El Corredor Azul

Nada llama más la atención de Lima a un turista que su caótico transporte público. Los extranjeros quedan pasmados al ver la cantidad de vehículos de pasajeros que en cualquier lugar más o menos civilizado estarían prohibidos. El asombro crece con las rutas irregulares, sin paraderos, sin límite de velocidad, sin horarios definidos. Encima, descubren insólitos taxis sin taxímetros.

| 19 setiembre 2014 04:09 AM | Especial | 2.1k Lecturas
El Corredor Azul
El Corredor Azul
Agustín Haya de la Torre
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La compasión pronto reemplaza al desconcierto, cuando constatan que a los limeños el asunto les parece natural. Si bien algo avanzamos con el tren eléctrico, el Metropolitano y ahora con el “Corredor Azul”, el caos no es gratuito. Responde a una ideología que se impuso a rajatabla en los años noventa.

Quienes caminan la treintena todavía recuerdan líneas de buses municipales, de tamaño adecuado, con paraderos y hasta choferes con corbata. Tal sistema fue destruido a propósito. El fujimorato decidió que impere solo lo privado y acabó con las empresas de los ayuntamientos.

La consigna de Carlos Boloña, campeón del extremismo privatista, sostenía que no importaba que los microbuses tengan el timón en el techo con tal de que lleven pasajeros. De pronto la tasa de accidentes de tránsito aumentó geométricamente y el capitalismo salvaje impuso sus maldades y miserias.

El fujimorismo retomó una vieja idea de la derecha oligárquica, enemiga del transporte público. Ya en los años cincuenta y sesenta, el diario La Prensa, entre otros, encabezaba intensas campañas contra los sindicatos de choferes y contra la compañía nacional de tranvías, su blanco favorito. Sesudos “expertos” opinaban que el futuro pertenecía a los coches y la gasolina, que los trenes resultaban innecesarios y que, en todo caso, el transporte público debía privatizarse por completo.

El sueño toma cuerpo en la época de la dictadura cleptocrática. Desde entonces, grupos de inversionistas privados, siempre al borde de la ley, capturaron el transporte. El atropello a los derechos ciudadanos se convirtió en una costumbre violenta, asesinando sin pausa a pasajeros y transeúntes, y, arruinando el tiempo útil de la gente, condenada a largas horas de martirio para trasladarse de un lugar a otro en pésimas condiciones.

El tren eléctrico acabó paralizado durante dos décadas en aras de la barbarie de los piratas. Por ello que un sistema integrado de transporte con unidades adecuadas y nuevas, como el Corredor Azul, debe tomarse como parte del esfuerzo por recuperar una ciudad civilizada.

Lo inauguran cuando la alcaldesa ya se va. Sus simpatizantes lamentan que si empezaba así, no le revocaban a todos los regidores de su partido. El sistema,como los metros, debe adoptarse como una política de Estado, cuya ejecución supere los mandatos temporales y las diferencias partidistas.

La batalla contra la ilegalidad y el capitalismo salvaje va a ser dura. La ciudadanía espera que el próximo alcalde corrija los errores, pero que no se asuste con las mafias y continúe la obra.


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Colaborador 9324 La Primera Digital

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