Cuando la sospecha era causa de muerte

Efraín Rúa publicó la quinta edición de “El crimen de La Cantuta”, libro sobre el asesinato, durante el gobierno de Fujimori, de nueve estudiantes y un profesor de la Universidad Nacional Enrique Guzmán y Valle, más conocida como La Cantuta.

| 23 abril 2013 12:04 AM | Especial | 1.9k Lecturas
Cuando la sospecha era causa de muerte
El periodista Efraín Rúa investigó “El crimen de La Cantuta” mucho antes de que el gobierno que propició esta matanza cayera en ruinas.
ENTREVISTA CON EFRAÍN RÚA

Más datos

La presentación

Efraín Rúa presentará la quinta edición de “El crimen de La Cantuta” el 10 de mayo, a las 7.30 de la noche, en la librería El Virrey de Lima: Av. Nicolás de Rivera 107-115, Centro de Lima (a la espalda de la Municipalidad de Lima). El ingreso es libre.
1981

—La quinta edición de su libro se publica en abril, mes en que se conmemora un año más del autogolpe de Estado de Alberto Fujimori. Con este libro, ¿qué es lo que probó en relación con Fujimori?
—Luego del golpe de Estado, un sector de la opinión pública respaldó al Gobierno de Reconstrucción Nacional bajo la equivocada idea de que el gobierno era el exitoso responsable de la política antisubversiva que había logrado la captura de la cúpula de Sendero Luminoso. El libro intenta demostrar que hubo una política estatal de aniquilación selectiva de supuestos subversivos, en la que cayeron muchos inocentes, y desenmascara al gobierno con respecto a la política antisubversiva.

—¿Por qué investigó este crimen, entre todos los que había por investigar?
—Porque el gobierno protegió a los directos responsables de este atentado y negó su responsabilidad en este crimen desde el primer momento.

—¿Fueron senderistas o no los alumnos y el profesor de La Cantuta asesinados por el “grupo Colina”?
—Según los reportes de Inteligencia, algunos de ellos eran considerados subversivos. Yo me remito a los informes. Eso no significa que hayan sido senderistas o no. Hay que recordar que el operativo se produce dos días después del atentado en la calle Tarata, en Miraflores, que le costó la vida a más de 20 personas.

—Interesa, en el libro, que informa que solo la sospecha era motivo para matar. ¿Fue corroborada esa sospecha en este caso?
—Luego del atentado de Tarata, se corrió la versión de que algunos de los autores del atentado (algunos heridos de bala en un intercambio de fuego con los vigilantes) se habían refugiado en la universidad La Cantuta. La misma noche del atentado, el profesor y los estudiantes ingresaron en la camioneta del primero, y los custodios de la universidad, miembros del Ejército, dicen que vieron manchas de sangre en la tolva. La respuesta fue que era producto de las aves que habían sacrificado para una pollada. Al día siguiente, cuando se produce efectivamente una pollada, los militares intentaron disolver la reunión, acusando al profesor y los estudiantes de ser los autores del atentado. Hubo una relación directa entre la sospecha y esa acusación. Esta acusación llegó al SIN y al Palacio de Gobierno. Creo yo que si hubieran sido los autores del atentado no habrían sido tan torpes de ingresar con sangre a una universidad controlada por militares. La versión es muy difusa. El Estado o la Policía jamás dieron una explicación acerca de esta versión; simplemente se dejó correr para inducir a señalar que los cantuteños habían sido responsables.

—¿Ninguno de ellos fue herido de bala?
—Nunca se comprobó nada.

—Tampoco se hizo prueba de ADN.
—Nunca se confirmó nada.

—¿A cuántos amigos perdió durante ese conflicto?
—Muchos. Comenzando por los mártires de Uchuraccay. También a Luis Morales Ortega, quien denunció que los responsables de la muerte de los ocho periodistas y el guía habían sido inducidos por las fuerzas militares, quienes les habían dicho a los pobladores que todo aquel extraño que viniera a la comunidad era subversivo. En el caso de Melissa Alfaro, murió en 1941 por un sobre bomba que fue entregado en la revista “Cambio”, donde trabajaba. La gente del gobierno decía que la revista era vocero del MRTA. Esta versión sirvió para que luego del atentado la revista fuera cerrada, no por una orden, sino por las amenazas que se produjeron y que continuaron luego de la muerte de Melissa.



—El día de la presentación de la primera edición, en 1996, agentes del Servicio de Inteligencia se hicieron presentes.
—Fueron los primeros en llegar. Yo bajé del auto y ya me estaban esperando.

—Usted llevaba el libro en un taxi.
—Sí, yo llegaba, y cuando uno de los agentes me reconoció, me señaló frente a otros agentes y dijo “Él es”. Luego entraron al local de la presentación, que era la Asociación Nacional de Centros, que quedaba en ese entonces en la calle Pablo Bermúdez, en Jesús María. Mi hermano, que era de la FAP, los reconoció. Les dijo “Cuidado, él es mi hermano”. Los periodistas se enteraron y comenzaron a insultarlos.

