Dios y el demonio en Accomarca

El primer hombre que conoció sexualmente a Camila no fue un hombre. Fue una bestia. Y después, una pandilla de bestias.

| 22 abril 2012 12:04 AM | Especial | 4k Lecturas
Dios y el demonio en Accomarca
Fueron 69 las víctimas entre hombres, mujeres y niños. Los periódicos hablaron y hablan de 69 campesinos, de 69 indígenas o de 69 presuntos terroristas.
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La cargaron cuando salía de casa hacia la escuela. Media docena de criminales pasaron por encima de la niña. Después la arrastraron hacia la casa que habían destinado para las mujeres del pueblo.

Camila cumplía 10 años ese día. Se encontró en el encierro con otras compañeritas que habían sufrido la misma suerte. Algunas ya estaban muertas. Los invasores arrastraban a las mujeres para violarlas y, cuando aquéllas se resistían demasiado, las acuchillaban.

En la casa dispuesta para los hombres, metieron al alcalde del pueblo y a los concejales. Los habían tenido interrogando toda la mañana.

Cuando se dieron cuenta de que no iban a poder conseguir dinero de ellos, estallaron en furia. Los torturaron. Se los llevaron arrastrando y los empujaron hasta la casa dispuesta para los hombres.

El alcalde cayó al suelo. Ya no gritaba. Solamente exhalaba el ronquido de quien espera la muerte. De pie, a su lado, allí encerrado, se encontraba al octogenario Rafael Navarro.

En verdad, los soldados buscaban a su nieto, un joven también llamado Rafael Navarro, pero al no encontrarlo se llevaron al abuelo.

¿Por qué buscaban al muchacho? Porque acababa de terminar ingeniería en la Universidad de Huancayo y de inmediato había ido a celebrarlo con su abuelo. Para quienes habían tomado Accomarca, el nuevo ingeniero era una presa excelente. Capturar a un universitario les serviría para calificarlo de “terrorista”.

La maestra Cecilia Cumpa fue ametrallada por un soldado bisoño. El teniente se encolerizó porque no iba a poder acusarla de pertenecer al Sutep. Acribillarla les había impedido sembrarla de “pruebas” y mostrarla después a la prensa como subversiva. De esa manera, era fácil que los periódicos y la opinión pública aceptaran e incluso aplaudieran las atrocidades.

A Hilario Méndez, el violinista, lo capturaron un poco más tarde.

El músico estaba afinando un instrumento a puerta cerrada.

Cuando un sargento nacido en Jauja escuchó los acordes musicales creyó haber enloquecido. Estaba acostumbrado a entrar en los pueblos y a sólo escuchar gritos de dolor o peticiones de clemencia, y ahora el viento le traía huaylas de su tierra lejana.

Escuchó los delirios del violín, y pensó que un diablo lo estaba espiando. “Jauja, que dulzura, rinconcito de mi valle que yo quiero...”

De todas formas, el violín no ayudó mucho a Hilario. El sargento bajó al pueblo y volvió con otro soldado que no tenía tanto temor a las casas embrujadas. Abrieron la puerta de un empellón, y se llevaron al artista.

Hilario seguía rasgando el instrumento hasta que lo sacaron para interrogarlo. Mientras lo maltrataban, repetía entre dientes: “El Señor es mi pastor, nada me faltará…” Un balazo apagó el violín y el salmo 23, y acaso la historia continuó en el cielo.

Los soldados regaron con gasolina la periferia de las dos casas. El teniente había ordenado incendiarlas y que no quedara nadie con vida. Para estar seguro, él mismo comenzó a arrojar granadas de guerra al interior de las viviendas.

Sucedió en Accomarca el 14 agosto 1985. El teniente Telmo Hurtado continuó con su carrera en el Ejército gracias a la amnistía general que decretó el gobierno de Alberto Fujimori. Cuando la prensa recordó su pasado, ya era mayor.

Ahora está frente a los jueces, y dice que su jefe, el después general José Williams Zapata, le dio la orden, y que éste la recibió del Estado Mayor de Huamanga.

Fueron 69 las víctimas entre hombres, mujeres y niños. Los periódicos hablaron y hablan de 69 campesinos, de 69 indígenas o de 69 presuntos terroristas… y esto no significa nada. Para la anestesiada opinión pública, esas calificaciones permiten que la masacre sea tan sólo un exceso olvidable.

Los 69 eran también seres humanos e imágenes de Dios. Creo que es misión del escritor convertir las cifras y las abstracciones en rostros, ojos, tristezas y personas. Imaginar cómo eran los 69 sirve para que la gente conozca a los muertos, los recuerde, los evoque, los vea, los escuche y los sueñe, y piense en las pequeñas Camilas, y escuche el violín de Hilario que entona ”El Señor es mi pastor. Nada me faltará.”


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