El cine soy yo

Durante algo más de 20 años, entre los años 40 y 60, el cine peruano desapareció de nuestras pantallas. Apenas algunas coproducciones con México para atrapar públicos cautivos que la incipiente televisión cautivaba en medio de la nada. Pero la década del 60 trajo una esperanza de la mano de Armando Robles Godoy (Nueva York 1923).

Por Diario La Primera | 11 ago 2010 |    
El cine soy yo
ARMANDO ROBLES GODOY

Armando es hijo del gran músico huanuqueño Daniel Alomía Robles y sus aspiraciones artísticas fueron siempre muy claras desde su juventud. Su primera pasión fue la literatura, luego el teatro y al fin el cine. Se convierte en crítico de cine entre 1962 y 1963 en el diario “La Prensa”, bajo la impronta de la “nouvelle vague”. Antes de su acercamiento al cine, Armando cargó familia y sueños y adquirió una pequeña parcela de tierra en los extramuros del mundo. Se mudó a un lugar cerca de Tocache, cuando era casi tierra virgen y las plantaciones de coca para el narcotráfico no existían en el mapa del mundo.

Antes de su autoexilio en la selva, ya había escrito varios cuentos y su paso por el teatro aún se recuerda. En la experiencia teatral trabó amistad con Tulio y José Velásquez, médico el primero y actor y maestro el segundo a quienes invitó a visitarlo en su retiro amazónico. Tulio, creo, llevó a esta excursión una cámara Bolex de 16 mm. y algunos rollos de cien pies. Allí se inicia su otra aventura, la del cine. La experiencia de la selva la plasmaría luego en un relato literario y después en su tercer largometraje “La Muralla Verde”, de claros tintes autobiográficos.

En 1965 estrena su primer largo “Ganarás el pan”, una especie de documental y ficción publicitario cuyo mérito principal fue despertar una nueva esperanza para el cine peruano. Esa esperanza se desvaneció luego de los tres primeros minutos de proyección. Pero ahí estaba dando batalla.

En ese mismo año, Armando junto con Augusto Geu, crean la primera Academia de Cine, con el aval del Ministerio de Educación. Tuve el privilegio de ser parte de esa primera promoción, de la que formaron parte Jorge Suárez, Gianfranco Annichini, Nora de Izcue y muchos otros jóvenes que creían que el cine podría ser una manera de expresar los sueños. Y así fue. Más de 40 años después, el cine sigue siendo el territorio de los sueños. Por eso escribo estas crónicas que de alguna manera fueron sembradas en las clases de Armando, Augusto o Miguel Reynel. Fiel a su vocación de maestro, Armando continuó con su Academia por varias generaciones. La Academia tenía duración de seis meses.

Pero luego consigue el financiamiento para hacer “En la selva no hay estrellas” (1967), también basado en un relato suyo. Este fue en verdad su primer largo personal. Allí puso sus cuitas morales sobre la ambición y la culpa, pero también ensayó un estilo aprendido con Resnais: la fragmentación del tiempo y del espacio.

Las generaciones actuales no han visto “En la selva no hay estrellas”. No hay copias disponibles. En 1979 hice una muestra de cine peruano en Buenos Aires. Pocos días antes de la inauguración se me acercó un señor mayor y me dijo que tenía una copia de esta película. Quedé asombrado y le pregunté quién era: Jorge Prats, Director de Fotografía del film de Armando. La gente que acudió a aquel encuentro pudo ver, después de trece años, su segunda película.

Poco después, Armando inaugura su Academia Profesional, que debía durar dos años. Incorpora como profesores a Orlando Aguilar, que acababa de llegar de Italia, graduado en el Centro Sperimentale, a Pedro Novak, llegado de Estados Unidos y a Mario Acha desde Bélgica. Todo ellos venían con las mochilas cargadas de conocimientos técnicos impresionantes para los jóvenes de ese entonces. Se incorpora también al staff de profesores, el crítico de cine y teatro y luego dramaturgo, Alfonso La Torre. Era un equipo de lujo frente al desierto del conocimiento. Mientras la Academia Profesional seguía su rumbo, Armando preparaba con Nora de Izcue, su tercer largo: “La Muralla Verde” que la realizaría entre 1968 y 1969.

Yo era una especie de alumno libre. No podía pagar el costo de los cursos. Un día, Jorge Suárez me llama y me dice que Armando quiere contar conmigo como asistente de cámara de un documental sobre el rodaje de “La Muralla Verde”. El corto, de 10 minutos sería dirigido por Nora de Izcue, la fotografía y cámara la haría el propio Jorge y yo su asistente. Con Jorge habíamos hecho un par de películas en 8 mm. Pero pasar del 8 mm. blanco y negro al 35 mm. color, era un reto y una oportunidad extraordinaria.

El hermano de Armando, Mario, había llegado de Caracas para hacerse cargo de la Dirección de Fotografía. Aprendimos todo de él. Durante los dos meses que duró la preparación antes del rodaje, en las oficinas de Amaru, cada día era una fiesta. La responsabilidad era enorme ya que se trataba de la primera película hecha íntegramente por técnicos peruanos. Salvo Anichinni, suizo de origen, pero más peruano que el cebiche, que sería camarógrafo.

El rodaje duró casi tres meses, uno en Lima y dos en la selva de Tingo María. Tenía 21 años y un amor de ida y vuelta.

La selva es vida y muerte constante. En pleno rodaje, perdí el gran amor de mi vida, el nunca recuperado, el siempre deseado. Era marzo y llovía a cántaros. Se suspendió el rodaje. Si no había trabajo, la soledad era enorme. Recuerdo que en plena lluvia me interné en el bosque, lloré como un lobo sin luna. Regresé lleno de barro y fiebre, casi a punto de morir. Pero había que filmar y filmar. ¿De qué otra manera se borran las huellas del primer naufragio?

Primeros aprendizajes: cine y amor. No otra cosa ha sido mi vida, ahora a los 60 años.

Después de “La Muralla Verde”, Armando dedicó la misma energía que utilizó para limpiar su chacra de Tocache, a la promulgación de una ley de cine. En 1972, con el General Juan Velasco Alvarado en el poder, se promulga la Ley 19327 de promoción de la producción cinematográfica, que concluyó en 1992, gracias a la ignorancia de Fujimori y su ministro de Economía, Carlos Bologna. En esos 20 años, se produjeron más de 70 largometrajes y más de mil cortos. Fue la gran escuela.

Armando, retirado del cine, no por voluntad propia, es apenas reconocido. Luego de su aventura amazónica, hace “Espejismo” (1972). Y punto. Lo que vino después fue “Sonata Soledad” (1987), una especie de retorno a los orígenes experimentales del cine amateur, filmada en 16 mm. y blanco y negro. Y algunos cortos para exhibición obligatoria.

A Armando Robles Godoy, después de “En la selva no hay estrellas”, le preguntaban sobre el destino del cine peruano. Y él decía una frase provocadora, fiel a su personalidad. “Cuál cine peruano. El cine peruano soy yo”.

Ahora la partida de Armando, a los 87 años, deja un enorme vacío entre los que lo conocimos, fuimos sus alumnos y compañeros de trabajo. Su familia, Ada, Marcela y Delba, tienen la fortaleza que aprendieron del padre. Mi solidaridad para con ellas.

Ronald Portocarrero
Redacción
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