El después de La Parada

Las escenas de violencia en La Parada, con un saldo de cuatro muertos, nos dejan profundo dolor y preocupación. El cierre de La Parada y el establecimiento de un nuevo mercado mayorista en Santa Anita deben seguir adelante, pero hay que tener en cuenta que no se trata solo de un cambio de mercado, sino de la erradicación de una territorialidad, sin ley ni autoridad, que implica el cambio de vida de miles de ciudadanos con quienes las autoridades se deben comunicar hasta lograr el consenso.

| 04 noviembre 2012 12:11 AM | Especial | 1.9k Lecturas
El después de La Parada
Ahora hay que cambiar, mediante el consenso, la vida en San Cosme y El Pino.
1981

Ahora viene lo más difícil: afrontar la situación de los cargadores, estibadores, vivanderas, comerciantes minoristas adolescentes y jóvenes que se recurseaban con cachuelos, que tenían toda una forma de vida y estrategias de sobrevivencia y cuyos ingresos dependían de la actividad de La Parada.

Repetimos, La Parada no es solo un mercado o un barrio es una territorialidad de la marginalidad con sus propias reglas y cuotas de poder y con un alto índice de delincuencia en las zonas colindantes.

DEGRADACIÓN
Este es un submundo caótico edificado con el esfuerzo de gente provinciana, emprendedora y trabajadora, que se mueve entre la informalidad y la ilegalidad, entre el horror y la delincuencia, entre la miseria humana y los fétidos basurales, entre el negocio de la droga y la prostitución.

Es el infierno simbólico de nuestra historia republicana y la degradación cultural y cívica que padecemos frente a la inacción de anteriores autoridades nacionales y municipales.

Era absolutamente previsible la reacción de los comerciantes, estibadores, cargadores y delincuentes, así como la resistencia de vándalos a sueldo contratados por los dirigentes. Diversas autoridades políticas y periodistas han condenado los actos de vandalismo y los responsables deben ser sancionados por la ley.

Pero resulta censurable la violencia simbólica de la televisión, al mostrar una y otra vez determinadas imágenes para ensañarse contra los desadaptados que han sido llamados, con odio, salvajes y malditos. Más allá de esto, es necesario reflexionar qué tipo de sociedad somos que producimos esta violencia tan exacerbada. Y, en esto todos somos responsables.

EL EJEMPLO DE GUAYAQUIL
Atribuir todo el problema a la existencia de unos malditos, revela una ceguera histórica que exculpa la ausencia del Estado, acrecienta las contradicciones y no ayuda a solucionar el problema.

El saqueo efectuado en Gamarra por las turbas que bajaron de los cerros El Pino y San Cosme es una seria advertencia que el problema está aún latente. Estas territorialidades son bombas de tiempo que pueden estallar frente a cualquier intento de hacer respetar la ley. Por eso todo proyecto debe ser concensuado.

Y esto es viable a través del modelo de la Acción Comunicativa de Habermas. Una comunicación en función de la vida, que propone la estrategia del entendimiento de las partes hacia el consenso y el bien común en una sociedad.

En esta perspectiva, es importante el ejemplo de Guayaquil, cuyo alcalde, Jaime Nebot, transformó con un proyecto en el que participaron los habitantes, el peligroso cerro Santa Ana en una villa turística que ha mejorado la calidad de vida de los pobladores, que crearon sus propios negocios: artesanías, restaurantes, cafeterías, heladerías, galerías de arte, etc. Ojalá que la terrible experiencia que hemos vivido, nos sirva para mirar el futuro y emprender proyectos de esta magnitud.


Aurora Bravo Heredia
Colaboradora


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