El colmillo de las (Oh) diosas

Las damas han tomado la televisión peruana. La presencia femenina domina hoy el espectro televisivo tanto en la señal abierta como en el cable. La opinión pública se forma a partir de una agenda periodística elaborada por mujeres. De los albores de los sesenta queda apenas un rubor con el recuerdo de Norma Belgrano hasta estos días de Rosa María Palacios y Magaly Medina. En su libro “Homo Videns. La sociedad teledirigida”, Giovanni Sartori, un mujeriego virtual, admite que si la televisión tiene un poder es que posee facha de mujer amen de otras tantas perlas [sin lipoesculturas]. Así, las mujeres han democratizado un espacio que era de calibre machista.

| 18 marzo 2012 12:03 AM | Especial | 4.6k Lecturas
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Desde la aparición de Queca Herrero pasando por Linda Guzmán y hasta Camucha Negrete, las damas de las pantallas –debo insistir que mi preferida fue Gladys Arista antes que Cuchita Salazar- al intentar eliminar la competencia con los hombres, crearon más que inventaron la incompetencia con el género. Si uno coleccionaba viejas fotos de mujeres semidesnudas, ayer casi indecentes y hoy inocentes de los fueros prudentes; luego, en su archivo expiatorio, produjo un repertorio de un fisgón [mirón más que voyeur] horrorizado de esculturas alegóricas. Quiero decir, que de las piernas de Teddy Guzmán pasó a la castidad lingüística de la Gringa Inga y terminó amparado por la ética de la oralidad flatulenta del cinismo pedestre de la señora Medina.

Pepe Ludmir en trío con Kilo Ledgard y Pablo de Madalengoitia provocan en la televisión el sino de la nostalgia. Así, su puesta en escena no es acaso el invento, la innovación o la primicia en tiempo real, sino la mutación o alteración de emblemas, símbolos e íconos de sus trenzas mediáticas. Una mirada de reojo y en blanco y negro: Humberto Martínez Morosini y Ernesto García Calderón leen en papeles trajinados las noticias del día por la noche en el noticiario El Panamericano de canal 13 de Lima a principios de la década de los sesenta. Como en el paraíso, la pantalla y su emisión era masculina, bravucona, varonil, mazo, martinete, viril y con tufo a verraco semental.

Las damas no eran noticia y mucho menos productoras de ellas. Porque ellas, en aquel tiempo, eran televisivas sólo para la asistencia doméstica, llámese cocina o el arte del punto cruz. Hoy, disfruto de la televisión desde que amanece que es cuando apago la luz del dormitorio como macho en pena y reveo a Cecilia Valenzuela y Milagros Leiva. Le pido cuentas a Rosa María Palacios y reclamo a Sonaly Tuesta para mi ADN cholo como las polleras de Dina Páucar. Ahora disfruto de la noticia con Viviana Eusejo en RPP televisión y me asombra Fátima Saldonid entrevistando a Vargas Llosa en Metrópolis. Pero insisto con Valia Barak. Todas, me conmueven al margen de los anatemas dogmáticos. Verónica Linares y la sangre del policial. Mónica Cabrejos al lado de Aldo Miyashiro y reivindico a Jessica Tapia y Astrid Friedler “A las 11 comienza la noche”. De esta manera le digo a Dios: Sí, las acepto, y entiendo que ellas desde el fondo del macro, bañadas por los chorros de luminitos, maquilladas hasta el espíritu tectónico; aceptan mi realidad de voyeur miope y ojeroso y eso les permite sentirse observadas sin apriorismos, con el magma genético del barrio, el cerro o la quinta y a valorarse en sus facultades carencias y asombros.

No quiero hablar del programa “La Costa”. Es muy pituco, ni de la “Paisana Jacinta” que es un asco. Quien ama la pantalla ama a sus estrellas en trajecitos, esos astros celestes más de carne que de hueso e incluso unineuronales que les dicen, en vestuarios de utilería o de canjes. Quien ama la imagen plana del televisor ama el embalaje apanado de los luceros mediáticos y de las mujeres en general y la mía -ex actriz de reparto- en particular. La creación de una cultura nacional supone, ante todo, el reconocimiento de la diversidad. Es decir que la cultura no espera, ni necesita, la reconciliación política o racial para manifestarse.

