El Banco de los Pobres

La pobreza sigue siendo mi amiga. La conocí de niño y gracias a su difícil magisterio, aprendí tres cosas que han sido la brújula de mi vida, hasta ahorita que vacilo los vaivenes de mi segunda juventud, viajando en micro y durmiendo en casa prestada, para que se enteren quienes no lo sabían hasta hoy.

| 01 abril 2012 12:04 AM | Especial | 4k Lecturas
El Banco de los Pobres 4040

Orgullosamente, gracias a la pobreza, he sido tenazmente honesto, trabajador y valiente. Para lo que se ofrezca, mi estimado.

Sin embargo, siempre me ha sublevado la condición doliente de esas familias que sin fortuna ni empleo, sobreviven de mala manera, ayer en los callejones -que conozco en vivo y en caliente-, luego en las barriadas o pueblos jóvenes y más recientemente en los dramáticos asentamientos humanos y peor aun, en los más alejados rincones de la patria.

Siempre he sido ingenioso-ya que no tuve vocación de ingeniero- y, por lo tanto, he procurado que otras personas, logren sobrellevar su pobreza, con la misma o parecida suerte a la que siempre me ha alumbrado por los caminos del mundo.

Una vez, incluso, quise intentarlo, por el callejón de la política, pero de eso, -como cantaba el tango- es mejor no recordar, o inscribir el tema en el archivo de los imposibles. Y sin embargo, sí se puede, oiga usted.

En mi viejo Mapiri,-concretamente en el 320, donde nacieron buenos periodistas, luchadores sindicales, jaranistas de bandera y por si fuera poco, el vals “Anita” de Don Pablo Casas Padilla- domicilió durante largos años, la temible e incomprendida “Dama Blanca” diagnosticada en el “Dos de Mayo”, como tuberculosis, o “Mal de Koch” que dicen los poetas, como quien vacila a “Margarita Gautier”.

Cada cierto tiempo, a la puerta del citado zigzagueante solar, amanecía un vergonzante colchón que los basureros se negaban a recoger, repudiándolo de lejos. Era el triste sudario que enjugó la última hemoptisis, capítulo final de una novela escrita por la miseria y la falta de olla.

Por eso, el 320, que hoy gracias a Dios ya es otra cosa, se sigue llamando en mi recuerdo:”El Callejón de los Tísicos”, que podría titular un doloroso best seller todavía no escrito, mi estimado. Es decir, la suma de mil historias de hambre, dolor y sangre, cantada en trovas amanecidas que se llevó el olvido, guárdame esa flor.

Pero, volviendo al cuento actual, que aunque ustedes no lo crean, mucho tiene que ver con esta historia, resulta que allá por 1976, un banquero bengalí (quiere decir, nacido en Bangla Desh, país que podría ser campeón mundial de pobreza, superpoblación y males consiguientes, SIDA y tuberculosis incluidos), llamado Muhammad Yunus, regresando de la Universidad de Vanderbilt, donde se había doctorado en Economía, gracias a una beca de la Fundación Fullbright, indignado por la atroz miseria que padecía su pueblo, decidió hacer algo al respecto y vaya que lo hizo.

Sacando 1,600 dólares de su bolsillo media caña, convocó a unas campesinas cuya habilidad ancestral consiste en hilar los mantos de seda más hermosos del mundo y sólo bajo condiciones de solidaria responsabilidad y con la promesa –vigilada- de mantener lejos a sus maridos borrachos y pegalones, les prestó el dinero y las organizó como “Cooperativa de Tejedoras”.

A las tres semanas, los fantásticos “chales” bengalíes se comercializaban en el aeropuerto y otros lugares de tránsito turístico y las ganancias empezaban a ser gerenciadas de modo racional, para que el emprendimiento continuara creciendo.

Yunus y unos colaboradores más bien “enérgicos”, se encargaron de que las utilidades de las tejedoras, revirtieran en el hogar y los hijos, más allá de la influencia de maridos “chupagratis” y pateadores abusivos.

