El Cuartelazo de Huapaya

Poco antes del terremoto del 40 y el saqueo a los japoneses, este escribidor vivía en “La Confianza”, muy cerca al Cuartel de Santa Catalina, viejo fuerte que miraba -aun niño- con una mezcla de temor y curiosidad.

| 13 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 3.3k Lecturas
El Cuartelazo de Huapaya
El antiguo fuerte Santa Catalina.
OJO HUMANO

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“Uno de los reclutas al mando del Sargento Huapaya, se llamaba Juan Velasco Alvarado, a quien el estigma P.T. (Procedencia de Tropa), perseguiría hasta sus años de General y luego Presidente.”

“Esa noche, el sargento Víctor Huapaya Chacón, decidió “cambiar la Historia del Perú” y entonces pues, sublevó a sus cabos, sargentos y rasos, apresó a los oficiales y salió a las calles.”
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Casi frente a sus antiguos, grisazulosos adobes, se ubicaba -y ahí sigue estando- la iglesia del mismo nombre, a cuyos dominios me filtraba en los atardeceres, “gordo” en mano, para canjear dicha moneda de cobre, por algunos caramelos de sacristía, destinados a los niños piadosos, pero que también me ligaban a mí, medio diablillo, ya, para entonces.

Al costado del cuartel, en una media calle –“cortada”, dirían los argentinos- se distinguía la casita de dos pisos de la señora Beatriz, embajadora del más allá, por vía de las tres patas.

Visitaban con frecuencia su modesto albergue, damas golpeadas por el mal amor y también, cómo no, por profesionales de la intriga política, que llegaban al caer la noche, con el sombrero calado a lo Gardel, para semiocultar su amenazada identidad golpista.

Doña Beatriz, invocaba al Padre Urraca, a Catalina Huanca y dicen que también a Santa Rosa de Lima, en los altos de su vivienda traqueteante que años más tarde, visitaría yo, acompañando a cierta flaquita marinovia que perdió un afortunado matri, ya con pelota dominada, frente al altar, por razones misteriosas.

Y yo, claro, la consolaba pues, mientras la doña invocaba a los espíritus, para hacerle entender su desventura.

Pero volviendo a mi infancia, cierta mañana, a punto de cruzar la plaza Santa Catalina, al lado de mi adorada madre, hube de conocer el miedo grande, en vivo y en directo, versión inolvidable, que se perdió Hollywood.

Resulta que nos cruzamos con un pelotón de “sombrerones”, policía a caballo, que por entonces resguardaba el orden en cualquier barrio sospechoso de tumulto.

De pronto, el sorpresivo bocinazo de un ómnibus Cocharcas – José Leal espantó a los solípedos que se largaron a correr en alboroto, desmontando -algunos de ellos- a sus enérgicos jinetes que carabina en mano, trataban de alcanzarlos en su estampida por el jirón Puno, calle “La Confianza”, mi estimado, donde poco después me sorprendería el aterrador sismo del 24 de mayo de 1940.

Una rápida reacción de mi vieja, alcanzó a cobijarnos en un recoveco esquinero que nos salvó la vida, aunque el sustazo sobrevivió por un tiempo y sólo se fue de mi vida al conjuro del agua de azahar y algunos rezos de “La Magnífica”, oración que fugó al olvido de las almas piadosas, corazoncito de Jesús.

Con el paso del tiempo, di en investigar la historia del Fuerte Santa Catalina y así pude averiguar, que allí se entregaron las armas de nuestros compatriotas, tras el descalabro de San Juan y Miraflores, aciagos tiempos de 1880, mi estimado.

También en sus “cuadras” de oficiales, -en abriles más cercanos- fue asesinado el general Varela, en cuya memoria se bautizó esa avenida que cruza el distrito de Breña y ya nadie sabe porqué se llama así.

Pero lo más pintoresco de la leyenda de este añoso museo castrense, es, sin duda alguna,”El Cuartelazo de Huapaya”, evento que solían relatar los viejos limeños, cuando estaba de moda, esa “sobremesa sabia y serena”, que cantaba la tía Chabuca en uno de sus valses.

