Cultura del debate

La competencia electoral municipal trae nuevamente el tema de los debates políticos como necesidad para conocer mejor a los candidatos; aquí algunas reflexiones respecto a la cultura de los debates y de la confrontación de ideas.

Por Diario La Primera | 19 set 2010 |    
Cultura del debate
(1) El debate entre las dos genera expectativas. (2) En Estados Unidos hay fuerte tradición de debate.

Más datos

DETALLE

En el Perú, el último debate presidencial abierto fue el de Mario Vargas llosa con Alberto Fujimori, que demostró que no basta tener una oratoria e inteligencia reconocida para ganar, sino que la oportunidad es clave para revertir un supuesto resultado; mientras que el debate Toledo-García de 2006, más fue la historia de las negociaciones y condiciones que el toledismo puso para no ser barrido por la oratoria del aprista. Por su parte, el debate Ollanta-Alan no superó totalmente las limitaciones del anterior. Hay quienes creen que hace falta más soltura y varios encuentros para ver cómo pueden o no reaccionar los aspirantes.

Debates memorables fueron los debates de Aznar con Zapatero, cuando este último era jefe de la oposición y el primero presidente del Gobierno; sobre todo en la época de la tragedia ecológica del barco Pretige y en el acompañamiento que España brindó a EEUU en la invasión a Irak. Si bien muchos ahora ningunean a Zapatero, sería bueno que lo vieran, no con el poder bajo el brazo, sino en el llano, arrinconando a Aznar.

En Argentina nunca hubo un debate televisivo entre dos candidatos presidenciales. ¿Por qué? Muy simple. El que lleva la ventaja en las encuestas decide no presentarse por temor a perder algunos puntos de intención de voto en el camino: por eso, argumenta que no tiene sentido debatir o generalmente encuentra alguna excusa; y el que va segundo, lo desafía y lo denuncia por esa actitud cobarde. Claro que si las encuestas se revierten, toda la situación se da vuelta.

Un debate no define necesariamente una elección, pero sí es un ejercicio impostergable que las democracias están obligadas a practicar. Justamente las dictaduras y los autoritarismos buscan por todos los medios evadir estas prácticas, como sucedió con Fujimori que no aceptó debatir en 1995 y 2000, pero sí lo hizo en 1990 cuando convenía a sus intereses. Es que generalmente el poder, de izquierda o de derecha, percibe que sus debilidades se verán expuestas si se expone a una confrontación de igual a igual.

Los congresos o parlamentos son una forma de privilegiar el debate político oral en las sociedades, pero en casos como el peruano, dado su descrédito, el debate ya no es atractivo y menos educativo para la población. Pero existen países como España, en el que es obligación del Presidente de Gobierno bajar al llano y confrontar ahí a la oposición en su conjunto, lo que permite de alguna forma que el mandatario no se sienta en su Olimpo desde el cual ejerce el poder aislado de las demás representaciones políticas.

Encorsetados apolíticos
Si bien es útil que en una competencia electoral, como la que se viene dando ahora en Lima, los postulantes puedan presentar sus visiones y propuestas, el hecho de juntar un grupo numeroso termina encorsetando una posibilidad de conocer mejor quién es quien. Ello porque así medio mundo repita el lugar común de que a la gente le interesan las propuestas o que ésta es una elección vecinal y no política, lo real es que el voto en mínima medida se decide por lo técnico y toda elección siempre es política, más aún en el caso de una ciudad como Lima.

En ese contexto, siempre es necesario que exista un debate de a dos o en todo caso de los tres que encabezan las preferencias del electorado. Los votantes necesitamos percibir cada reacción de los postulantes, sus gestos, lenguaje corporal, risas; ello nos permitirá consolidar nuestra preferencia o variarla, porque el voto antes que nada es un asunto emocional y de simpatías, sobre todo hoy que se hace claro que el electorado limeño está desideologizado. Si bien los resultados vistos varían el panorama electoral al 2011, algunos erradamente vienen apresurando interpretaciones sobre la naturaleza ideológica de un voto que no es tal.

Un pueblo del sur de EEUU
Los EEUU, a pesar de todas las criticas que podamos tener frente a su sistema y a su política imperial, tienen una cultura de debate presidencial enraizada, que permite que los postulantes sean presidentes en ejercicio o no, debatan con el rival por lo menos tres veces y a través de la televisión, mientras que en la mayoría de países latinoamericanos, presidentes en ejercicio o candidatos que se ubican adelante en las encuestas, presentan una serie de pretextos para no confrontar.

Ello lleva a pensar que debería haber, en todos los niveles de gobierno, una fórmula que obligue a los postulantes a confrontar sus posiciones para que la ciudadanía tenga mejores elementos de juicio.

Lamentablemente el debate político en el Perú se ha reducido; paradójicamente cada vez menos son los políticos los que abren los temas de debate nacional y éstos terminan construyéndose desde los errores o intenciones veladas de los gobiernos. En ese contexto, los medios de comunicación, con todos sus prejuicios y subjetividad, reemplazan en la práctica las ágoras que el tiempo ha venido reduciendo.

Y ello se repite también, en la mayoría de los casos, en el nivel universitario, que debería ser un espacio de debate privilegiado, pero hoy los sentidos comunes creados o fortalecidos desde intereses corporativos, vienen logrando consolidar lo más peligroso para una sociedad libre y abierta: el pensamiento único, frente al que toda alternativa resulta ser un disparate.

Voto simpático
Por ello es indispensable fortalecer los espacios de debate y sana confrontación desde la propia formación escolar y en todos los espacios de poder comunales, locales o nacionales. Alguien que aspira a ejercer el poder y es incapaz de sostener una confrontación en la que sus reflejos se pongan a prueba, no debería gobernar. Si bien manejarse frente a los reflectores no garantiza un buen gobierno, al menos es un indicador de las condiciones emocionales y subjetivas de la persona.

Los debates políticos abiertos, como el que esperemos se dé entre Susana y Lourdes, nos devuelven a la esencia de la política, que es la búsqueda de avances sociales sobre cambios o continuidades; además permiten atisbar los compromisos irregularmente adquiridos por tal o cual candidato, y desde la retórica observar hasta donde se puede avanzar. En medio de chuponeos, prensa que juega al miedo y un sistema de políticos mediocres, la palabra y el gesto en una confrontación de a dos en este caso, es absolutamente necesaria. Y no nos engañemos, los ciudadanos no buscamos oír propuestas para decidir el voto, sino conectar con quien nos inspira más simpatía o confianza.

Alexandro Saco
Colaborador


Diario La Primera

Diario La Primera

La Primera Digital
Diario La Primera comparte 119376 artículos. Únete a nosotros y comparte el tuyo.