Estimulado por este primer éxito, Yunus, agrupó a ciertos mendigos (rescatables, porque con los empedernidos, no hay nada que hacer) y los convirtió en “operadores telefónicos”. Si. Igualitos a los que el ingenio criollo ha puesto en giro por las calles de Lima.

Pero lo hizo, mediante un convenio previo con las empresas del rubro, a fin de que otorgaran “el minuto” a un precio rebajado, para que así sus ex pordioseros, pudieran a su vez, brindarlo al público “a precio de oferta” y de ese modo, ganaran los capitalistas y también sus noveles “operadores” que fueron aseados y uniformados ejemplarmente.

El primer grupo tuvo dieciséis integrantes y la regla básica, fue que “todos eran responsables de todo” y si alguien incumplía con la entrega del dinero o el pago del préstamo (que se concertó inicialmente con el propio Yunus), su cuenta sería prorrateada entre los buenos pagadores, al tiempo de excluir de la lista al sinvergüenza. Jamás incumplió ni uno solo.

Por este rumbo, Yunus, siguió organizando cooperativas, a las cuales, las ya rentables, otorgaban microcréditos sin interés, ni más garantía que la palabra de sus responsables, aparte de haber demostrado que sabían el oficio que iban a ejercer, o el servicio que pretendían prestar. (Guías turísticos, escoltas de seguridad, o simplemente taxistas, entre otras cosas).

En 1976, Muhammad Yunus, inauguró el “Gramen (Rural) Bank”, en condición de Banco de Interés Social, bajo reglas absolutamente novedosas y ajenas a cualquier modalidad usurera, lo cual, encendió las iras de la banca tradicional, que lo ha perseguido desde entonces, hasta lograr hace poquito que lo boten del banco que fundó, para que comprenda lo que sucede históricamente con los redentores en este valle de lágrimas.

Pero pase lo que pase con tan importante pionero de la Banca de Interés Social, este tipo de instituciones son florecientes realidades en lugares tan disímiles, como Italia, Argentina y Brasil, además de otros dieciocho países de los cinco continentes.

A mí me habló de Yunus, por primera vez in my life, mi hermano, el economista Alfredo Saldaña Núñez, quien incluso, ha escrito un libro titulado “La Banca de los Pobres”, en el cual, explica la posibilidad de los emprendimientos financiados a través del microcrédito, en esquemas de organización familiar, vecinal, popular, institucional y hasta parroquial, como una manera de generar empleo digno y rentable, rescatando a muchas familias –y quizás al Perú entero- de la pobreza que aliada a la ignorancia, conforman el caldo de cultivo del vicio, la enfermedad y la violencia, que por ahora, nos está ganando la guerra.

Yo, no tengo el gusto de conocer personalmente al Presidente Humala, pero me parece un hombre bien intencionado. Alguien que merece hacer un buen gobierno. Un Presidente del cual se pueda decir en el futuro: acabó con la pobreza y la violencia, entre otras desgracias consecuentes.

Por eso, desde mi modesta condición de ciudadano y periodista, me permito recomendarle respetuosamente, que convoque al economista Alfredo Saldaña Núñez y lo ponga a trabajar en un proyecto de rápida realización, referido a “La Banca de los Pobres”. Él sabe cómo se hace. Y tiene ganas de hacerlo, que es lo más importante.

Si Yunus pudo hacerlo en Bangla Desh, no sé porqué no podríamos hacerlo nosotros en nuestra patria.

Tengo por seguro que el Perú entero se lo agradecerá. Y nosotros, él y yo, habremos cumplido con nuestro deber, nomás. Lo cual ya es bastante y mucho.

Este es un gol cantado. Y yo lo aseguro, a la franca. Por algo… es cierto y verdadero, que más sabe el callejonero Diablo, carretita.


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