“El diálogo supone interlocutores; el monólogo no”

“Los ermitaños” cumplen 50 años desde su aparición. Por este y otros motivos, he aquí una charla con su autor, Antonio Gálvez Ronceros, uno de los más grandes cuentistas peruanos.

| 09 junio 2012 12:06 AM | Especial | 4.2k Lecturas
El contador de cuentos
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Una avioneta surca la casa y el barrio de Antonio Gálvez Ronceros, poblada de calles que comienzan con el nombre de “Loma”. Él vive en Loma Real, que si bien pudo haber sido loma algún día, ahora es concreto y pintura con un corazón verde y grande como parque que rodean estas calles en Surco.

La Base Aérea Las Palmas está cerca, y sus aviones distraen al escritor de su oficio: “Es peligrosísimo. En Pisco se han caído algunos aviones. Y el temor es que se caiga alguno sobre este sector de Lima. Debieran irse fuera de las ciudades”, dice, tal vez a inquietar el mar Pacífico.

Hace poco, el autor de “Monólogos desde las tinieblas”, disertó en una charla sobre este libro, en la Casa Mariátegui. El título, a decir del escritor Miguel Gutiérrez (en “La generación del 50”), no corresponde con el espíritu del libro.

—Nunca supe por qué lo dijo —señala Gálvez Ronceros.

Tal vez es el humor, el aire festivo de la vida cotidiana, la claridad alba de la prosa a lo que se refería Gutiérrez, que no encaja con un título que es una sentencia.

—Yo he utilizado una metáfora —responde—. El monólogo no tiene los alcances del diálogo. El diálogo supone interlocutores. El monólogo no; es una voz sola y, por lo tanto, no está abierta al diálogo. Cuando hay diálogo, se puede intentar solucionar algunos problemas. El hombre descendiente de africanos, después de haber sido esclavo, ha seguido en la marginación. Muchos problemas han aquejado y aún aquejan a los afrodescendientes, y una forma de atender su situación es que la sociedad, los poderes de la sociedad, vale decir, traten de resolver esos problemas. La forma inicial es el diálogo. La voz que reclama que no permanezcan aislados estos buenos hombres no encuentran interlocutor; entonces, es solo un monólogo.

—¿Y las tinieblas?
—Tiene un doble sentido. Aquello de “desde las tinieblas” se refiere a una oscuridad en el sentido de que no hay voluntad de querer ver qué cosa es lo que ocurre, no querer iluminar para poder enterarse de los problemas. Ese el sentido que prima.

Es puro cuento
No es un ermitaño el escritor chinchano, que este 14 de octubre cumplirá 80 años. Sus alumnos en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos lo recuerdan como el hombre que enseñaba a ponerle las comas y los puntos a los textos, escuchando la música de lo leído y sintiendo la respiración del lector. Ahora, jubilado de sus clases maestras, pero no de la escritura, Antonio Leoncio Gálvez Ronceros casi termina otro libro de cuentos, y sigue avanzando en esa carrera lenta pero segura que es la escritura de dos novelas.

“Aún no las he terminado”, dice. Por lo pronto, su literatura es puro cuento.

—¿Desde cuándo las escribe?
—Las voy escribiendo poco a poco. Por enésima vez me preguntan por eso. La primera se titula “Perro con poeta en la taberna”…

—Parece más la descripción de un cuadro cubista—digo.
Gálvez Ronceros, ilustrador de sus cuentos, señala que se trata de un diálogo de madrugada de un poeta y un perro en la ciudad de Huancayo. Es, en realidad, una sátira a la vanidad del artista.

—¿No cree usted que escribir es “La disciplina de la vanidad”, como Iván Thays?
—No lo he leído. Me gustaría leer el libro.

—¿Ha sucumbido a la vanidad alguna vez?
—Que yo recuerde, no.

—¿De qué trata la otra novela?
—“Marleni era el prostíbulo” es la vida de una prostituta. Me doy cuenta de que ya es tiempo de que esas dos obras estén terminadas. Y hay un libro de cuentos a punto de concluirse que va a llevar por título el de uno de los cuentos que se incluyen: “La casa apartada”, con historias ambientadas en provincia, sobre todo en la campiña, en el campo.


Una de las ilustraciones hechas por Gálvez Ronceros para “Joche”.

50 años de “Los ermitaños”
Cuando empezó a escribir el libro de relatos “Los ermitaños”, el autor estudiaba en la Escuela Normal Superior Enrique Guzmán y Valle, hoy universidad, para ser docente de castellano, literatura e historia. En la campiña se dedicaba a dibujar, pero ya en la Escuela, en Chosica, se interesó por la ficción literaria.

Sus maestros literarios fueron Jorge Luis Borges y Juan Rulfo; esencialmente ellos, reconoce, “aunque nada tengan que ver con la índole de los personajes de mi libro”. La técnica, no el tema, le interesaba de los escritores: “Borges elogiaba a Pinochet, pero su literatura deleita”.

—Gutiérrez, en “La generación del 50”, dice que usted no fue muy publicitado debido a una argolla periodística literaria.
—Yo comparto, en parte, esa opinión; recuerdo que cuando apareció “Los ermitaños”, hubo un comentario muy entusiasta del doctor Luis Alberto Ratto, egresado de la Universidad Católica, profesor en la Escuela Normal Superior de La Cantuta. Claro, él no escribía constantemente en un medio de comunicación; lo hacía esporádicamente.

