jaranero resultaba indispensable para animar toda melodía…”
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En vísperas de una celebración más por el Día de la Canción Criolla, los cultores del acervo costeño perdieron al último emblema femenino que forma parte de la leyenda popular. Si el nombre de María Esther Granados Ulloa de Ayllón no está dentro de la retina mental del común de los criollos, sí lo es Esther Granados, la “Reina de la Jarana” o, simplemente, “Solita me jaraneo”.

La muerte de Granados, ocurrida el pasado 19 de octubre, marca el fin de “Las Cinco Grandes de la Canción Criolla”, un grupo de voces femeninas consideradas por el gusto popular como las más emblemáticas y queridas del aún asfixiante centralismo limeño.

En la segunda mitad de la década del 50 se tuvo la idea de impulsar una música nacional costeña que, aunque mantenía un apogeo todavía no superado hasta este momento, la presencia de géneros tropicales, tangos, boleros y el frenético rock and roll, significaban una competencia seria. Para ello se juntó a la reina y señora Jesús Vázquez (1920-2010) con las ya consagradas Delia Vallejos (1925-2005), Alicia Lizárraga (1917-2004), Eloísa Angulo (1919-1991) y la propia Esther Granados, quienes realizaron giras dentro y fuera del país.

El reconocimiento no se hizo esperar y la designación de “Las Cinco Grandes de la Canción Criolla” quedó para siempre; se trataba de tan queridas y únicas cancionistas que ya eran triunfadoras desde la década de 1940, cuando aún se requería viajar a Buenos Aires o Santiago de Chile para perennizar las voces en un disco de 78 revoluciones.

Esther Granados nació en Lima, el 30 de enero de 1926, viviendo sus primeros años cerca de la Plaza de la Inquisición en los Barrios Altos. Siempre ligada al canto, ya sus compañeras del colegio la instaban a que cantara; como lo hacía tan bien, un día la animaron a presentarse en los estudios de Radio Goicochea, ubicado en el actual Cine Metro -en la Plaza San Martín- en el Centro de Lima. Tras debutar en los escenarios limeños en 1939, formó parte del elenco de Radio Lima, que reunió a destacados intérpretes de la música criolla bajo la dirección del compositor Filomeno Ormeño Belmonte.

La muerte le llegó cuando tenía 86 años y más de 60 dedicados a la música criolla. Su inmortalidad radica en que su voz inconfundible fue plasmada en más de un centenar de discos en Sono Radio, Odeón y FTA.

Individualismo jaranero
Ningún aficionado a la música criolla puede desligar la imagen de Esther Granados a la frase “Yo solita me jaraneo”; esta nació en la década de los 60 y durante las audiciones en vivo que difundía Radio La Crónica. Cuando Esther animaba en vivo y al mediodía un programa de música criolla, su gracia contagiante provocó que un aficionado subiera al escenario para bailar con ella; para evitar el desorden, Esther lo retuvo improvisando la frase: “Ahí nomás, amigo…Que yo solita me jaraneo”. Ni ella misma pensó que aquella muletilla no solo daría inicio a una cuña que la identificaría de por vida, sino que se repetiría generacionalmente como una acepción de individualismo, quizás más ocurrente que el trillado “bailar con su propio pañuelo” para connotar lo mismo.

Las muletillas son expresiones estereotipadas que se utilizan de manera automática para lograr determinados fines que no suelen ser conscientes; estas mantienen el interés de los interlocutores y buscan pequeños acuerdos o complicidades con ellos. Asimismo, subraya, matiza o da un significado especial a ciertas expresiones y, en el caso de “solita me jaraneo”, controla el estatus social/cultural criollo, costeño y limeño desde el que pretende manifestarse ante los demás. Aunque la farándula peruana está llena de personajes que saltaron a la fama por uno o dos segundos de aparición televisiva, ese no es el caso de Esther Granados, quien ya tenía la categoría de ídolo mucho antes de acuñar la frase.

Jarana despreocupada
Parte del repertorio de Esther Granados tiene la virtud de develar a plenitud las fantasías sobre las cuales está montada la ideología criolla. Con la cultura criolla el sujeto afirma la supremacía de los intereses individuales sobre los sociales; el criollismo ha producido un sujeto que, aunque insatisfecho por sus condiciones individuales y sociales de vida, no está convencido de construir o participar en la construcción de una propuesta alguna de cambio.

“Criollismo”, una de las polcas emblemáticas de Granados, compuesta por Yolanda Vigil, es más que elocuente: “¡Que viva!, ¡sí!, ¡Que viva la Jarana! / que bailen todos, hasta que salga el sol / no nos importa lo que venga mañana, / si hemos vivido un rato de emoción”.

Con el tiempo, las jaranas llegaron a adquirir un carácter casi mágico y sagrado entre los criollos; los jaranistas conformaban una suerte de aristocracia popular cuyo carácter les daba un aire de distinción que los podía insertar en un juego de relaciones con la élite señorial limeña. Granados hizo del canto una celebración jubilosa y su tono, a diferencia de Jesús Vásquez, Angulo, Vallejos y Lizárraga, era jaranista. Granados sabía que el guapeo jaranero resultaba indispensable para animar toda melodía; si otrora el “anda tú”, “dale”, “echa”, “ayayai”, fueron exclusividad del varón, era con Granados que la mujer tomaba la iniciativa, pasando a ser protagonista.

Pero quizás su vals más emblemático fue “Suspiros”, compuesto por el chiclayano Pedro Bocanegra: “Un suspiro de mi pecho a ti, / es prueba de mi gran cariño, / porque el amor que te tengo a ti, / es igual al de un niño, / y queriéndote yo así, / con todito el corazón / y si algún día murieras, / me consolaría amándote hasta el morir”.

El coro ha quedado en la memoria colectiva por su originalidad: “Yo quiero que escuches la imagen de mi alma que te ama y te adora como una aventura que nadie ha gozado, / tu nombre quedará grabado / para ser dichoso con tu santo amor.” Por la rapidez de su interpretación y lo largo del verso, se hizo popular en otros países de la región como Chile, Ecuador y Argentina, donde su estilo es sinónimo de Perú.

Con Esther Granados sucedió lo mismo que con el resto de Las Cinco Grandes; la televisión y los adelantos tecnológicos en las grabaciones pretendieron difundir su imagen a las nuevas generaciones que no la vieron en su máximo esplendor; para ello forzaron nuevas grabaciones sin la calidad vocal de antaño; son esos registros sonoros los que se perennizaron en la memoria de muchos jóvenes.


Ernesto Toledo Brückmann
Colaborador


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