El asunto estalló la noche del 23 de marzo de 1931, en medio de una turbulenta situación política que había conocido seis presidentes de la república, en el curso de los siete meses anteriores.

Esa noche, el sargento Víctor Huapaya Chacón, decidió “cambiar la Historia del Perú” y entonces pues, sublevó a sus cabos, sargentos y rasos, apresó a los oficiales y salió a las calles, a bordo de los primeros, prehistóricos tanques “Sherman” que habría de conocer nuestra panoplia (no es lisura, carretitas), militar y disparando los viejísimos Máuser Modelo Original Peruano, 1907, comprados para unificar calibres, tras la derrota de “La Guerra del Pacífico”. También se hacía fuego desde las torretas de los blindados y se gritaba: ¡Viva el Perú! para dar colorido a la pachanga.

Los “facciosos”, como diría un señorial diario de todos los tiempos, -el mismo que publicaría el evento al día siguiente, bajo el titular: “Los Luctuosos Sucesos de Ayer”-, llegaron al centro de Lima y se dieron el lujo de tomar la torre de la iglesia de La Merced, a toda bala, para luego intentar la marcha sobre Palacio.

Llegados que fueron ante la casa de Don Pancho, resultaron rechazados por los crolos del Regimiento Escolta “Mariscal Nieto” que fundó Castilla, reclutando a “manumitidos” que debían lealtad hasta la muerte, a él y a sus sucesores en la Presidencia, compadre.

Un batallón de infantería, salió al paso de los revoltosos y los correteó de vuelta a su cuartel, donde éstos, volvieron a hacerse fuertes, entablando un tiroteo con los leales, por más de treinta minutos.

En eso, se apareció por ahí el cerreño comandante Don Gustavo A. Jiménez, mal llamado “El Zorro”, a la sazón Presidente de la República por seis azarosos días, quien de puro macho, exigió la presencia del cabecilla del chongo y como éste saliera guapeando con una espada de oficial, “El Zorro” Jiménez que era bravo a la antigua, le arrebató el arma, para romperla de un rodillazo y luego, solapa nomás, se quitó, porque tampoco estaba la Magdalena para tafetanes, ni la china para calzones blancos, como se decía en aquellos tiempos del kake walk, la tifoidea y el leprosorio de la Portada de Guía.

Finalmente, un par de aviones de esos que los viejos avioneros llamaban “Panchos”, ametralló a los sublevados y se acabó el bailongo.

Cincuenta, entre clases y “morocos”, fueron trasladados al “Frontón”, en tanto “El Zorro”, preparaba las elecciones, a ser administradas por una Comisión de Notables, integrada por Luis E. Valcárcel, Luis Alberto Sánchez y Jorge Basadre Grohman, entre otros matadores que estaban en cartel por esos días.

Disputarían el campeonato, el Comanche Luis Miguel (a quien los apristas apodaban “Magnolio”, o “El Mocho”, de puro picones) Sánchez Cerro y el por entonces joven revolucionario, Víctor Raúl Haya de la Torre.

Lo que sirve para rematar la historia, es que uno de los reclutas al mando del Sargento Huapaya, se llamaba Juan Velasco Alvarado, a quien el estigma P.T. (Procedencia de Tropa), perseguiría hasta sus años de General y luego Presidente, al golpe de la “Página Once”.

Alguien a quien los devotos de keikos y pepecás, de ayer, hoy y siempre, no perdonarán jamás por haber tratado de cambiar el rumbo de nuestro cumbiambero país, estableciendo -entre otras cosas- la justicia social que le dicen, primo.

Otro detalle, es que más tarde, allá por 1945, un joven reportero, de nombre Juan Gonzalo Rose, -que luego habría de convertirse en una de las voces más altas de nuestra poesía- entrevistó en su lecho de muerte, en el Hospital “Dos de Mayo”, a un viejo ex sargento de nombre Víctor Huapaya Chacón.

Y cuando el novato redactor le preguntó por los males del Perú y sus responsables, el anciano, en esforzado resuello, respondió: “los ricos…los extranjeros, los vendepatria”. Horas más tarde, exhaló el último suspiro. Lo demás es historia.

Y como ustedes suponen…más sabe El Diablo…

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