—Gutiérrez también dijo que, en cuentos, primero es Julio Ramón Ribeyro y segundo, usted. ¿Qué opina al respecto?
—No puedo opinar sobre eso; esa es su opinión.

—¿Por qué hay esa separación de años tan grande entre libro y libro?
—Entre “Los ermitaños” (1962), “Monólogos desde las tinieblas” (1975) e “Historias para reunir a los hombres” (1988) hay trece años de distancia entre libro y libro, pero es solo coincidencia.

—¿No es un número cabalístico?
—Ha sido una casualidad. Al año siguiente, en 1989, publiqué mi cuarto libro, una selección de notas y artículos periodísticos, “Aventuras con el candor”. Y el otro libro, es uno de cuentos de 2003, “Cuaderno de agravios y lamentaciones”.


LA ESCRITURA NACIÓ EN LIMA
Era 1962 cuando publicó el primer libro de cuentos, pero antes, en su natal Chincha, no pensaba en escribir todavía. En el 61 afincó en Lima. Después de estudiar docencia en La Cantuta (Chosica), que ejerció en Chincha, estudió Literatura en San Marcos (Lima), lo cual le permitió ejercer la docencia universitaria.

—¿Fue necesario instalarse en Lima para poder escribir?
—La mayoría de los cuentos de “Los ermitaños” los escribí cuando fui estudiante de La Cantuta, y se publicaron en el suplemento dominical del diario “El Comercio” en una época en que todos los domingos ese suplemento publicaba un cuento de diferentes autores. Siempre tuve en mente publicar mi primer libro, pero la cantidad de cuentos que tenía hasta entonces, y que fueron escritos mientras fui estudiante de La Cantuta, no eran suficientes, y debí escribir otros. El cuento “Joche”, que es la denominación cariñosa que los campesinos le dan a todo aquel que se llame José, me llevó mucho tiempo escribirlo, lo pensaba bastante desde que estuve en el segundo año en mis estudios en La Cantuta. Empecé a escribir esa historia en el 59, en Chincha, y el 60 seguí escribiéndolo, y lo terminé el 61 en Lima. El cuento “Sombreros” lo escribí en Lima.

—¿Nunca tuvo en Chincha la idea de ser escritor?
—La idea de escribir no; claro que no.

—¿Leía algunos libros o no antes de salir de Chincha?
—Sí, en tercero, cuarto y quinto de secundaria. Con cuatro compañeros de estudios de mi promoción íbamos todas las noches, menos los domingos, a la Biblioteca Municipal, desde las 7 hasta el cierre, aprovechando una coyuntura. Quien dirigía la biblioteca en esa época era una señora joven amiga de la familia de uno de estos cuatro compañeros. Eso nos permitía llegar a la biblioteca, coger el manojo de llaves y entrar en las habitaciones interiores donde estaban los estantes y “picar” los libros, abrir los estantes y “picar” la lectura de los primeros párrafos a ver si nos gustaba o no; si considerábamos que valía la pena, pedíamos prestado el libro a la directora aprovechando la amistad. Estamos hablando de inicios de los 50; creo que nosotros inauguramos, sin darnos cuenta, el préstamo de libros a domicilio.

—Aprovechaban sus fines de semana para leer.
—Nosotros no teníamos mayor orientación. Los profesores que podían aconsejarnos sobre autores no existían. Cuando estudié el curso de literatura, tenía un profesor que, se suponía, conocía, pero no conocía de estas cosas, ni podía aconsejarnos, y tomamos autores al azar, pero eso sí, leyendo constantemente.


LOS PREFIERE EXTRANJEROS
Lecturas actuales

—¿Qué lee actualmente Gálvez Ronceros?
—Un libro de cuentos de un inglés, “Agua pesada”, de Martín Amis. Y estoy releyendo un libro de “Cuentos” de humor de un ruso, Arcadio Averchenko.

—¿Lee la literatura peruana actual?
—Le doy preferencia a los libros extranjeros. Los traducidos al español, por lo general, desaparecen de las librerías; en cambio, los libros de autores nacionales los puedes encontrar.


PASO DEL TIEMPO
Recuerdos del Grupo Narración

“Miguel Gutiérrez está en Lima; no nos vemos. Oswaldo Reynoso también; a veces conversamos por teléfono. Gregorio Martínez está en Washington hace varios años. Con Nilo Espinoza (el padre; tiene un hijo con el mismo nombre), hemos tenido algunas aventuras periodísticas, pero no hay oportunidad de vernos. Con Roberto Reyes, profesor de la Universidad Ricardo Palma, a veces me encuentro en algunas presentaciones de libros; la última vez fue en la presentación de una novela de Juan Morillo Ganoza, otro integrante de Narración. Félix Toshikiko Arakaki se fue a Francia el año 88, con el propósito de volver quince días después y, bueno, hasta ahora no ha regresado. Él publicó un libro que reunía algunos cuentos de entre las historias que él había publicado en un suplemento laboral sabatino que se publicaba en la década del 70, por el diario “La Prensa”, y que dirigía el periodista y poeta César Lévano. Él estaba a cargo de publicar todos los sábados una historia sobre el problema de los trabajadores; era narrativa”.


Marco Fernández
Redacción


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