Cuando un amigo se va

Creo que está demás, resaltar las virtudes de gran periodista que acompañaron en vida al Maestro Manuel Jesús “Jesucho” Orbegozo.

| 06 noviembre 2011 12:11 AM | Especial | 1.5k Lecturas
Cuando un amigo se va
(1) Manuel Jesús “Jesucho” Orbegozo, eterno correponsal. (2) La Madre Teresa de Calcuta le regaló un rosario.
OJO HUMANO

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Este gran reportero que acaba de marcharse, no dejó de entrevistar a Tito, ni a Fidel Castro, ni a Indira Gandhi, ni a Lyndon Johnson, ni a nadie que de verdad tuviera importancia al momento de escribir el gran cuento de esta vida.

Él me contaba de la ternura de Raisa Gorbachov cuando le ofrecía el café a su -entonces- poderoso marido, de la cortesía a la antigua del General Charles De Gaulle, al dirigirse a su esposa de toda la vida.
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Ahora, todos saben que dio más de tres vueltas al mundo a la caza de la noticia, jugándose el pellejo al cubrir informativamente acontecimientos de guerra, en escenarios tan aterradores como el Líbano, Vietnam o las confrontaciones tribales del África incomprensible.

Yo, ahora que mi querido y generoso amigo, ya no puede escucharme, quiero hablar de su enorme corazón y su increíble bondad, perfiles que voy entendiendo como característica invariable de los triunfadores excepcionales en cualquier camino que emprendan.

“Jesucho”,- como lo llamábamos sus más cercanos amigos y colegas- llegó a entrevistar a todos los personajes que hicieron la Historia durante los últimos cincuenta años y, según me reveló cariñosamente, coincidía conmigo en reconocer que los seres verdaderamente grandes son indiscutiblemente buenos, modestos y solidarios, al margen de aquello que las circunstancias políticas les impongan hacer en determinado momento.

Entrevistas históricas
Él me contaba de la ternura de Raisa Gorbachov cuando le ofrecía el café a su -entonces- poderoso marido, de la cortesía a la antigua del General Charles De Gaulle, al dirigirse a su esposa de toda la vida. También coincidíamos en evocar la increíble modestia del Maestro Agustín Lara y su tolerancia para con los imprudentes debutantes del periodismo, que pretendían tratarlo como a un personaje farandulero, ignorando su enorme condición de poeta popular y genial músico.

Censuraba, por otro lado, las patanerías de Maradona y reía de buena gana recordando los chistes que solía contar “El Rey” Pelé, hombre inexplicablemente humilde aun en la cima de su estrellato.

-“Si soy ese “Rey” que el periodismo dice, será porque así lo ha dispuesto Dios”,-le gustaba repetir, según recordaba “Jesucho”.

Este gran reportero que acaba de marcharse, no dejó de entrevistar a Tito, ni a Fidel Castro, ni a Indira Gandhi, ni a Lyndon Johnson, ni a nadie que de verdad tuviera importancia al momento de escribir el gran cuento de esta vida.

Sin embargo, a quien más recordaba era a la Madre Teresa de Calcuta, innegablemente, una santa mujer que tuvo a bien, concluida la entrevista, regalarle un tosco, pero bellísimo rosario de sándalo, que “Jesucho” tenía siempre a la mano y conservaba como su más preciado tesoro.

Quiera Dios, que tan hermosa joya, le haya servido de consuelo, en los momentos finales de su tránsito hacia otras dimensiones del universo.

Constante travesía
La vida de Manuel Jesús, transcurrió en todas partes y en ninguna, al mismo tiempo. Eterno corresponsal viajero y periodista digno de imitar por los jóvenes que verdaderamente sientan vocación por nuestro difícil oficio, “Jesucho”, tenía anécdotas para colmar las páginas de varios libros y aunque solía llamarse “librepensador”, la idea de Dios, siempre afloraba a sus conversaciones, como una intuición de ese gran misterio al que solemos acceder por la vía del sentimiento, antes que por pretenciosos desvaríos de la razón pura.

Cierta vez, en “La Granja Azul”, me contó esta breve pero muy significativa historia que él, a su vez, había escuchado en uno de sus viajes a la India.

Una millonaria lady británica, visitaba “El Bosque de los Rishis”, territorio de hombres sabios, santos, yoghis, sadhús y fakires consagrados a brahmán -o sea, la inteligencia suprema que rige el universo y está en todo y en todas partes-.

El más anciano de estos filósofos meditadores, se esmeró en atender a la gran dama, mostrándole los deslumbrantes secretos de estos seres que se han acercado a los niveles mágicos de la conciencia expandida.

Al término de la visita, la multimillonaria, agradecida, dijo al gurú: “Quisiera que alguna vez, usted visitara Londres, para poder corresponder a sus atenciones”,- a lo cual, el hombre santo, respondió: “Perdón My Lady. Yo, soy Londres”.

-Recomiendo a mis amables lectores, analizar dicha respuesta.

- Confieso, que he llorado la partida de este inolvidable Maestro. Siempre lloro cuando un amigo se va.

Cuando se van los otros, les brindo el respetuoso homenaje de mi silencio, porque quizás, en el fondo, todos somos Londres y eso, es todo.

Más sabe El Diablo.

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