Una resonancia magnética en el imaginario del televidente nacional fijará un mapeo de gustos, opciones y orientaciones casi indescifrable. Tras de su psiquis turbia aparecerá un tul velado por las ocurrencias y que los nativos ignorantes de Freud denominan eventos. Así, el perfil de un observador observado por un censor de sus gustos –acaso la prestigiosa y dudosa Ibope Time-explicará que el sujeto, luego de agarrar carne telúrica con Tula Rodríguez, extrañará la lucidez de Sol Carreño y la gélida elocuencia de Karina Borrero. En otro sentido, no le perdono su ausencia a Almedra Gomelsky y el cambio de temas de Mercedes Cardozo.

Para María Emma Mannarelli, quien presenta un valioso trabajo sobre las relaciones de género en el Perú, la ausencia de una «cultura pública moderna» en el país sería producto de la «preeminencia del poder doméstico» o de «la moral de la servidumbre». En otras palabras, el Perú no habría desarrollado una cultura pública moderna porque es una sociedad que, por sus leyes, costumbres y en la práctica, es eminentemente machista. Y aunque existe un «pacto patriarcal, por el cual el Estado deja actuar al hombre como mejor le parece en el ámbito doméstico, al tiempo que se establece un vínculo estrecho entre una cultura patrimonial pública y una cultura patriarcal privada, donde los hombres asumen el papel de clientes del Estado pero, a cambio, obtienen control tutelar sobre las mujeres. No obstante, repito, la mujer hoy ocupa y dirige el 80 por ciento de los programas que vemos. No sólo como conductoras, sino que están encargadas de la dirección, producción y hasta trabajan en el uso de cámaras y luces.

Existen vínculos estrechos entre el neoliberalismo y el desarrollo de la prensa chicha, los talk-shows y los programas de chismes sobre el mundo de la farándula. Este periodismo amarillo correspondería a la otra cara del «productivismo exitista». Sin embargo, esta cara es presentada no como un síntoma o producto del neoliberalismo sino como «algo lamentable e incomprensible, sin ninguna relación». Su función sería desalentar la «exploración creativa de la libido», lo que representaría un desperdicio dentro de una lógica productivista, y ofrecer, a cambio, una fantasía prefabricada de nuevos imaginarios.

El discurso basado en la emotividad condiciona conceptos como el de democracia. La carga emocional, connatural al mensaje de la televisión, conduce a minusvalorar lo objetivamente significativo y puede alterar la respuesta de los públicos, desde el momento que estas respuestas no surgen con toda la racionalidad necesaria para que sean libres. Al ser fuertemente personalizada, otro riesgo es la invasión del ámbito privado en aras de captar el interés público. El recurso más frecuente es la indagación en lo más privado de las personas convertidas en ‘personajes’ de la ficción teatralizada. Es decir, pese a su atractivo, las características de un discurso basado en la espectacularidad no es garantía de la cabal formación de una conciencia clara frente a los fenómenos que muestra.

No voy a reclamar a la televisión peruana coberturas en temas como la cultura, las ciencias y aportes populares al desarrollo integrado. En Canal 7 hay un tibio acercamiento a los asuntos de la historia, la naturaleza y las tradiciones. Cierto, eso significa revisar la función de los medios de comunicación en aquel límite natural entre lo público y lo privado. Pero eso es harina de otro costal. No voy a pedir que los periodistas que formaremos la vanguardia que defienda la educación y la cultura con valores, la única de las armas que se conoce contra la corrupción y la podredumbre humana y sobre todo, social, perdonen el enojo. Reitero, mi semana comienza con Romina Antoniazzi de “Abre los ojos”. Y para sentirse un peruano truculento, los domingos me pego a Pamela Vértiz para culminar mi faena. En todo caso, siempre mujeres. Frente a esto es indispensable insistir que ellas han participado en renovadas y creativas iniciativas que la sociedad civil ha probado en épocas recientes como espacios de participación efectiva y ejemplos para repotenciar conceptos como ciudadanía, democracia y justicia. Otro sí digo, extraño a Hildebrandt, pero ese es mi problema.


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