El arte de Rosamar

Según cuenta Aristóteles, el rey Midas, a quien inmortalizó atribuyéndole poderes divinos como extraordinarios, todo objeto que tocaba lo convertía enseguida en oro. Según la leyenda después generalizada, Midas tenía miedo de acariciar a una mujer porque se volvía en una estatua de ese metal precioso, que tanto daño ha hecho a la humanidad.

| 20 enero 2013 12:01 AM | Especial | 2.1k Lecturas
El arte de Rosamar
Poesía del tacto, la rosa del tiempo y el mar…
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En cambio, Rosamar Corcuera todo lo que toca lo convierte en poesía que se puede palpar, mirar y percibir. A diferencia de Midas, trabaja con un humilde material desde el principio de los siglos, en barro del que también estamos hechos los seres humanos de acuerdo a un mito andino, de allí la fragilidad y belleza que se expresa sobre todo en los ojos grandes y negros de las mujeres cordilleranas.

Pero sus manos transforman y humanizan todo material sensible con que trabaja. Así, empiezan a caminar y tener vida propia seres que emergen del fondo de su imaginario mar, mejor dicho a navegar desde un antiquísimo océano creado como real, donde lo extraordinario se vuelve cotidiano. Son seres que viven, respiran y por haber emergido de su infinito talento cósmico marino, todo no parece irreal, una ficción poética. Sin embargo, cada personaje tiene vida propia y solo le falta hablar. De modo que las esculturas, sirenas, vírgenes, tortugas, colibríes, retablos, barcos, aves, peces, seres maravillosos, niños y todas las wawas, repentinamente tienen vida, vienen a ser la expresión de una poesía creada con el tacto. Rosamar, de modo que es al mismo tiempo, es la Rosa del tiempo que gira, el mar que habla desde el fondo de sus sueños. Todo lo convoca para convertirlo en un universo donde es posible que la realidad como la imaginación, se reúnan para significar, para sugerir poemas táctiles.

No obstante, nada permanece estático, cada personaje desarrolla su propia elipsis sideral. Todo está en movimiento perpetuo, todo se rige por sus propias leyes cósmicas, debido a las americanas manos creadoras de Rosamar Corcuera. Tampoco hay sombras como lo quiso Alexander Calder y menos repetición de colores, como logró realizar su pintura Wilfredo Lam.

En otras palabras, nunca antes se dio como en este caso un acontecimiento singular, en el que además de ser una representación, un cuadro de pintura, aparezca la concurrencia de una nueva y distinta expresión artística.

Poesía de volúmenes, pintura, cerámica, escultura, geometría del espacio y proporciones en armonía, seres creados para que tengan vida más de lo que diga o no, una crítica pictórica siempre vacía como nada creativa.



Es que no se trata solamente de la concurrencia de diversas como varias artes para que Rosamar Corcuera haya logrado expresarse a plenitud en distintos como paralelos lenguajes y plástica extraordinariamente lograda.

Lo que sucede es que además está formando un nuevo espectador para un tiempo distinto, serán después los jóvenes los más beneficiados, especialmente los estudiantes de Bellas Artes. Lo que hace Rosamar es además expresarse con absoluta libertad, con libertad de imaginación, con libertad para crear sus formas expresivas propias.

Y así entonces, Rosamar no se parece a nadie, nadie se parece a ella. Rosamar se parece a Rosamar Corcuera y no se parece a nadie más que a ella.

Claro que si Rosamar hubiera nacido en París, Madrid, Londres, Berlín, Nueva York o Tokio, sin duda le habrían auspiciado su muestra las mejores galerías o museos del mundo. Los más grandes críticos especializados en acciones interartísticas no hubieran dudado en escribir deslumbrantes ensayos.

Esa es la palabra, ensayos, porque una exposición así necesita de un ensayista que proponga una diferente forma de lectura, una distinta forma de “percibir” y no solamente “ver”, una muestra que pudo ser más grande y completa. Rosamar, debido a su talento, exige también que la crítica sea un acto de creación e insurgencia.

Es verdad que la exposición denominada “Prófugos del mar”, que se realiza en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega, dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores, es suficiente como para conocer en parte las creaciones de Rosamar Corcuera.

Por eso hay que agradecerle que haya aceptado llevar hasta allí sus trabajos para acercarnos un poco a ella, a su sencillez humana para exhibir sus trabajos y alimentar la nueva peruanidad pictórica del siglo XXI.

Seguramente que cuando en los años que vienen exponga en París, Madrid, Londres, Berlín, Nueva York o Tokio, recibirá honores, homenajes y los ensayos que merece. En el Perú de ayer y de hoy, hay un juicio, un criterio que inexorablemente se cumple, parece una maldición o afirmación diabólica, pero es verdad. Para triunfar aquí, la consagración debe venir de afuera.

Entonces, hay un mar azul que nace desde las manos de Rosamar, un universo poblado por seres que estaban dormidos bajo la lluvia, hasta que les dio un soplo y les imprimió vida propia. Pero sucede que todos se han puesto a caminar por distintos caminos y no volverán nunca más a su casa. Rosamar también ha creado, como los padres cósmicos del universo andino, un mundo en el que sus criaturas han empezado a buscar un refugio para vivir lo más lejos posible de la maldad y la usura.

Nunca más los verá en el hábitat donde nacieron y quizá una tarde, desde su ventana, los vea que se alejan raudos y pierden detrás de los celajes, cuando se conviertan en golondrinas que aleteen al fondo del ocaso.


José Luis Ayala
Colaborador


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