¿De donde salen las organizaciones delincuenciales en el Perú?

La información de prensa indica que los sicarios de 13 a 20 años, que operan en Lima y otras zonas cercanas, provienen del Callao, cobran poco por sus “servicios” y tienen una tremenda sangre fría para disparar sobre quien no conocen.

| 03 noviembre 2014 02:11 PM | Especial | 2.1k Lecturas
¿De donde salen las organizaciones delincuenciales en el Perú?
¿De donde salen las organizaciones delincuenciales en el Perú?
Por: Raúl Wiener
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Otras informaciones cuentan sobre el origen de los “sindicatos” de construcción civil, que hoy existen en casi todo el país, y que se especializan en la extorsión y el asesinato sin asco de los ingenieros de obra que “no cumplen” con ellos y los verdaderos dirigentes del sector que se oponen a sus actividades.

Y todas las versiones tienden a explicar que estos grupos se sacaron la suerte con normas que se dictaron durante el primer gobierno de García y la época de Fujimori, que en el primer caso ordenaban un cupo de expresidiarios en las obras de construcción civil, que rápidamente pasó a manos de las organizaciones criminales que distribuían a su gente e imponían condiciones de “trabajo” para ellas.

En el segundo caso, el afán antisindical de Fujimori lo llevó a decretar que podían formarse cuantas organizaciones paralelas de veinte personas o más fueran posibles en cada empresa y con mucho mayor razón en un sector complejo como la construcción civil, lo que dio lugar a un intenso paralelismo y a que la propia delincuencia que ya había penetrado al sector se consolidara.

Otra vez, no por casualidad, las pistas conducen a mediados de los 90, cuando Kouri asume la municipalidad chalaca y se da cuenta que va a tener que lidiar con un enraizado sistema de bandas grandes y pequeñas, y decide negociar con ese submundo convencido de que no podía enfrentarlo. De esta época es que se fundan los llamado “chalecos” que eran delincuentes convertidos en grupos de seguridad de las autoridades. Por tanto con “chamba legal”.

Otras derivaciones como los matones que “acompañan” y aceleran los desalojos, y que logran extrañas combinaciones con la policía, como las que se ha visto en el despojo sistemático de tierras de los últimos agricultores del Callao (la municipalidad ya cambió la zonificación de las zonas agrícolas), echados por la fuerza de sus lugares de trabajo por 50 años. Esta “escuela” de violencia, por supuesto, ya está en todo el país, y mientras el problema se agranda vamos perdiendo el hilo de la madeja para saber de dónde hay que empezar a agarrarlo.

El ministro Urresti que efectivamente tiene muy pocos elementos claros para responder a un proceso que ha echado raíces profundas, se le confunden los tiempos, entre crear la sensación de un liderazgo represivo, que es lo que ha escogido como “estilo” y que lo va mantener en expectativa hasta que fracase inevitablemente, y los problemas de fondo de la crisis de seguridad que deben llevar a desmontar sistemas que se han armado en muchos años y culturas de tolerancia que ya no dan para más.

Raúl Wiener

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Colaborador 9324 La Primera Digital