Crimen en el Vaticano

La infiltración de la mafia en las cuentas del Banco Vaticano despertaron las sospechas del cardenal Luciani (Juan Pablo I), que apenas fue electo heredero de San Pedro, anunció que los responsables serían expulsados de la casa de Dios. Eso le costó la vida en 1978 y lo sucedió Karol Wojtyla (Juan Pablo II).

| 16 febrero 2013 12:02 AM | Especial | 2.6k Lecturas
Crimen en el Vaticano
Albino Luciani, Juan Pablo I, asesinado el 29 de setiembre de 1978.
LA MUERTE DE JUAN PABLO I
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Albino Luciani, el sacerdote que se convertiría fugazmente en el Papa Juan Pablo

I, fue un pastor de hombres. Hijo de un albañil, conoció el hambre y otras

penurias terrenales, y habría de convertirse en el primer Papa nacido en el

siglo XX y el último en morir en la centuria, muerto por manos criminales que

frustraron su intento de limpiar la casa de Dios.

El crimen fue borrado

de los anales oficiales, pero a Luciani todavía se le recuerda como “el Papa de

la sonrisa” o “la sonrisa de Dios”. Ese era el hombre que la mañana del 29 de

setiembre de 1978 fue encontrado muerto en su dormitorio. Las luces estaban

encendidas y en las manos tenía unos papeles que había mostrado un día antes al

secretario de Estado, el cardenal Jean Villot.

Un médico certificó la

muerte como consecuencia de un paro cardiaco, pese a que no se había realizado

ninguna autopsia. La versión oficial sería desmentida años después. La causa de

la muerte había sido el consumo de un vasodilatador, un arma mortal para

cualquier persona con presión baja, como era el caso del exobispo de Venecia.



Juan Pablo I había llegado al Vaticano con una sola idea en la cabeza:

regenerar la Iglesia, copada por hombres que habían olvidado el mensaje de su

creador, el servir a los pobres. En 1972, el entonces cardenal de Venecia se

topó con el poder del cardenal Paul Marcinkus, el encargado de las finanzas

vaticanas, que sin consulta previa había vendido la Banca Católica del Véneto al

Banco Ambrosiano, de Roberto Calvi.

Cuando Luciani llegó a Roma a

preguntar por qué la Iglesia se deshacía de una banca que se dedicaba a ayudar a

los pobres con préstamos de bajo interés, se enteró por boca del entonces

sustituto del secretario de Estado, Giovanni Benelli, que existía un plan entre

Calvi, el operador de la familia Gambino, Michele Sindona, y Marcinkus para

evadir impuestos y lavar dinero. “¿Qué tiene todo esto que ver con la Iglesia de

los pobres? En nombre de Dios…”, exclamó Luciani.

La trama se había

iniciado una década atrás cuando Sindona, operador de la mafia y miembro de la

logia masónica P2, introdujo a Calvi en los círculos vaticanos a través de

Marcinkus. Años después la justicia italiana confirmaría que el estado Vaticano

ejerció como paraíso fiscal, siendo el IOR (Instituto para las Obras de

Religión, el Banco Vaticano), un instrumento para el lavado de dinero con

cuentas en Sudamérica y Centroamérica.

Según quedó demostrado en el

sumario contra la logia P2, la conexión entre el Banco Ambrosiano y el Banco

Vaticano fue la puerta a través de la cual Licio Gelli, jefe de la logia

masónica Propaganda Due (P2) y agente de la CIA, entró a formar parte del núcleo

de influyentes en la Santa Sede.

Conocedor de esos entretelones, Luciani

estaba dispuesto a limpiar la Iglesia. El periodista veneciano Camilo Bassoto

transcribe en el libro “Mi corazón está todavía en Venecia”, estas palabras

proféticas: “Sé muy bien que no seré yo el que cambie las reglas codificadas

desde hace siglos, pero la Iglesia no debe tener poder ni poseer riquezas.

Quiero ser el padre, el amigo, el hermano que va como peregrino y misionero a

ver a todos, que va a llevar la paz, a confirmar a hijos y a hermanos en la fe,

a pedir justicia, a defender a los débiles, a abrazar a los pobres, a los

perseguidos, a consolar a los presos, a los exiliados, a los sin patria y a los

enfermos”.

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Karol

Wojtyla, Juan Pablo II.

ANUNCIO FATAL
Apenas

asume el cargo, esas ideas se las transmite al secretario de Estado Jean Villot:

hay que destituir al cardenal Marcinkus y renovar íntegramente el Banco

Vaticano. “Aquella que se llama sede de Pedro y que se dice también santa, no

puede degradarse hasta el punto de mezclar sus actividades financieras con las

de los banqueros…. Hemos perdido el sentido de la pobreza evangélica: hemos

hecho nuestras las reglas del mundo”, fueron sus palabras.