—Con las otras ediciones no sucedió lo mismo.
—No hubo presentaciones. Las ediciones fueron producto de la demanda, porque fue un caso que tardó muchos años en ser esclarecido. Y la responsabilidad de Fujimori, Hermoza Ríos y Montesinos solo quedó evidenciada luego del juicio, hace pocos años. Durante ese tiempo, la gente se preguntó qué era lo que había pasado y por qué razón los estudiantes habían sido secuestrados. El estado nunca dio una respuesta.

—Es, también, el único libro que ha escrito.
—Sí, ocurre que el trabajo del periodista ocupa demasiado. La escritura de un libro, en el caso de un periodista, requiere investigación, análisis; para eso necesitas un tiempo que no te da el trabajo diario. Yo pude hacer este libro gracias al apoyo que recibí entonces del director del diario “La República”, el ingeniero Gustavo Mohme Llona, que me otorgó unos meses de licencia, gracias a los cuales pude hacer el libro.

—¿Licencia pagada?
—Así es. Ese libro fue posible gracias a ese apoyo y yo siempre reconozco ese respaldo.

—¿Ha recibido ese mismo respaldo en todos los diarios en los que ha trabajado?
—No siempre. Los diarios dependen de su relación con el Estado, con los empresarios o con los grupos de poder. Yo trabajé un tiempo en el diario “Gestión” y mi contrato fue cortado de raíz luego de que publicara unas notas sobre la ejecución de dos militantes del MRTA que habían tomado por asalto la embajada japonesa. Yo supe por terceros que la orden de despido provino del entonces primer ministro del gobierno fujimorista, Alberto Pandolfi, porque le habían expresado su descontento por este tipo de informaciones.

—Pero ha sido expulsado de otro medio, “La Gaceta” del Congreso.
—Cuando Ántero Flores -Aráoz asumió la presidencia del poder del Estado, alrededor del año 2005, si no recuerdo mal, su primera decisión fue ordenar el cierre de “La Gaceta”. No dio razones claras sobre esta decisión, pero le disgustaba el contenido.

—¿Qué publicaba?
—Trabajábamos mucho las denuncias que se expresaban al interior del Congreso entre las que se encontraban las que había elaborado la Comisión Diez Canseco sobre los delitos económicos en la época de Fujimori, que implicaba a grupos de poder y a personajes poderosos del país. Yo creo que esa fue una de las razones por las que se ordenó el cierre de “La Gaceta” y mi despido.



—¿Qué recuerda de esa etapa con Diez Canseco?
—En primer lugar, su consecuencia, su lucha por los sectores desposeídos del país, su solidaridad con todos los que enfrentaban los abusos del poder. Yo recuerdo que él, cuando fui enjuiciado por el hijo de Alan García, el año 2008, suscribió comunicados de solidaridad conmigo. Yo estoy profundamente agradecido con Javier por este respaldo.

—Alan García se pavonea diciendo que él no enjuicia a periodistas. ¿Es cierto o falso?
—Él no los enjuicia, pero su hijo sí, con sus allegados. Y, además, cuenta con una corte de jueces y fiscales permeables a sus intereses, porque los dos jueces que me condenaron eran, según me pude enterar, gente muy permeable a sus intereses.

—Estuvo escribiendo sobre la toma de la embajada de Japón por parte del MRTA.
—Me pareció que era un tema trascendente, porque el gobierno había repetido hasta el cansancio que la subversión estaba derrotada, que no había ninguna posibilidad de rebrote y se produce esta toma de la embajada.

—¿Por qué no terminó el libro?
—Porque el gobierno retoma la embajada y eso acaba con la muerte de todos los emerretistas. Yo evalué la situación. Lo que yo quería tener era, digamos, ambas versiones del conflicto. Entonces, como eso ya no era posible, tomé la decisión de no hacer el libro.



Perfil
Efraín Rúa Sotomayor nació el 24 de agosto de 1954. Estudió periodismo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y laboró en la revista “La Calle”, “La Gaceta” del Congreso de la República, los diarios “La República”, “Liberación” y “Referéndum”, entre otros medios de comunicación. Actualmente, es editor de la sección Mundo del diario LA PRIMERA.

La escritura, el fulbito, el cine

—Tiene una afición poco conocida: juega fulbito, los miércoles, con un grupo de intérpretes de música andina.
—Siempre me gustó jugar fulbito. No soy un fanático, porque como consecuencia de mi miopía, dejé de jugarlo por más de 10 años. Retomar la práctica me costó mucho: dos fracturas de costilla. Por eso siempre es un reto para mí retomar el juego y, ahora, con gente joven que se jacta de sus aptitudes para el fulbito, cosa que yo me encargo de desmentir a la vez. Por eso digo que es un reto.

—¿Qué otras aficiones tiene?
—El cine. Nos ayuda a recrear imágenes en un mundo en que la lectura va perdiendo un poco su lugar. Prefiero el cine crítico independiente, aquel que reflexiona sobre los diversos aspectos de la vida.


Marco Fernández
Redacción


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