Cortázar, el poeta

Rayuela abrió un mundo que sin su autor, Julio Cortázar, hubiera sido imposible, pero aunque tal vez sea su libro más famoso, los versos de este argentino universal irrumpen en Todos los fuegos, publicado en 1966 y Salvo el crepúsculo, de 1984.

| 09 octubre 2011 12:10 AM | Especial | 2.9k Lecturas
Cortázar, el poeta 2971

Como él decía en After such pleasures “Esta noche, buscando tu boca en otra boca, / casi creyéndolo, porque así de ciego es este río / que me tira en mujer y me sumerge entre sus párpados, / qué tristeza nadar al fin hacia la orilla del sopor / sabiendo que el placer es ese esclavo innoble / que acepta las monedas falsas, las circula sonriendo”.

“No pregunto por las glorias ni las nieves, / quiero saber dónde se van juntando / las golondrinas muertas, / adónde van las cajas de fósforos usadas. / Por grande que sea el mundo / hay los recortes de uñas, las pelusas, / los sobres fatigados, las pestañas que caen. / ¿Adonde van las nieblas, la borra del café, / los almanaques de otro tiempo? / Pregunto por la nada que nos mueve; / en esos cementerios conjeturo que crece / poco a poco el miedo, / y que allí empolla el rock”. (El interrogador)

En Un tal Lucas (1979) Cortázar define la sociedad con su carga de soledades e hipocresías. Y aunque es un microrrelato más que un poema, por su brevedad y por el recuento de lo que somos, esas palabras se asoman, tienen también mucho de Cortázar y sus sueños y sus amores sin dobleces.

Así, como él lo cuenta, nos cuenta y al final, nos descubrimos insignificantes y nulos tras las máscaras que nos hemos inventado. Por eso dice en Amor 77 “Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son”.

Cortázar supo desnudar las verdades, convertirlas en mágicas certezas, en caminos sin finales. Con él la literatura se hizo realidad a la vez que ficción, tal vez porque la palabra se deshizo de las convenciones para hacer nacer los sueños colectivos que no nos animamos a narrar al despertar. Su literatura es cómplice de los buenos amores, de las libertades sin cortapisas, de la magia que vibra en las entrañas y en los ojos amados al despertar cada mañana.

“Te amo por cejas, por cabello, te debato en corredores blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz, / Te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz / voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas que dormían en la lluvia / No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que viene detrás de tu mano, / porque el agua, considera el agua, y los leones cuando se disuelven en el azúcar de la fébula, / y los gestos, esa arquitectura de la nada, / encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro” (fragmento, Poema).


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