Luciani

quería revisar toda la estructura de la Curia. Villot, un hombre de la Logia P2,

le responde: «Usted es libre para decidir y yo obedeceré. Pero sepa que estos

cambios supondrían una traición a la herencia recibida de Pablo VI». El Papa que

había designado a Marcinkus. Juan Pablo I replicó: “Ningún Papa gobierna a

perpetuidad”.

Sean cuales fueren sus intenciones, Luciani era consciente

de los riesgos que corría y pronosticaba que su papado sería corto. Su

secretario, el obispo John Magee, de quien, en un principio, se dijo fue el que

descubrió el cadáver, contó que, poco antes de morir, el Papa le dijo: “Yo me

marcharé y el que estaba sentado en la Capilla Sixtina en frente de mí, ocupará

mi lugar”. El del frente era Karol Wojtyla.

El ambiente sombrío que se

vivía en esos días en la Santa Sede quedó grabado para siempre con la extraña

muerte del número dos de la Iglesia Ortodoxa Rusa. El 5 de setiembre, Nikodim

muere frente al Papa luego de tomarse una taza de café. Un día antes, el coche

que había sido puesto a su disposición había sido robado. Por extraña

coincidencia, en esos días los hermanos Gusso, camareros pontificios y hombres

de confianza del Papa, habían sido destituidos, a pesar de la oposición del

secretario papal, Diego Lorenzo.

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LA

MUERTE
Semanas después, el 29 de setiembre de 1978 el Papa es

hallado muerto en su dormitorio. El médico Renato Buzzonetti confirmó el deceso

y dijo que se habría producido “hacia las 23 horas del día anterior a causa de

un infarto agudo de miocardio”. Así rezaba, por lo menos, el comunicado oficial

del Vaticano. La versión contrastaba con la del médico personal del Papa, el

doctor Da Ros, quien afirmó: “El Papa no ha pasado nunca 24 horas en cama, ni

una mañana o una tarde en cama, no ha tenido nunca un dolor de cabeza o una

fiebre que le obligase a guardar cama. Gozaba de una buena salud; ningún

problema de dieta, comía todo cuanto le ponían delante, no conocía problemas de

diabetes o de colesterol; tenía solo la tensión un poco baja”.

Luego el

Vaticano reconoció que el primero en encontrarlo fue sor Vincenza Taffarel, la

monja que lo cuidaba. Según ella, “el Papa estaba sentado en la cama, con las

gafas puestas y unas hojas de papel en las manos. Tenía la cabeza ladeada hacia

la derecha y una pierna estirada sobre la cama”.

En las manos tenía los

apuntes que había mostrado en la conversación que había sostenido con el

cardenal Villot, la tarde anterior. En ella, el Papa le había adelantado los

cambios que pensaba hacer en la Curia. Ese fue el verdadero detonante de su

muerte, inducida a través de una dosis fortísima de un vasodilatador, una

medicina contraindicada para quien tiene la tensión baja.

Tras su muerte,

ciertas voces apuntaron a responsabilizar al cardenal Marcinkus y a Villot, los

dos personajes que encabezaban la lista de la gran purga que había anunciado

horas antes Luciani y que constaba en los papeles que tenía entre manos antes de

morir. El nuevo organigrama de la Curia y de la Iglesia italiana incluía la

dimisión de Villot y del arzobispo de Milán, monseñor Colombo; el traslado a

Milán de Casaroli. Incluía además el nombramiento de Benelli, como nuevo

Secretario de Estado; el traslado de Poletti, vicario de Roma, a Florencia, y el

nombramiento de Felici, nuevo vicario de Roma.

EL AMBROSIANO


Según el fundador de la Comunidad de Ayala, el sacerdote Jesús

López Sáez, autor del libro El día de la cuenta, el factor determinante de la

muerte fue el intento de cambiar la cúpula de IOR, el Banco Vaticano, porque

Marcinkus y Villot intentaban evitar la quiebra del Ambrosiano. “Ellos querían

un Papa que evitase esa quiebra”. Cuatro años después el Ambrosiano quebraba y

Calvi y Michele Sindona morían a manos de la mafia que los prohijó. El intocable

Marcinkus continuó, sin embargo, al frente del Banco Vaticano hasta 1989. Escapó

al accionar de la justicia gracias a su inmunidad diplomática.

De ese

modo, los afanes renovadores de Luciani (Papa Juan Pablo I) quedaron aplastados

tras su muerte. Los fariseos siguen gobernando el Vaticano, mientras que la

Iglesia que construyó Jesús amenaza con estallar en pedazos, víctima de la

avaricia y la codicia que Él combatió en vida. El hombre que en el Sermón de la

Montaña llamó a construir el reino en la tierra, debe estar viendo cómo sus

sueños están lejos de la realidad.


Efraín

Rúa
Editor de Mundo


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